El Cántico de las criaturas o Himno al hermano Sol de Francisco de Asís es un poema para ser cantado por los hermanos, por las plazas de los pueblos, y parece ser que lo gestó  en varios momentos de su vida, aunque lo dio a conocer después de recibir los estigmas en la cuaresma del año 1224 en el monte Alvernia, de sufrir varias enfermedades, entre ellas una grave oftalmía que le impedía ver, aunque no dejó de predicar a los hombres, a los pájaros, al lobo, a todo lo creado. Un año antes de su muerte, en el mes marzo-abril, de 1225 lo compone en San Damián o en el palacio episcopal de Asís, en dialecto umbro, en lengua italiana, y lo cantó por primera vez, con sus hermanos León y Ángel.

El cántico está dividido en tres partes: -la primera, el santo se dirige a Dios a quien alaba, reconociéndose empequeñecido ante Él, e indigno ante su Bondad, y Belleza;  -la segunda, núcleo del canto, él mismo como protagonista expresa ocho alabanzas a Dios quien libremente y  por su amor al hombre, cubre sus necesidades creando el mundo, entregándolo al hombre, criatura suya, no como dueño, sino para que lo disfrute y lo conserve.   De esas alabanzas, seis cubren las necesidades materiales y dos las espirituales, dejando en la explicación de cada una de ellas su manera de pensar y de vivir, descubriendo en cada palabra su espiritualidad; -la tercera, cambia de protagonista, se dirige a los receptores del cántico, a sus hermanos, a los hombres y mujeres de los pueblos donde pasaba, a esos pobres o ricos que lo escuchaban, a los pájaros, a lo lobos, a la naturaleza entera, porque cada parte de la naturaleza es vestigio, huella,  ser semejante al Dios creador, porque toda la naturaleza es una teofanía

 

 Primera parte: Francisco pone a los oyentes de su canto ante Dios, explicando su grandeza:

“Altísimo y omnipotente buen Señor,

tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen

y ningún hombre es digno de nombrarte.”

 

El nombre de “buen Señor” habla de Su identidad, Su carácter y Sus acciones, nos revela su misterio personal y por ello el nombre de Dios debe ser santificado en este mundo.

Lo llama  Señor  porque está muy por encima de todo lo creado en su perfección, poder y gloria.  San Francisco, al ponerse delante de ese Ser supremo se reconoce pecador, pequeño e indigno de Él, se estremece ante su insignificancia y lo alaba con este canto, poema de amor.  El hombre no puede apropiarse de nada de su Identidad  ni de su Carácter, ni de las Acciones de ese Dios, porque el protagonista absoluto es Él y el Poverello recuerda que es el Ser supremo, el Sumo, el totalmente distinto donde todos los atributos  están en grado máximo   y le pertenecen solo a Él  y por eso nadie puede nombrarle, porque en su indigencia,  en su finitud, nunca expresaría todo su Ser.

La advocación está en línea con el capítulo cuatro del Apocalipsis donde san Juan a través de símbolos muestra la imagen de Dios. Él ve un trono, después de oír la llamada y llenarse del Espíritu, un trono ocupado por un Ser, un trono con destellos de luz, donde  los hombres y el pueblo de Dios, redimido y glorificado con cantos de adoración, movidos por los cuatro viviente inteligentes reconocen que Dios es santo y cantan y enfatizan esa santidad, reconociéndolo como digno de recibir la gloría, la honra, y el poder.

Así mismo, la petición «santificado sea tu nombre» en la primera parte del Padrenuestro  indica que Dios quiere reconocimiento, alabanzas, el  respeto y  el ser honrado. San Francisco con su canto cumple todos esos requisitos, porque a igual que Cristo quita todo el protagonismo al hombre y lo dirige a Dios, él en su canto lo reconoce, lo alaba y lo bendice. (Seguirá)

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