ENSEÑANZAS DE JESÚS

 Del juramento

«También habéis oído que se dijo a los antiguos: No perjuréis, y cumplirás tus juramentos al Señor (Lev 19,12; Núm 30,2). Pues yo os digo que no juréis en absoluto; ni por el cielo, que es trono de Dios, ni por la tierra, que es estrado de sus pies (Is 66,1); ni por Jerusalén, que es la capital del Soberano (Sal 48,3); ni por tu cabeza, pues no puedes volver un pelo blanco ni negro. Sea vuestro lenguaje sí, sí, no, no. Lo que pase de ahí procede del Maligno» (Mt 5,33-37).

       El juramento es la fórmula que se utiliza en muchas culturas para avalar que una afirmación es verdadera. La crítica al juramento se fundamenta en dos bases distintas. La religiosa, porque el hombre lleva a Dios en su interioridad, o porque  degrada a Dios al inmiscuirlo en temas estrictamente humanos. Por eso, y segunda, el hombre debe ser fiable por sí mismo, por sus cualidades y condición de ser racional y libre. Sin embargo, Mateo relaciona la prohibición del juramento con la santidad de Dios, cuyo nombre se profana, y nadie puede aducir el derecho de conocer su ser e intencionalidad. Es mejor ganarse la credibilidad por la honradez de los actos que se realizan a lo largo de la vida. De ahí que aparezca una tendencia en Israel a eludir los juramentos en las relaciones humanas.

Jesús se une a esta práctica que invalida los juramentos que se emplean con una frecuencia cotidiana e incluso en el derecho divino y en los mandamientos (Núm 5,19-22)). Son los votos que la ley impele a cumplir con fidelidad extrema. Él defiende la santidad del Padre. Por el Reino, radicaliza la prohibición de toda clase de juramentos, también los que deben hacerse ante los tribunales o cuando interviene la lealtad al Estado. Una prueba de esto es no jurar «ni por el cielo ni por la tierra» que se usa para evitar el nombre de Dios. Es lógico entonces que Jesús exija la veracidad en las palabras que comunican a los hombres y hacen posible sus relaciones. Ellas son un espejo de la actitud amorosa y verdadera que Dios mantiene con sus criaturas desde el principio de la creación, sin necesidad de recurrir a fórmulas que rectifiquen la mentira en tantas palabras y afirmaciones de los hombres. Incluso existe una base humana: al hombre no se le ha dado el poder ni de modificar el pelo de su cabeza, es decir, es impotente para cualquier juramento, que no sólo por el respeto al nombre de Dios. Por eso termina Mateo diciendo que es mejor dar consistencia a la palabra por la honradez de la vida, «sí, sí», la intensificación que conduce a la realidad de la afirmación y a negar la hipocresía-, que invocar a Dios para que autentique las declaraciones humanas, pues, en este caso, es dar paso al mal (Mt 5,37).

 

 

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