Del profeta Jeremías  20,10-13

Dijo Jeremías: Oía la acusación de la gente: «“Pavor-en-torno”, delatadlo, vamos a delatarlo». Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si, engañado, lo sometemos y podemos vengarnos de él». Pero el Señor es mi fuerte defensor: me persiguen, pero tropiezan impotentes. Acabarán avergonzados de su fracaso, con sonrojo eterno que no se olvidará. Señor del universo, que examinas al honrado y sondeas las entrañas y el corazón, ¡que yo vea tu venganza sobre ellos, pues te he encomendado mi causa! Cantad al Señor, alabad al Señor, que libera la vida del pobre de las manos de gente perversa.

Todos se vuelven contra el Profeta: sus familiares, sus amigos, sus conocidos. Jeremías, como Jesús, se encuentra solo ante todos. Pero es capaz de poner su vida en manos del Señor, que es justo y sabe leer la conciencia e intenciones de los que confían en Él. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis, pero si las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que comprendáis y sepáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre» (Jn 10,37-38).

 

Salmo responsorial        68,8-10.14 y 17.33-35

V/.R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor

 

De la carta de San Pablo a los Romanos 5,12-15

Hermanos: Lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron… Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley. Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir. Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.

Pablo relaciona a Cristo con Adán. Por Adán entra el pecado y, su consecuencia, la muerte en la historia, que alcanza a todo el género humano. Por Cristo la gracia, que desborda al mal, y por ella la salvación a todos los hombres.

 

    Del  Evangelio según San Mateo 10,26-33.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: «No les tengáis miedo, porque nada hay encubierto, que no llegue a descubrirse; ni nada hay escondido, que no llegue a saberse. Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna. ¿No se venden un par de gorriones por un céntimo? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo: valéis más vosotros que muchos gorriones. A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos».

 

COMENTARIO

1.- Los discípulos de Jesús son los seguidores y elegidos para convivir con él y ser instruidos en orden a la predicación urgente del Reino. Pero algunos de los oyentes son lobos, les ha dicho Jesús poco antes: «Os mando como ovejas entre lobos» (Mt 10,16). Por eso, les repite por tres veces que «no tengan miedo». Es Dios quien los protege, y a Él hay que temer, pues es el Creador y Providente que sostiene la vida. Los discípulos se han distinguido entre la multitud que le seguía y le escucha en su ministerio; entre los discípulos se destacan los Doce, con marcado acento simbólico, pues sus vidas también hacen presente el Reinado (Mc 4,10par). El grupo íntimo que forma comunidad con Jesús no es muy grande, pues se puede reunir en una barca (cf Mc 6,45par) o en una casa (cf Mc 7,17). Con todo, pertenecen a oficios, estados y situaciones espirituales diferentes.

2.– Los discípulos deben romper los lazos familiares y abandonar sus tareas para formar una nueva familia en la que Jesús los considera su madre y sus hermanos (cf Mc 3,34). El ideal de la nueva familia es cumplir la voluntad de Dios, de la que se depende de una forma radical y que se concreta en la predicación y testimonio de su Reino, que se otea en el horizonte (cf Mc 3,35). Por eso, no deben tener miedo ni de nadie ni de nada. Dios está entre ellos, con ellos, en cada instante de su vida; en cada lugar donde vayan; cuidando cada cabello de su cabeza. A cambio, sin embargo, reciben una recompensa que se promete superior a la de cualquier persona que forme una familia y ejerza cualquier trabajo (cf Mc 10,28-30par); recompensa que también se extenderá a quien los acoja y defienda.

3.- Jesús nos invita a ser valientes. A estas alturas ya han sentido todos lo que es la incomprensión y la persecución. Los cristianos de todos los tiempos sabemos lo que es el martirio, comenzando por Jesús, hasta los últimos de Siria o Irak. Y los cristianos de todos los tiempos sabemos también cómo se nos ladea en ciertas influencias sociales, porque la gente actual todo lo convierte en un negocio. Es necesario formar a jóvenes sin miedo, que no sean seducidos por la comodidad y la cobardía y que se entreguen para bien de todos, compartiendo la bondad que ha dejado Jesús desde Pentecostés a todos los bautizados. Y no deben tener miedo a los más peligrosos: a los que malviven dentro de la fe cristiana.

 

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