LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
P. Ruiz Verdú OFM
Oración colecta
Oh Dios, que de modo admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza; y de un modo más admirable todavía elevaste su condición por Jesucristo; concédenos compartir la vida divina de aquél que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.
Miramos al Dios Creador y, desde Dios, miramos al hombre creado a imagen y semejanza de Dios. Esta maravilla ha nacido de la bondad y misericordia divinas. Dios es amor y por amor hemos sido creados. Y en el amor de Dios hemos sido cimentados. En su amor está nuestra seguridad y nuestra felicidad. Esta es la maravilla primera de Dios a favor del hombre: creados a su imagen y semejanza por amor. A esta obra de Dios, el hombre y la mujer respondieron dándole la espalda: no quisieron saber nada de este cariño de Dios. Pero Dios no los abandonó. Y a la primera maravilla añadió la segunda, más admirable aún: la encarnación de su Hijo en nuestra carne mortal: Jesucristo. Hizo a su Hijo nuestro hermano y redentor; lo hizo en todo semejante a nosotros, menos en el pecado.Pues bien: si Jesucristo compartió nuestra condición de hombre mortal, nosotros le pedimos a Dios que se digne concedernos la gracia de compartir la vida divina que nos trae su Hijo.
«De una Virgen hermosa
Celos tiene el sol,
Porque vio en sus brazos
Otro Sol mayor» (Lope de Vega)
Oración sobre las ofrendas
En este día de fiesta, acepta, Señor, este sacrificio que nos reconcilia plenamente contigo y contiene toda la alabanza que el hombre puede ofrecerte. Por Jesucristo, nuestro Señor.
La presencia del Hijo de Dios en la vida humana nos regala la misericordia de Dios que se hace uno con nosotros para invadirnos con su bondad y, por esa bondad, reconciliarnos con Él. Es la alegría que canta el profeta anunciando la paz de los hombres con Dios y la paz entre todos los pueblos (cf Is 52,7). La vida tiene ya una duración sin fin, porque es el deseo que, de siempre, ha querido el Señor: «En verdad, en verdad os digo: Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida» (Jn 5,24). La Palabra se encarna en la historia y hace posible que, por Jesús, conozcamos al Padre, Creador, Providente y Salvador y vivamos toda una eternidad:«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). La reconciliación con el Señor, la conciencia de que nuestra vida no tiene fin, hace que nuestro corazón exulte de alegría y gozo y prorrumpe en alabanzas y bendiciones a Aquel que ha hecho esto posible con nuestra existencia, tan delicada y débil.
«Haciéndose hombre,
al hombre salvó.
«Un niño ha nacido,
ha nacido Dios»>
Oración después de la comunión
Dios misericordioso, hoy que nos ha nacido el Salvador del mundo para comunicarnos la vida divina, te pedimos que nos hagas igualmente partícipes del don de su inmortalidad. Por Jesucristo nuestro Señor.
¡Navidad! Dios misericordioso, compadecido de nosotros, ha hecho visible, enviándonos a su Hijo, la misericordia tantas veces anunciada por los profetas y realizada frecuentemente en la historia de Israel. ¡Dios es fiel y cumple sus promesas! Quiere comunicarnos su vida divina; y en su Hijo nos la da. Es nuestro deber actuar según lo que somos: hijos de Dios. Jesús dijo: “el que me come (por la fe y la comunión) tiene vida eterna”. Esto es lo que le pedimos después de recibirlo: “que nos haga partícipes del don de su inmortalidad”.
Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado:
la Palabra se hizo carne
y acampó entre nosotros.
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