Primera lectura: 2Sam 7,4-5. 12-14.16

Después del pecado de desobediencia de Adán y Eva, el Señor promete repetidas veces en la Historia de la Salvación un Mesías que gobernará con justicia, impondrá la paz y devolverá a Israel la libertad. El profeta Natán lo ratifica al Rey David. Y es José quien vincula a Jesús con la casa de David. Gabriel promete a María: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,30-33).

Segunda lectura: Rom 4,13.16-18.22

La promesa que el Señor hace Abrahán: ser padre de un gran pueblo y poseer una tierra para vivir, se transmite por la fe, fe que, a la vez, vehicula la salvación prometida desde los mismos inicios de la humanidad caída. Y la fe es un don divino. El hombre no aporta nada en el origen de la bondad salvadora que el Señor introduce en la historia humana. Si bien no debemos olvidar lo que San Pablo escribe en otro lugar: «Es una fe que actúa por el amor» (Gál 5,6).

 

Evangelio: Mt 1,16.18-21.24. o Lc 2,41-51a
  1. Texto.- Los Evangelios dan los siguientes datos sobre San José. Descendiente de la familia de David (cf Mt 1,16; Lc 3,23), vive en Nazaret. Un ángel le anuncia que María, su esposa, espera un hijo por obra del Espíritu Santo (cf Mt 1,16-24). Viaja con María a Belén por disposición de César Augusto, donde nace Jesús (cf Lc 2,1-20); le impone el nombre (cf Lc 2,21), lo ofrece al Señor y escucha las profecías de Simeón y Ana (cf Lc 2,5-38). Lleva a María y a Jesús a Egipto para defenderlo de Herodes (cf Mt 2,13). Una vez que muere Herodes, regresa a Palestina, instalándose en Nazaret de Galilea (cf Mt 2,23). Lucas relata un viaje de la familia a Jerusalén, donde Jesús se separa de sus padres para discutir con los doctores de la Ley en el templo (cf Lc 2,41-50). José es un técnico de la madera, del hierro y de la piedra (cf Mt 13,55; Mc 6,3), cuyo oficio y utensilios aprende y hereda Jesús (cf Mc 6,3). José aparece siempre como esposo de María (cf Mt 1,16; etc.) y padre de Jesús (cf Lc 2,27; etc.), como lo dice María (cf Lc 4,48) y la gente (cf Lc 3,23; etc.). Es una persona justa (cf Mt 1,19), fiel a la Ley y cumplidora de todas las tradiciones religiosas y sociales de Israel.

 

  1. Mensaje.- En aquel tiempo los desposorios se formalizaban un año antes de celebrar la boda y convivir los esposos. Es la situación en que se encuentran José y María y que relata el Evangelio. El mensajero divino anuncia el nacimiento de Jesús en la línea del nacimiento de Isaac, Moisés, Sansón, Samuel.  Todos vienen a la vida como un don divino, que no de una relación humana. El Espíritu, que es la relación de amor de Dios con su criatura, origina la presencia del Hijo en la historia para recrear la humanidad sumida en el pecado.  Por tanto, es la misión la que establece el origen de Jesús.—  Jesús es la Palabra del Señor hecha vida. Dios se pone al alcance del hombre, para que pueda ser entendido, para que la salvación se encarne en todas las dimensiones que entraña la existencia humana: personal, relacional, social, natural; material, psíquica, espiritual. Es la naturaleza bio―psico―social la que se ve afectada por completo. No es una idea la que pronuncia el Señor, ni una filosofía la que proclama para bien de todos, ni un libro que dicta para que lo leamos y nos convenzamos de su plan de salvación. No es eso. El Señor nos habla por medio de una vida humana, que es la de Jesús.

 

  1. Acción.- Y si el Señor habla por Jesús, Jesús necesita un padre y una madre, una familia como todos tenemos, donde llegue a ser hombre. José y María dejan de ser ellos mismos para ponerse a disposición del Señor: «Hágase en mí según tu palabra», «Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor». Su renuncia de sí mismos para servir a Dios es lo que hace posible el nuevo sentido humano que nos ofrece Jesús como revelación del Padre: devolvernos la libertad para amar el bien y que en el horizonte aparezca de nuevo la experiencia de la felicidad y la plenitud humana. Por eso damos la bienvenida a Jesús y a quienes lo hicieron posible: José y María en su relación con el Señor.        
              COMENTARIO

Dios.- La revelación cristiana afirma la intervención directa de Dios en el nacimiento de Jesús. Del mismo modo que en la creación del mundo se decía que el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas (cf Gén 1,2), ahora se dice que María «esperaba un hijo por obra de lo Espíritu Santo» (Mt 1,18). Se trata, pues, no de una biografía sino de una confesión de fe sobre Jesús: Él es el Mesías, el Hijo de Dios. Los dos nombres que recibe Jesús también vienen de Dios. El primero, «Jesús», lo propone el ángel, el mensajero. El segundo, «Emmanuel», viene de la Escritura, de la Palabra de Dios (cf Is 7, 14). Ni a José, ni a los contemporáneos de Jesús, ni a nosotros nos es fácil aceptar que un hombre concreto sea el mismo Dios. Hace falta un corazón pobre para que Dios nos lo revele. José posee ese corazón de pobre obediente a la fe. Es el ejemplo de todo creyente cristiano.

Iglesia.- Dios le cambia la vida a José para incluirlo en su plan de salvación para los hombres. José, prometido a María y carpintero, tenía su futuro planificado como toda persona que habita en esta tierra: un trabajo, una mujer, para hacer que la vida humana continúe desde las relaciones de amor. Y Dios le altera este futuro. Ni su mujer, ni su hijo serán suyos. Son de Dios. Eso sí, serán de su cuidado, de sus desvelos, de su apellido y de su raza. Y le enseñará a Jesús ser una persona para que pueda comprendernos a todos y vivir como nosotros.

Creyentes.- La decisión que José toma respecto a María de repudiarla en secreto está relacionada con la búsqueda de la voluntad de Dios. ¿Cómo busco yo la voluntad de Dios? ¿En esta búsqueda estoy dispuesto a salvar a las personas aunque éstas estén acusadas gravemente? Como familia, comunidad o grupo, ¿a qué personas concretas hemos tratado de salvar? José pudo decidir porque escuchó el punto de vista de Dios. – ¿Frecuentemente decido basándome sólo en «mi» punto de vista o cuento con el punto de vista de las personas que viven conmigo? ¿En qué forma voy a proponerme escuchar y pedirle a Dios su punto de vista? ¿Qué condicionamientos a nivel personal o comunitario nos impiden decidir según la voluntad de Dios? ¿Qué vamos a hacer para que esta Navidad que se aproxima no se quede sólo en fiestas y celebraciones de carácter social, sino que nos ayude a entrar en un camino de búsqueda y obediencia de la voluntad de Dios?

 

 

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