EL MEJOR VENDEDOR Y LA MEJOR MERCANCÍA
La ley del Señor es perfecta. ¿Convencidos?

P. Ruiz Verdú OFM

Cuentan las Crónicas de una ciudad que un día llegó un extraño vendedor, intentando vender una rara mercancía, que haría felices a aquellos que la adquiriesen. Era de bajo costo, pero de muy rico sabor. Públicamente anunció su mercancía. Las gentes de la ciudad se acercaron a la plaza donde estaba el mercader y le preguntaron qué producto era el que vendía.
Se trataba de unos libros, de pocas páginas, pero de mucha utilidad para ellos si se decidían a leer, comentar y poner en práctica lo que en el libro estaba escrito. Su felicidad presente y futura dependía de lo que estaba escrito en el libro.
El mercader les ofreció uno de regalo y convinieron en verse de nuevo en una semana para determinar si compraban o no algunos ejemplares del libro y si estaban de acuerdo con lo que les ofrecía. Título del libro: Las diez palabras de Dios: Los mandamientos. Ley idónea y apropiada para vivir eternamente felices. El mercader se marchó.
La gente del pueblo se reunió en asamblea: ricos y pobres, sabios e ignorantes, ancianos y jóvenes; sólo los niños no participaron en la reunión. Y examinaron juntos el contenido del pequeño libro. Lo leyeron en voz alta, para que todos se enterasen. Y, a continuación, fueron comentando lo que en él se decía.
Y se decía que no era posible tener muchos señores, sino solamente uno; ni ídolos que perturban la razón. Esto no lo entendieron. ¿Qué querrá decir eso: “no tendrás otros dioses fuera de mí” ni te fabricarás ídolos? Discutieron largamente; y todos coincidieron en que cada uno era libre para elegir su propio amo, su propio “ídolo”, a quien admirar, aplaudir, imitar y adorar. Y poner todo el empeño en favor de ese “dios” personal.
Una voz disonante, que pertenecía al grupo de los pobres, intervino, diciendo: Todos tenemos nuestros “ídolos”; pero para algunos de Vds. es el dinero, para otros el poder o el saber o un equipo de fútbol o el partido político. Y a todo ello le dedican mucho tiempo, aun a costa de los pobres. Porque a Vds. lo que desean es ganar más y más, sea como sea. Por eso, no les interesa que hay un solo Señor, un solo Dios que nos hace a todos libres e iguales, porque si aceptan de corazón esta verdad de que solo hay un solo Dios, su visión de la vida, su modo de actuar, cambiaría; y Vds. no están dispuestos a cambiar.
Se originó un murmullo. No estaban de acuerdo con lo dicho por el pobre. Pero se callaron.
Lo que a continuación estaba escrito en el libro les pareció más duro aún. Como Dios no les interesaba, las fiestas para ellos eran días de diversión. Vivían pensando en su egoísmo, sin tener en cuenta los derechos de los demás: ¿por qué se prohibía desear la mujer del vecino si era más atractiva que la propia? ¿Por qué se prohibía apoderarse de los bienes del prójimo, si era fácil conseguirlo, aunque fuera con engaños y mentiras? ¿Qué juez iba a impedirlo?

Sin darse cuenta, iban descubriendo cuáles eran sus ídolos. Pero era tanta la oscuridad de sus mentes que no comprendían el mal que estaban padeciendo y… les faltaba voluntad para renunciar a ello.
Al cabo de una semana, de nuevo se presentó el mercader. Sin mediar diálogo, los del poder, los del dinero y los del saber dijeron que no les interesaba el libro por ahora: ellos eran ya felices, y la felicidad que les ofrecía el mercader no les convencía: era a muy largo plazo. Unos cuantos de los pobres se lanzaron a la aventura: querían probar si era verdad la nueva vida que se les ofrecía. Y le pidieron al mercader unos cuantos ejemplares de su libro. Unos jóvenes también se decidieron probar. Algunos del poder, dudaron.
El mercader se marchó. No lo volvieron a ver. Pero regaló un libro para la biblioteca municipal, por sí los del poder y los del saber se decidieran un día a leer y poner en práctica la felicidad que el libro les ofrecía. Con esta dedicatoria. “A este amado pueblo, con cariño: Os parece doctrina absurda la que está escrita en este libro. Atreveos a probar y descubriréis que, aunque os parezcan difíciles y el modo de proceder de Dios para alcanzar la felicidad, una cosa absurda, siempre será verdad que la sabiduría de Dios y la fuerza de Dios, encarnada en Cristo Jesús, es más sabia y fuerte que la de los hombres. Paz y bien.”

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