Del libro del Éxodo         19,2-6a

En aquellos días, los israelitas salieron de Refidín, llegaron al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña. Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo: «Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Vosotros habéis visto lo que he hecho con los egipcios y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

 

El Señor pacta una Alianza con Israel para ser su pueblo, el pueblo por medio del  cual transmitirá la salvación a un mundo corrompido por el mal que se generó al principio de la existencia humana. Y el Señor da pruebas de la elección por la libertad que le ha regalado: ha librado a Israel de la esclavitud de Egipto. La libertad es la experiencia fundante de su relación de amor. «Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais no-pueblo, ahora sois pueblo de Dios, los que antes erais no compadecidos, ahora sois objeto de compasión» (1Pe 2,9-10).

 

                Salmo responsorial         99,2.3.5

V/.R/. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño

 

                De la carta de San Pablo a los Romanos 5,6-11

Hermanos:  Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros. ¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo! Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida! Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

 

La misión de Jesús que termina con la entrega total de su vida, entraña que su Padre le manda implantar la salvación para todos los hombres, buenos y malos, en la historia, y es la mayor prueba de amor que nos puede dar: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único» (Jn 3,16).

 

                Del Evangelio según  Mateo 9,31-10,8.

En aquel tiempo, estaban ellos todavía saliendo cuando le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló. La gente decía admirada: «Nunca se ha visto en Israel cosa igual». En cambio, los fariseos decían: «Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios». Jesús recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces, dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia. Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: «No vayáis a tierra de paganos ni entréis en las ciudades de Samaría, sino id a las ovejas descarriadas de Israel. Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis lo habéis recibido, dadlo gratis”.

 

COMENTARIO

1.- Jesús habla a su pueblo de sus problemas. Les acerca al Señor y corrobora su palabra con las curaciones. Se sienten queridos, apoyados, a pesar de que comienza ya a hacerse sentir la incomprensión de los fariseos. Jesús elige al círculo más cercano de discípulosy los envía a expulsar demonios y curar enfermos, como él empezó su ministerio en la sinagoga de Cafarnaún (cf  Mc 1,21-26). Con ello amplía y prolonga su misión. La acción de vencer a Satanás, la alternativa de Dios, declara la presencia del Reino y, con la presencia, la urgencia de proclamarla a los cuatro vientos, porque el fin del mundo se acerca, al menos como dominio predominante del mal, y es urgente anunciarlo.

2.- Cuando los Doce expulsan demonios y curan, no realizan simples acciones ad extra, sino que es un reflejo de sus actitudes vitales que, como las de Jesús, representan el Reino. El desempeño de la misión tiene su primer acto en la elección, el que Jesús llame junto a sí a los Doce. Y  la elección lleva consigo «que convivieran con él» (Mc 3,14). Las relaciones que mantienen entre sí reproducen la conducta que Jesús tiene con ellos y fomenta entre ellos, y todo el grupo, transido por la filiación, simboliza la decisión divina de salvación que transmite el Reino. Los comportamientos y las actitudes que los fundan son decisivos para hacer creíble la misión, ya que su convivencia encarna la relación nueva que Dios ha establecido con los hombres, destinatarios de su ministerio.

3.- La misión de proclamar la presencia del bien en la historia humana y que dicha proclamación sea acompañada por el testimonio de vida, sigue siendo esencial para la relevancia del cristianismo. Los creyentes no podemos ni dedicarnos solamente a la vivencia personal de la presencia divina siguiendo un camino individual y comunitario de salvación, ni tampoco podemos prescindir del testimonio personal y comunitario para proclamar exclusivamente que el bien se impone al mal.  Las dos cosas son relevantes en los cristianos, se explican entre sí: nuestra vida testimonia y hace el bien, y la palabra expresa el porqué, lo explica y proclama.

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