Del libro del Génesis 12, 1-4

El Señor dijo a Abrahán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra».  Abrahán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrahán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán

Abrahán habita en Jarán (Mesopotamia), cuyos ascendientes provienen de Ur (Caldea). Pertenece a un pueblo de pastores. Dios le llama, le saca de su tierra para hacerlo padre de un pueblo, Israel, desde donde nacerá el salvador de los hombres. Abrahán cree, abandona su tierra y marcha hacia donde el Señor le indica. «Por eso depende de la fe, para que sea según gracia [la salvación]; de este modo, la promesa está asegurada para toda la descendencia […] que procede de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros» (Rom 4,17).

 

Salmo responsorial 32,4-5.18-19.20 y 22.

V/.R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.

 

De la segunda carta de San Pablo a Timoteo 1, 8-10

Querido hermano: Toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.

San Pablo anima a Timoteo a no perder los objetivos de su misión, es decir: El origen de la salvación está en el poder de Dios, que entrega los dones salvadores con carácter permanente, visibilizados en la encarnación de la Palabra. Dios, pues, vence al poder diabólico y a todas sus ramificaciones.

 

Del Evangelio según San Mateo 17,1-9.

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».

Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

 

COMENTARIO

1.– Los discípulos saben que el mesianismo de Jesús no es un camino triunfante avalado por su todopoderosa filiación divina. Poco antes de su transfiguración, en la confesión de Pedro, les dice a los discípulos que el Hijo de hombre tiene que padecer y morir (cf Mt 16,21). Para reforzar su fe, se lleva a su círculo íntimo a orar al monte. Transfigurado Jesús por la presencia divina, el Padre comunica su identidad y función fundamental a Pedro, a Santiago y a Juan: es el Hijo amado; es la Palabra que revela la auténtica voluntad del Padre; es el que completa y resume la ley y los profetas. Con él, como ya lo indicó el propio Jesús con motivo de la embajada de Juan Bautista (cf Mt 11,4-5.11), comienza un mundo nuevo, una vida nueva.

2.- Pero el estilo de vida de Jesús es el de un siervo, obediente a Dios, obediente al servicio de los hombres, como antes el Padre lo reveló en el Bautismo (cf Mt 3,17). Forma de siervo que le lleva al extremo de morir por amor en la cruz: «Nadie hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13). Pedro, Juan y Santiago lo van a contemplar muy pronto en la oración del huerto, cuando suda sangre y se rompe interiormente al contemplar la inutilidad de su ministerio y al presentir su camino de cruz (cf Mc 14,32-42par). Por ello, los discípulos necesitan saber que la cruz no puede esconder, y menos negar, la vocación divina de Jesús, la revelación definitiva de la voluntad salvadora del Señor a todos sus hijos. Y tal experiencia se les presenta con la glorificación de Jesús, aquel que la cruz no podrá con él, porque Dios, desde siempre, le ha sido fiel.

3.– La pasión y la cruz es un camino que termina en la resurrección. Es la vía que ha recorrido Jesús.  Nuestra vida también entraña las experiencias de felicidad y tristeza, de gloria y de muerte, de gracia y desgracia, etc., en su caminar lento o rápido hacia el encuentro con el Señor. Nuestra existencia no es toda gloria, como si fuéramos ángeles, ni es toda desgracia, como si fuéramos diablos. Nuestra historia es un cúmulo de experiencias buenas y malas, de tabores y de cruces que se entrecruzan continuamente, o por fases y tiempos determinados. Debemos convencernos de que al final está la resurrección; de que al final sólo quedará lo que hayamos amado, es decir, la dimensión de Dios hecha realidad en nuestros actos y actitudes (cf 1Jn 4,16). No necesitamos ni la venganza, ni la violencia, ni el poder para superar la desesperanza o las frustraciones. Simplemente ser fieles, como Jesús, al Padre, que tiene la última palabra sobre nosotros, y nos lo demuestra, de vez en cuando, en los momentos de felicidad que disfrutamos a lo largo de nuestra vida.

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.