¡Mirad la humildad de Dios!

 

Luis Quintana OFM

El título de esta obra recoge unas palabras de San Francisco de Asís en su Carta a toda la Orden (CtaO 28). Y con ellas he querido resumir esta disertación sobre la eucaristía como el sacramento de la humildad de Dios.

Desde el comienzo de los tiempos, el Creador ha cuidado providencialmente del hombre, y le ha llamado a participar en el banquete de bodas en el que comeremos de la mesa del Señor (cf. Ap 19,7). Pero mientras seguimos peregrinando en la tierra con nuestra carne mortal, el Señor nos envía unas pequeñas migajas a las que, como si cayeran de la mesa de los señores (cf. Mt 15,27), podemos acercarnos a comer como signo de la Divina Providencia. Así lo experimentó el pueblo de Israel en el éxodo hacia la Tierra Prometida, tras ser liberados por Moisés de la esclavitud egipcia (maná). Y si el pueblo de Israel comió pan de los ángeles, Jesús nos anuncia en Cafarnaum que Él es el verdadero pan de vida (Jn 6,35), que se nos da en alimento para que tengamos vida eterna. Al llegar la plenitud de los tiempos, Dios se hace pequeño, pobre y humilde para darnos la vida divina, se hace migaja de pan al nacer en la casa del pan (Belén) y ser acostado sobre un comedero de animales (pesebre).

Después de su resurrección y ascensión al Cielo, quiso el Señor quedarse en medio de su pueblo por medio de los sacramentos, y más especialmente en la eucaristía. Dos son los gestos que simbolizan la kénosis de Dios en la celebración eucarística: la fracción del pan, en la que el pan consagrado se parte y reparte entre los asistentes como signo de comunión, y de la pasión y resurrección de Cristo, y la conmixtión, en la que una pequeña migaja del Pan partido se deja caer sobre el cáliz de la Sangre de Cristo, también como signo de comunión y de unidad, además de simbolizar la pasión y resurrección. De nuevo vemos un gesto (dejar caer la partícula del pan eucarístico sobre el cáliz con la Sangre de Cristo) que nos recuerda el maná (Dios dejó caer unos granos como de pan sobre el pueblo hambriento) y el nacimiento de Jesús (del Cielo descendió la sombra del Altísimo sobre María para que se produjera la encarnación del Hijo de Dios). En cada eucaristía, en cada conmixtión, podemos ver simbólicamente el misterio de la encarnación del Hijo de Dios.

Ante este misterio muchos santos se han admirado y nos invitan a adorarlo. Dos de ellos, Francisco y Clara de Asís, descubren la humildad de Dios, el anonadamiento del mismo Hijo de Dios, en la encarnación y nacimiento de Jesús, en su pasión y muerte en la cruz, y como prolongación en el tiempo, en la eucaristía. Como Cristo descendió del Trono real al seno de María Virgen (Adm 1,16), así desciende desde las manos del sacerdote en una pequeña partícula de pan consagrado al cáliz con la divina Sangre de Cristo, podríamos decir usando una comparación alegórica. El rito de la conmixtión expresa gráficamente lo que Francisco y Clara afirman teológicamente sobre la humildad Dios y su anonadamiento en la historia de la Salvación.

Pero el libro no acaba aquí, en la contemplación y admiración de la humildad de Dios. Tanto Francisco como Clara de Asís desean vivirlo en su propia vida, hacerlo carne en su propia carne: en la cuaresma de San Miguel del año 1224, Francisco se lo pedirá como gracia al Señor, y le concederá el don de sus benditas llagas en sus manos, pies y costado. Y no solo lo quieren imitar y vivir ellos, sino que desean que sea forma de vida para sus seguidores, los hermanos menores y las hermanas pobres. Si Jesucristo por misericordia infinita y para darnos su vida se ha hecho por nosotros migaja de pan, Francisco y Clara quieren que nosotros nos hagamos migajas de pan para nuestros hermanos, para los hombres y mujeres de nuestro mundo, hambrientos de verdad y de justicia. Quieren que seamos humildes como Dios, que seamos alimento para ellos, que les llevemos a Dios y que nos dejemos “triturar” como el grano de trigo (Jn 12,24), para producir mucho fruto. Eso es realmente ser cristiano. Y si obrásemos así, el mundo entero sería quien, asombrado de corazón, clamaría: ¡Mirad la humildad de los siervos de Dios!

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