La inhumanidad. Reflexiones sobre el mal moral.

                                                                                 J.I. González Faus

 

El texto corresponde a la parte que trata del pecado del libro del mismo Autor Proyecto hermano: visión creyente del hombre, Santander 2000. Faus expone la contradicción que se da en el hombre y su historia entre su finitud y su relación con Dios, creado a imagen y semejanza divina (cf Gén 1,26). Ello refleja las dimensiones de mal y bien que están inscritas en el corazón y en el sentido de la vida humanas, con lo que se provoca la marginación en todas las dimensiones de la existencia que somos capaces de crear. El libro se divide en tres capítulos: la realidad del pecado; el pecado estructural y el pecado original.

El pecado necesita ser desenmascarado, porque,  para mucha gente, no hay una conciencia del mal cuando se hiere a los demás hombres, habida cuenta de la gravedad de los hechos pecaminosos. La Escritura nos transmite, entre otros muchos,  dos hechos que revelan lo que es el pecado: el adulterio de David y la muerte de Urías, esposo de Betsabé (cf 2Sam 11,1-12,13). El Rey  viene a tomar conciencia del adulterio y del asesinato cuando Natán  se lo descubre y David se sitúa en el proceso del perdón una vez que se ha dado cuenta que ha sido impulsado por el deseo; deseo que también se apodera de los sanedritas  que captan el peligro de su posición religiosa y social si Jesús fuera reconocido como mesías (cf Jn 9,1-38; 11,48). Jesús observa el endurecimiento del corazón y la hipocresía, o los fariseos y los ricos, que enmascaran el pecado. El proceso que se da en el reconocimiento del pecado comienza cuando percibimos el pecado de los otros y después ocurre con las actuaciones pecaminosas propias. P.e., cuando Israel construye el becerro de oro recién liberados de la esclavitud de Egipto o echa de menos la salsa que comían en la tierra de la esclavitud (cf Éx 16,3); es el corazón diabólico (cf Jr 17,9) que conduce a separarse de Dios, de los demás y romperse interiormente.— Pablo distingue en los dos primeros capítulos de la carta a los Romanos,  la cólera divina, el pecado como impiedad y justicia, y ensombrece la verdad falsificando la creación nacida de la bondad divina. Por eso ataca a los judíos, que condenan a los paganos —de la egolatría a la idolatría— siendo ellos unos resentidos y de corazón endurecido (cf Rom 2,5); en el fondo son idólatras que se autodivinizan (59).

El segundo capítulo trata del pecado estructural o del pecado del mundo, según el evangelio de Juan. Jesús como siervo del Señor carga con el pecado, que no es el resultado de las infracciones al amor que cometemos los hombres; es pecado del mundo entendido como inhumanidad enemiga de Dios y situada frente a la persona y misión de Jesús, que lo lleva como una carga. Jesús revela la maldad humana, maldad que lo ajusticia en la cruz, le condena y responde el mundo odiándolo a él y a sus discípulos (cf Jn 7,7; 15,19; 17,14). El pecado estructural se inserta en las instituciones que conforman nuestra sociedad y se dan necesariamente en ella y en las personas, pues es imposible vivir al margen de las relaciones personales y comunitarias, pues nos vienen dadas desde el mismo nacimiento. Se da el pecado estructurante: el paso del pecado individual al comunitario. La pretensión divina del hombre hace imposible una relación de armonía entre los hombres, que pretenden absolutizas sus propios intereses. Y todo ello impregna a las culturas, que son las que ofrecen  los sentidos de la vida. El pecado  que tiene su sede en la sociedad o la fraternidad humana, como es la ideología y los valores, los influjos y ejemplos y las necesidades y prácticas que emanan de la convivencia. Y a partir de aquí se constituyen en la atmósfera que respira cada hombre. Con ello el pecado se enmascara y no es tan fácil descubrirlo y menos combatirlo —paso del usurero al banco—, y también se asume la lucha legítima contra la injusticia y el dominio de unos hombres sobre otros.

El capítulo tercero profundiza sobre el pecado en cada persona. No sólo es el pecado del mundo,  que estructura su presencia en el mundo. También el pecado forma parte de nuestra interioridad. Y se llamó pecado original. El descontento humano arranca de la forma cómo afronta y se comporta con determinadas inclinaciones o tendencias innatas: cuando busca las causas exclusivamente en el exterior; o no se soporta a sí mismo; o se le acalla o silencia; o se inserta en un grupo idealizado; o llevan con  dignidad los fardos pesados, evitando que les aplaste. Se sigue que la contingencia creada y la libertad personal no tienen poder suficiente para crear el mal real que percibimos, soportamos y nos configura interiormente.—  Algunos pensadores —Rousseau, Kant, Hegel, Adorno, Marx, Freud, etc.— entienden el pecado como una realidad que desvía al hombre del proyecto que Dios ha escrito para él, o son experiencias necesarias para alcanzar los objetivos humanos. Con todo, remiten algunos a una catástrofe original pero no se sabe en concreto en qué consistió, o, por otro lado, la sensación de deterioro que tenemos. Más que animales racionales —Aristóteles—, somos animales que racionalizamos las pulsiones, lo que conlleva «la purificación de la razón, así como un reconocimiento de la imposibilidad de universalidad de la razón, —aunque haya que aspirar a eso» (221).—Después de comentar los textos de Génesis 1-24a —pecado originante— y  Romanos 5,12 —pecado originado— y cómo la Iglesia lo ha interpretado a lo largo de la historia —concilios de Orange, Sens, Trento, Vaticano II—,   el texto concluye sobre la situación del mal dentro y  fuera del hombre, el cual puede luchar contra él, incluso a veces vencerlo.  De esta forma  no debemos dar tantas explicaciones sobre el origen del pecado, cuanto establecer una lucha contra él. Porque el hombre es pecador y agraciado a la vez. Y su pecado se explica por ser una realidad histórica que lucha contra lo que le causa la desgracia y la muerte; vive inmerso en una sociedad empecatada y vive en una realidad tarada.

Sal Terrae, Santander 2021, 367 pp., 14,56 x 21,5 cm.

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