Ser escuchados:

 Quizás sea esta la necesidad más sentida para muchos de nosotros, también para los internos de los centros penitenciarios. Echar una mirada a nuestro alrededor es suficiente para observar la profunda soledad en la que se encuentra el hombre de nuestro tiempo. La prisa, el vértigo de nuestra vida, la superficialidad de nuestra comunicación, el aislamiento buscado y la concepción individualista de la vida impiden la actitud de escucha y apertura al otro para quien no hay lugar en nuestro tiempo y en nuestra ocupación. Las relaciones del hombre de nuestro tiempo están marcadas por la rentabilidad y la eficacia. Nada es gratuito, todo tiene un precio. La relación con el otro se enmarca en una relación de poder, de dominio, a menudo impregnada de desconfianza, de sospecha. No es el otro, como “alguien” el interlocutor, sino un objeto común a poseer y dominar. Cambiar esta dinámica o lógica de la in-comunicación exige dar un giro copernicano a nuestra concepción del hombre, a nuestro concepto del otro y de nosotros mismos; supone entendernos como seres in-suficientes, necesitados del otro para ser “alguien” sujeto moral, es decir, responsable (capaz de hacerse cargo o responder de algo o de alguien); implica vernos desde el otro, desde la “otra orilla”, ver el cuadro de nuestra vida desde la perspectiva del otro en la que encuentra su visión y sentido más pleno. El hombre es un ser esencialmente necesitado del otro para existir como humano. Escuchar al otro, abrirse al otro es ejercer de humano.

 

1 ¿Qué significa escuchar al otro?

1.1. Escuchar la palabra del otro es prestar atención (atender) al otro, valorar la palabra del otro tanto como “nuestra” palabra, como “tu” palabra. Escuchar al otro significa resistir la tentación de imponer mi palabra y mi pensamiento para escuchar la palabra del otro que tiene algo de lo que hablar y demanda un espacio, un lugar en mi tiempo para compartir la experiencia de “su” vida. Escuchar al otro significa reconocerle su dignidad de persona. No existe ser humano sin el poder y la libertad para decir “su” palabra. Es su mínima dignidad. Cuando a alguien no se le reconoce la libertad y la autoridad para decir “su” palabra se le está despojando de su dignidad. Es la condición del esclavo. Cuando alguien siente (percibe) que su palabra carece de crédito, que ya no tiene valor (credibilidad) se convierte en una máquina o robot que sólo emite sonidos, pero que no pronuncia palabras en busca de respuesta. Sabe que al otro lado no hay un interlocutor que dé crédito y acoja su palabra. Es la situación en la que se encuentran tantos abandonados y excluidos de la sociedad: los inmigrantes que llenan nuestras plazas y jardines, sin trabajo, sin hogar, sin recursos para una vida digna, sin futuro; los encarcelados, los ancianos que viven solos  sin compañía alguna con quien compartir su tiempo de soledad, los atrapados por la droga… Se sienten sin palabra, sin nadie al otro lado con quien compartir la experiencia de su vida. Lo que ellos puedan decir apenas si interesa a nadie. Viven prisioneros de su in-comunicación interior. En ellos sólo hay un monólogo interminable.

