Luis Algorri

10.10.25

 

Lo que sea que hayan urdido Trump Netanyahu no es la paz. No puede serlo. Es, como mucho, una tregua que permitirá a los criminales de Hamás recuperar el resuello durante unos meses, quizá años (ojalá no sean nada más que semanas), hasta la próxima embestida de unos o de otros. Pero eso no es la paz. Es, si acaso, la victoria. Una victoria más (y otra derrota) en una lista interminable. Si se paran a pensar, el paso del tiempo y el avance de la tecnología han logrado que todo sea distinto, pero la realidad es que todo es igual.

Lo esencial no ha cambiado en casi un siglo. Hace ahora mismo dos años, aquel sábado 7 de octubre de 2023, varios miles de asesinos eufóricos y sonrientes se subían a sus motos y a sus toyotas y gritaban: “¡Vamos a matar a sus niños, así muchos más se unirán a nosotros! ¡Alá es grande! ¡Muerte a Israel!” Eso es lo mismo, exactamente lo mismo que gritaban sus abuelos entre 1936 y 1939, durante la huelga general y la revuelta árabe de Palestina, o “Gran Revuelta”, que se produjo entonces. Muchos de ellos gritaban lo mismo contra el Imperio británico, a quien tenían por protector de los judíos.

Los habitantes del próspero y hermoso kibutz de Be’eri, que parecía un barrio de Marbella a cinco kilómetros de la frontera con Gaza, vieron llegar a los asesinos aquel día de octubre, a las siete de la mañana. No tenían defensa. Se escondieron como pudieron en los baños, en la clínica dental, en los refugios antiaéreos… que no se podían cerrar con llave. Durante horas y horas, los carniceros de Hamás buscaron a los hombres, a las mujeres y a los niños uno por uno, casa por casa, habitación por habitación, metódicamente.

Mataron a tiros a 130 personas y secuestraron a casi otras tantas. Los escondidos repetían: “Dios es uno, en Dios somos fuertes, Dios nos protege”. No lo hizo. Pero eso es lo mismo, exactamente lo mismo que repitieron sus padres y abuelos en cada una de las siete guerras “formales” y en los incontables actos de barbarie inhumana que los judíos de Israel han sufrido durante casi cien años.

Lo grabaron con los móviles

Los soldados del Tsahal (el ejército israelí) bailaban en círculo cogidos por los hombros, lo mismo que sus padres y abuelos, durante los primeros meses de los ataques a Gaza, hace año y medio. Y cantaban, felices: “¡No hay civiles inocentes! ¡Muerte a todos los palestinos!”. Seguramente no sabían que eso es lo mismo, exactamente lo mismo que cantaron y bailaron aquellos padres y abuelos durante cualquiera de los terribles ataques que emprendieron contra los palestinos, por ejemplo la masacre de Balad al-Shayj, en 1947.

Entonces ¿qué ha cambiado? ¿Cuál es la diferencia? Salta a la vista: la diferencia son los teléfonos móviles. “¡Vamos a matar a los niños! ¡Hay que emitirlo en directo, hay que emitirlo en directo!”, gritaban, eufóricos, como si fuesen a una fiesta, la chusma demente de Hamás, aquel 7 de octubre. Y así lo hicieron: lo grabaron todo y lo emitieron. Lo mismo que los judíos, que se despedían de sus familiares mediante el whatsApp. Pone los pelos de punta ver cómo los asesinos colaron por la puerta de un refugio de cemento, entre risotadas, hasta ocho granadas de mano.

Dentro había nueve o diez chavales que habían escapado de la matanza de la fiesta musical de Re’im, donde fueron asesinados 360 jóvenes. Uno de ellos, Aner, un guapo muchacho con barba pelirroja, devolvió al exterior, una tras otra, aquellas ocho granadas, lo cual era celebrado con grandes risas por los matarifes, que se tomaban aquello como un juego. Pero la novena estalló dentro. Aner murió reventado y los que sobrevivieron fueron rematados a tiros. Todo lo grabaron con los móviles y lo emitieron, en directo o no.

Muy poca gente recuerda hoy, o siquiera sabe que, hace algo más de un siglo, los árabes y los judíos convivían en aquella tierra como vecinos, como amigos, y se ayudaban mutuamente. Pocos recuerdan quién destruyó aquella armonía: los británicos. Estos, durante la primera guerra mundial, necesitaban desesperadamente conservar el canal de Suez, que les hacía llegar tropas y suministros desde la India.

Sin aquellos suministros habrían perdido la guerra, reconoció el primer ministro, David Lloyd-George. Pero cerca de Suez estaba el Imperio Otomano, aliado de los alemanes. Así que los británicos necesitaban ayuda. Y no se les ocurrió mejor cosa que prometerles la independencia, un Estado, una gran nación, tanto a los árabes como a los judíos… ¡en la misma tierra! Como dijo un alto funcionario inglés, “vendimos el mismo caballo a dos compradores distintos”. Ese fue el principio de la guerra más larga que ha vivido el mundo desde finales del siglo XVII, cuando acabaron en Europa las guerras de religión.

