Juventud: una educación para las Bienaventuranzas

Elena Conde Güerri
La beatificación del joven Carlo Acutis este pasado mes de octubre me ha dado qué pensar. Prescindiendo aquí de mi criterio personal sobre el acierto o no de preservar y mostrar su envoltorio mortal (ya que su persona goza plenamente de Dios), la breve vida de este adolescente apasionado de la Informática y también de la Eucaristía puede dar luz a tantos jóvenes presos del desconcierto, de la banalidad, de las miméticas conductas estériles, en ocasiones violentas, y también de la desesperanza. Hay que decirlo. Yo sugerí en otras reflexiones anteriores que la actual pandemia, entre otros lastres psicosomáticos, podía arrastrarnos a la desesperanza. Nada más opuesto al Evangelio ni mayor ingratitud con la persona amorosa y salvífica de Cristo.
Soy consciente de que mis palabras pueden no enganchar o, quizá, pasar como invisibles en la ojeada rápida de la displicencia que sólo se alimenta de lo sensorial e inmediato. No importa. Ese quizá implica también la esperanza de que los deseables lectores no pierdan el hábito de rozarse con unas palabras, todas las de este Blog Franciscano sin excepción, que sólo persiguen seguir educando para la fe y sus valores. En realidad, todo el proceso de maduración de los individuos radica en la educación. Esa palabra derivada directamente de la latina educere, “sacar de uno mismo, desarrollando en el proceso de aprendizaje todas las facultades inherentes a la persona” cuya asimilación y práctica las preparan para su función en la vida y en la sociedad. La educación es el todo o el casi todo, ya que también hay personas prodigiosamente autodidactas por observación y sublime fuerza de voluntad. Ahora, algo está fallando. El circuito transmisor-receptor o es débil, o inconstante o se quiebra por el camino agostado en las zarzas de la esterilidad . El mensaje en valores difumina progresivamente su significado. Ya no se consigue sacar lo mejor de cada joven, a pesar de los esfuerzos imbatibles de muchos profesionales entregados sin reserva. Quizá sería útil una metamorfosis adaptada a estos tiempos sin perder la esencia o bien reavivar la Antigüedad como ejemplo. Mi campo no es la Pedagogía pero he vivido media vida entre los universitarios en el intento de que Grecia y Roma no se momificasen en nichos extraños. De ellas y de su paideia seguimos viviendo, mal a quien pese, aun en apariencia subliminal. Entra aquí el porqué y la finalidad de aquella educación. Los jóvenes ciudadanos eran moldeados para metas fijas y concretas, que en aquella mentalidad absorbían centrípetamente toda energía para tutelar y engrandecer al Estado. Por cauces elitistas, en parte, pero la obligatoriedad no implicaba la opresión. Conocimientos de literatura y de música, aritmética, fragmentos recitativos de memoria para honrar la tradición, apuntes de jurisprudencia, equitación y, sobre todo, exhaustivo adiestramiento militar eran las disciplinas que en Roma sacaban la mejor esencia de los niños que en un futuro defenderían a la patria de la barbarie. El sistema no estaba libre de paradojas pero, en principio, nunca cuestionó los valores inmutables impermeables a las peripecias históricas. Las fuentes historiográficas greco-latinas así lo evidencian y han dejado pequeñas joyas como es, por ejemplo, la biografía de Catón el Viejo escrita por Plutarco. Cauces inequívocos de una educación para instruir, discernir y no atontar. Siglos después, San Agustín de Hipona en su De disciplina christiana dio un paso más, cualitativo, donde los conocimientos en sí mismos y el ideal de Estado ya no eran la meta absoluta. La finalidad más noble del proceso no era el dominio de todas las “buenas letras” sino que “por el hecho de la propia dignidad del hombre, el instruido la tendrá mayor y también más que ofrecer a sus semejantes”. La disciplina que exige el aprendizaje distingue al hombre de lo gregario, lo eleva, lo marca específicamente frente a los hábitos de la irracionalidad.
Intento decir que toda juventud necesita un ideal y el vehículo esclarecedor es la educación. En todo tiempo. Cierto que nuestro siglo dista muchísimo de la época Clásica y no debemos clonar aquéllos aspectos que el propio devenir y los espectaculares avances científicos convertirían en anacrónicos. Pero sí podemos rescatar lo esencial y proponer el modelo a imitar. Lejos de las mímesis que suben a las peanas a otras personalidades más inmediatas, de profesiones gestadas por las tendencias y taimado marketing contemporáneos, con sus triunfos hipnotizantes pero pasajeros y el reclamo de la riqueza casi siempre implícita. El joven Acutis no fue ajeno a todo ello y su dedicación a la Informática testifica su inmersión en la plena realidad actual. Pero su elección de paideia fue mucho más ambiciosa. Su meta fue la íntima, amorosa e incondicional amistad con el Señor Sacramentado. Cristo ha sido la Persona a imitar y a seguir. Compatible con todo lo demás connatural a la juventud. También necesitó una educación de base para posibilitar su elección. Creo que su madre ha sido su mejor mentora. Ante la próxima festividad de Cristo Rey resulta hermoso y estimulante en estos tiempos de aflicción y también de violencia, proponerle a Él y a su Reino como modelo propedeútico en las sendas débiles y erráticas de la juventud y como Soberano del Reino imperecedero para quienes ya no somos jóvenes. El dijo “soy Rey”. De un reino que no es de este mundo y que, cimentado en la Verdad y exento de toda violencia, armas, avaricia de poder e injusticias conforme al mensaje de las Bienaventuranzas, puede no obstante percibirse como real en la intimidad de nuestro corazón.
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