1.2. En la escucha de la palabra del otro, éste es acogido y hospedado en nuestra casa; deja de ser un extraño (forastero) y se convierte en “alguien” con quien tenemos muchas cosas de las que hablar y compartir. La acogida al otro rompe todos los muros y resistencias, derriba todos los prejuicios, allana todas las dificultades del lenguaje. En la acogida se impone la lógica del amor que no conoce diferencias de raza, lengua o religión. Si atendemos a la experiencia (fenomenología) de la escucha, de la atención y de la acogida al otro descubrimos que ésta se presenta siempre como una salida de sí mismo, un abandono del santuario de nuestro yo, una puesta en camino sin un final previsto. Nos echamos en brazos del otro sin poder vislumbrar el resultado final. En la escucha y acogida al otro está siempre presente el riesgo e incertidumbre, pero también la compasión que nos inspira la pobreza del otro, la desnudez y vulnerabilidad de su rostro, pues todos somos huérfanos y viudas, nómadas en tierra extra En la escucha y acogida del otro se da siempre un poner en par駭tesis las propias ideas u opiniones para escuchar las del otro; incluso las propias convicciones o creencias se ofrecen no como barreras insalvables para escuchar y acoger al otro, sino como garantía de respeto a las creencias y a la persona misma del otro. La escucha y acogida al otro está impregnada por la confianza en el ser humano (por eso salimos de nosotros y vamos hacia al otro), por la esperanza de que el encuentro con el otro puede dar lugar al nacimiento de una nueva vida para ambos. Algo nuevo acontece cuando el otro nos hace depositarios de la experiencia de su existencia, cuando nos hace el regalo de su vida. Escuchar y acoger es una comunión en la vida. El otro deja de ser un extraño, un desconocido. Es más bien aquél a quien desde tanto tiempo estábamos esperando.

1.3. La escucha y la acogida a los abandonados y excluidos, a los inmigrantes y encarcelados nos convierte en el samaritano compasivo, en ese “alguien” en quien se puede confiar, estando atento a la necesidad de expresión de cada necesitado. El lenguaje sirve para poner nombre a las cosas, describir la realidad que nos envuelve. También para crear un mundo que está más allá de las cosas (el arte, por ejemplo). Sirve para expresar y dar vida a nuestros sentimientos, lo que vivimos y lo que somos. Pero el lenguaje no se limita a las palabras. Hablamos también con los gestos, con el cuerpo. Quizás la mayor carencia del abandonado y excluido social sea la no presencia o compañía solidaria de alguien a quien confiar su experiencia de sufrimiento, su soledad y aislamiento, la distancia social que le hace sentirse inútil y un estorbo para la sociedad; no tener a nadie junto a él para poder volcar todos sus sentimientos en la confianza de ser escuchado y acogido. Esta ausencia de alguien en quien confiar se refleja en el rostro de los abandonados y excluidos, en su mirada triste. Su rostro y su mirada es su lenguaje más elocuente. Los abandonados y excluidos, los inmigrantes y encarcelados no necesitan tanto que les hablemos, cuanto que estemos dispuestos a escuchar.  Ellos necesitan hablar, comunicar lo que sienten, lo que viven.

1.4. El ser humano necesita de compasión, ser compadecido. Y el abandonado y excluido, el inmigrante y encarcelado, más aún. Necesita contar, narrar a alguien la verdadera historia de su vida. No la que aparece en los sumarios judiciales, siempre parcial, sino aquella que sólo él conoce y que explica su trayectoria vital. El encarcelado y atrapado por la droga se sabe juzgado y condenado socialmente, pero necesita contar a alguien por qué ha llegado hasta aquí. Necesita ser escuchado para redimirse ante sí mismo y ser perdonado. Pero para ello necesita contar “su” historia, su historia completa. Y aquí nuestra presencia se hace indispensable, porque las historias no se cuentan a las paredes, ni a los que no quieren oír. Sin narración no hay identidad, no hay conocimiento de lo que somos. Es curioso constatar que cuando nos preguntan quiénes somos acudimos a nuestros orígenes: soy hijo de tal y cual, nacen tal lugar, pertenezco a tal familia. Y damos cuenta de la historia de nuestros padres, abuelos, etc. Los encarcelados y los ancianos que viven solos tienen interés en mostrar las fotografías de sus hijos, de su familia (esposa y padres, a veces), nos cuentan en lo que han trabajado y cómo era su vida antes de entrar en prisión. Quieren rescatar parte de su vida. Lo necesitan, porque sólo nos reconocemos en lo que somos cuando contamos o narramos lo que hemos sido, lo que hemos vivido, cuando nos reconocemos en nuestros hechos. Y esa historia personal es necesario contarla para salir del anonimato, para responder a esta sencilla y, a la vez, difícil pregunta: ¿quién soy? Sólo así hay reconciliación con nosotros y con los demás. Quizás sea este el principal y único servicio que se les pueda prestar: escuchar y hospedar al otro en su palabra.