Simpatía por los sionistas

Solo los eruditos recuerdan hoy la promesa de la Gran Siria que los británicos hicieron a los árabes y la Declaración Balfour con que los mismos ingleses se aseguraban la ayuda de los judíos. Todo aquello fue antes de 1920. Nadie recuerda las palabras del rey Faisal (sí, el de la película Lawrence de Arabia, interpretado por Omar Sharif) en 1917, cuando reconoció emocionadamente a la comunidad judía: “Nosotros los árabes tenemos una gran simpatía por los sionistas (…) Ninguno de los dos pueblos tendrá éxito sin la ayuda del otro”, eso fue lo que dijo. Y abrazó al líder sionista, Jaim Weizmann.

Nadie recuerda hoy la traición que británicos y franceses cometieron en 1920, cuando se rieron de árabes y judíos; eran potencias coloniales y se comportaban como tales. Nadie se acuerda del “Vamos a masacrar a los judíos” de 1929, cuando se perpetraron las matanzas de Safed y Hebrón, atizadas por uno de los mayores hijos de puta (ustedes sabrán perdonar la expresión; no se merece otra) que ha visto el mundo: el gran muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, que sentía por los judíos un odio psicopático y que se puso a las órdenes de Hitler. Aquel canalla fue el que prendió el fuego del odio que dura hasta hoy, pero hizo algo peor: meter a Dios en aquel asunto. Convirtió lo que hasta entonces eran aspiraciones nacionalistas árabes (luego palestinas) y judías, como muchos nacionalismos que estaban brotando en Europa, en un conflicto religioso. Y todo se pudrió para siempre.

Una pausa más

Esta no es, ni mucho menos, la primera vez que ciudades enteras, palestinas y judías, son asoladas hasta los cimientos. Esta no es la primera vez que unos y otros arrasan los cultivos, queman las cosechas, matan de hambre a los niños, bombardean los hospitales, violan a las mujeres y destruyen todo rastro de vida a su paso. Esta no es la primera vez, ni la segunda, ni la décima, que unos y otros cometen atrocidades que no podrán ser perdonadas durante generaciones enteras. Así que este arreglito de ahora no es la paz. Eso es imposible. Es una pausa más, no puede ser otra cosa.

¿Es posible la paz entre israelíes y palestinos? Sí, yo creo que sí. Ambos tendrían que fijarse en lo que pasó entre alemanes y franceses. Fueron enemigos irreconciliables durante tres siglos. Hasta que, después de la catástrofe más horrible que ha generado nuestra especie –la segunda guerra mundial–, unos y otros hicieron un esfuerzo sincero por reconocer a los de enfrente como seres humanos, que es lo más importante; por aceptar su punto de vista aunque no lo compartieran, por asumir cada uno el “relato” del otro. Y perdonaron. No tardaron mucho en hacerlo. Claro que tenían una ventaja sobre estos desquiciados de ahora: en aquella larguísima pelea francoalemana, Dios apenas intervino. Era el mismo para todos.

Desde que eran niños

Pero en Palestina uno de los actores principales es Dios, lo llamen como lo llamen. Es la religión, con su inmenso poder de ofuscamiento e irracionalidad. Los carniceros de Hamás iban a asesinar niños, contentísimos, en nombre de Alá. Netanyahu echa mano de la Biblia (la historia de los amalecitas) para justificar el exterminio de sus enemigos. Es exactamente lo mismo. Y tampoco es nuevo. Pero pone las cosas mucho más difíciles. Sin el reconocimiento del otro como un igual, la paz es imposible. Sin el respeto por el otro, también. Y eso ahora mismo no se da.

Esto, por tanto, no puede ser la paz. Habría que empezar por entender que unos y otros, pero sobre todo las fieras de Hamás, son el resultado de generaciones enteras educadas en el odio al de enfrente desde que eran niños. Y se les educa así en nombre de su dios. Eso es lo más peligroso de todo para lograr algo a lo que podamos llamar paz.

Mientras tanto, nosotros estamos entretenidos con unos barquitos llenos de gente en su mayoría bienintencionada que navegaron hasta Gaza en una quimérica operación publicitaria, porque otra cosa no era aquello. Se metieron de cabeza, con toda su buena fe, en la guerra más atroz que ha vivido Europa en 25 años, desde Yugoslavia. Y encima se enfadaron muchísimo porque los soldados que les capturaron no les trataron como si fuesen sus madres. Pues muy bien, hombre, pues muy bien. En algo hay que distraerse, ¿verdad?

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.