Del libro de la Sabiduría 6,12-17

Radiante e inmarcesible es la sabiduría, la ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones. Pues ella misma va de un lado a otro buscando a los que son dignos de ella; los aborda benigna por los caminos y les sale al encuentro en cada pensamiento. Su verdadero comienzo es el deseo de instrucción, el afán de instrucción es amor.

La Sabiduría es un atributo divino que reside en el corazón del hombre, creado a imagen y semejanza divina. La Sabiduría personificada será Jesucristo, la «Palabra hecha carne» (Jn 1,14), que iluminará toda la existencia humana individual y  colectivamente.

 

Salmo responsorial     62,2.3-4.5-6.7-8.

V/.R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

 

De la primera carta a los Tesalonicenses 4, 12-17

Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

 

Es tal la intensidad de la experiencia de la Resurrección del Señor y de su próxima venida que Pablo está convencido que sucederá durante su vida y ordena la entrada en la vida eterna. Si no se cumplió su palabra en la inminencia, sí se cumple en cada muerte individual, cuando se encuentra cada uno con el Señor, aunque haya que esperar la colectiva, cuando se termine la historia humana.

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Del Evangelio según San Mateo 25,1-13

Entonces se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».

 

COMENTARIO

1.- El mensaje de la parábola de las diez vírgenes (cf Mt 25,1-12), que salieron con sus lámparas a la espera del novio (cf 1Mac, 9,37-39),  es que no lleguemos tarde  cuando las puertas de acceso al Reino se encuentren ya cerradas. La preocupación de las tareas cotidianas hace que olvidemos la apertura de la vida a la vida del Reino que despunta en el horizonte.— Otra vez aflora la situación de sorpresa. Todas se quedaron dormidas, y las necias sin aceite. Mientras fueron a comprar el aceite, llegó el novio y entró al banquete con las que tenían las lámparas encendidas «y la puerta se cerró» (Mt 25,10). Cuando intentaron pasar las necias ya no pudieron entrar. El aceite simboliza la fuerza, la fiesta, la alegría, es la fe que se traduce en la práctica del amor, de las buenas obras, por las cuales hay luz en las casas y con ella la vida y la esperanza. Por eso los jefes religiosos, como los fariseos y los escribas, también son llamados «necios», como las muchachas imprudentes de la parábola, cuando se entretienen con la casuística en la solución de los problemas para eludir la voluntad de Dios manifestada en el servicio al pueblo (cf Mt 23,17), además de practicar la injusticia (cf Lc 13,27).

 

2.– Jesús insta de nuevo a estar vigilantes, preparados, para no llegar fuera de tiempo y no suene en los oídos la voz: «No os conozco» (Mt 25,12), que evoca la respuesta dada a los falsos discípulos: «Nunca os conocí» (Lc 13,25; Mt 7,23). Una escena que reproduce la parábola sobre la exclusión de Israel del Reino y la entrada del mundo de los gentiles: «Apenas se levante el amo de casa y cierre la puerta, os pondréis por fuera a golpear la puerta diciendo: —Señor, ábrenos. Él os contestará: —No sé de dónde venís» (Lc 13,25; Mt 7,23). Llegar tarde, haber dejado pasar la oportunidad de convertirse y recibir a Dios, desemboca en una condena. Todo esto se narra en la parábola del rico y el pobre Lázaro (cf Lc 16,19-31). Jesús traza una línea divisoria entre lo que los hombres consideran como valioso y lo que Dios estima (cf Lc 16,15). Alude a la posesión de las riquezas y la vida de pobreza que se describe en las bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino, y malditos los ricos, porque ya tienen su consuelo (cf Lc 6,20.24). E invita a los que poseen bienes a que los compartan con los pobres a fin de que éstos los reciban en las moradas eternas (cf Lc 16,9). Esto sucede ante un auditorio que Lucas señala poco antes: «Oían todo esto los fariseos, muy amigos del dinero, y se burlaban de él» (Lc 16,14).

 

3.- La familia, el trabajo, las ocupaciones que tenemos en instituciones sociales, religiosas, las inquietudes de cada día, llenan nuestra vida. Nos falta tiempo para vivir, decimos con frecuencia, porque ¡hay tanto que hacer! Apenas nos queda tiempo para pensar si lo que hacemos responde al plan de Dios o nos estamos entreteniendo sin un objetivo fijo. Parecemos jugadores de ping pong: sólo devolvemos las pelotas que nos envían los demás, sin tener un programa personal de vida. Todo lo que pensamos, hablamos y hacemos debe responder a una actitud en la que esté instalada la relación de amor del Señor, para que nuestras responsabilidades transiten por el camino que el Señor nos ha trazado en la vida de Jesús, es decir, la construcción de un mundo más humano. La parábola es una llamada de atención: «Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora» (Mt 25,13). No debemos dejar que se apague la lámpara de la fe y del amor que ilumina todos nuestros actos.

 

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