1.5. En la escucha al otro hay siempre una mirada que acoge. Y la mirada habla más que las palabras. Sólo basta con mirar para expresar cuanto queremos decir. Estar ante el otro y mirarle con ternura rompe la distancia, la separación que nos impone nuestra condición corporal. Mirar con “otros ojos” es bajar de la altura de nuestra limpieza moral, descender a la suciedad de la calle y de las vidas anónimas, de la prostituta y del ladrón; es despojarse de una supuesta autoridad moral sobre el otro, abajarse y mancharse las manos con la miseria de la infinita dignidad del caído, vendar sus heridas y curarlas, reconocer su dignidad maltratada. Es curioso observar que en la parábola evangélica del buen samaritano no haya diálogo alguno (de palabras) entre éste y el hombre caído, sólo una mirada de ternura y de compasión del buen samaritano, que el hombre abandonado en la orilla del camino entiende en toda su amplitud. En el samaritano hay una mirada de salvación porque hay abandono de poder, desciende (de su cabalgadura) al otro y lo coge en sus brazos. La acogida del otro supone una renuncia y abandono de mi supuesta autoridad sobre el otro, y la asunción de una responsabilidad sobre mí de la que no me puedo desprender. En la mirada del que acoge hay siempre una complicidad con el acogido. Ambos se saben actores de una experiencia singular.

1.6. Mirar con “otros ojos” es reconocer en el otro su carácter sacramental. “Porque tuve hambre, enfermo, desnudo, en la cárcel… La mirada compasiva desvela una realidad que, para otras miradas, permanece oculta. Es fácil ver lo que aparece a simple vista, lo que vemos con los ojos de la carne. Hay, sin embargo, otra realidad debajo de las apariencias que nos interpela constantemente, que demanda ser desvelada, salir a la luz. Y para ello se necesitan “otros ojos”, no precisamente los de la carne. Hay un modo de mirar en Jesús de Nazaret que es liberador y restaurador de la dignidad del otro: su mirada a la mujer adúltera, a los leprosos, a la multitud hambrienta… Hay en Jesús de Nazaret un modo de verse y sentirse ante el otro como alguien que no viene a condenar, sino a compadecer y acoger, escuchar y hacer suyo el sufrimiento del otro. El otro ya no es una persona con la que tenemos que ventilar nuestras diferencias, sino sacramento, el lugar en el que Dios se manifiesta. La palabra que viene del otro es una palabra sagrada, viene siempre de “alguien” el lugar privilegiado de la presencia y manifestación de Dios.

1.7. También el buen samaritano de hoy es sacramento para el encarcelado y atrapado por la droga, el inmigrante, abandonado y excluido, es decir, el lugar en el que se manifiesta y se da la compasión, la ternura y el perdón, la acogida al que estaba por llegar. Quizás, durante mucho tiempo, algún encarcelado o atrapado por la droga, inmigrante y excluido social no haya tenido la experiencia de encontrarse con alguien que le ha escuchado, le ha atendido y acogido; alguien que se ha interesado por él a cambio de nada, alguien que le ha mirado con “otros ojos” y ha visto en él a la persona que busca ser reconocida en su dignidad “perdida”, alguien que, como el leproso del evangelio, pide ser curado. Esta experiencia de acogida y de verse reconocido en su dignidad puede ser el comienzo de su recuperación humana, de la curación de su lepra. No es fácil curarse de tantas heridas si no se encuentra a alguien que está dispuesto a curarlas y vendarlas, a acompañar al herido en el camino de su curación. Es decir, alguien que sea sacramento de curación, de salvación humana.

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