San Francisco de Asís y el novelista Castillo-Puche
Francisco Javier Díez de Revenga
En 1946, la revista murciana de poesía Azarbe, dedicó su número 2 completo a un extraordinario colectivo, titulado Tiempo de Navidad, en el que colaboraron todos los escritores de aquella promoción habituales de la revista en los quince números que llegó a publicar, entre 1946 y 1948: Jaime Campmany, Ángel Valbuena Prat, Francisco Cano Pato, Gonzalo Sobejano, Salvador Jiménez, Juan García Abellán o Adolfo Muñoz Alonso ofrecieron poemas, canciones y villancicos; mientras que José Ballester, Manuel Fernández-Delgado Maroto, Francisco Alemán Sainz, José Sánchez Moreno o Antonio de Hoyos ofrecían textos en prosa. José Luis Castillo-Puche, que firmaba su colaboración simplemente como José Luis Castillo, entregó a la revista un texto en prosa, titulado “El réquiem alegre de Francisco de Asís”, preciosa evocación del santo de Asís en relación con la Navidad, el belén y los acontecimientos que sus compañeros conmemoraban en aquel lejano “tiempo de Navidad”.
Es interesante recuperar aquel texto olvidado de Castillo-Puche y descubrir cómo el joven escritor defiende la pureza y la bondad del santo de Asís frente a las creencias paganas que alumbraba ya el Renacimiento y las ideologías que habrían de llegar hasta Rousseau y Nietzsche, citados en su texto. Frente a todo ese mundo descreído, San Francisco representa la verdad humilde de las cosas y el sentimiento frente a la razón, la humildad preciosa y agradecida del olvido de todo por amor a todo.
José Luis Castillo-Puche (Yecla, 1919-Madrid, 2004) tuvo, en su formación, una intensa educación religiosa, en el Colegio de los Escolapios de Yecla, en el Seminario de Murcia y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde estuvo interno como seminarista. Abandonados los estudios eclesiásticos en 1943, estudia Filosofía y Letras y Periodismo y consigue el título de Periodista en 1944. La formación literaria del autor, en la que tanta importancia tiene su educación en centros eclesiásticos, la fuerte impresión de la Guerra de España, acaecida en su adolescencia, y un sobrecogedor sentimiento de la muerte, determinará de manera permanente su personalidad literaria y su condición de novelista variado y multiforme, indagador constante de nuevas formas, procedimientos y técnicas de escritura narrativa, que persiguen, y logran, una novelística singular de gran solidez estructural y superior compromiso con el ser humano, tanto desde el punto de vista individual como social.
Y justamente, en el texto sobre San Francisco de Asís que publicamos, escrito a los veintitantos años, se advierte su formación religiosa y también su obsesión por la muerte, en estos días de Navidad, en los que la figura de San Francisco de Asís comparece como un remanso de paz, esperanza y victoria de la vida sobre la muerte, justamente los mismos sentimientos que se conmemoran en toda la revista con motivo de la Navidad. Ese contraste entre vida y muerte y esa meditación de la figura y la significación de San Francisco de Asís parecen concentrarse ya en el oxímoron del título escogido para su artículo, aparentemente contradictorio: “El réquiem alegre de Francisco de Asís”. He aquí el texto completo:
Muy de alborada ─voz de poesía─ en pleno fervor medieval, Francisco de Asís busca para el hombre de su tiempo, para el hombre que comenzaba a renacer, en la época renacentista, una palabra milagrosa y fecunda que arraigue la carne de su humanidad en la divinidad del espíritu.
Cualquier “dios” nacido entre los hombres será más dios que hombre y por lo tanto un fracaso. Para que se diera revelación definitiva y absoluta de Dios para el hombre, tenía que ser superada la posibilidad de la fe humana. Es decir, lo misterioso ideológico no estaba en que naciera un Mesías tal como lo anunciaban los profetas o lo cantaban los poetas paganos. Lo decisivo estaba en que naciera como cualquier hombre para morir como no mueren los hombres. Después de Él los hombres nacerían como Él para poder salvar el fracaso de la muerte.
Y esto me sugiere que es en la advenida del Renacimiento cuando se da el choque entre cristianismo y mundo clásico. Presenta Francisco de Asís el soberbio desbordamiento del Renacimiento y quiso anteponerle, como dogma esencial, la verdad humilde de las cosas. Francisco de Asís es el sentimiento frente a la razón. Se propone enseñar a amar la vida a los dichosos ¿Cómo? Despreciándola caritativamente. Ellos la cantarán, pero solo Francisco sabrá saber llevarla con belleza. Los demás sufrirán, solo él sabrá gozarla. Lo clásico se iba a posar en lo temporal espaciado, en tanto que el de Asís se iba a fijar tan solo en lo espaciado de cada temporalidad.
Y por inspiración de Francisco nacieron coplas ideales, villancicos profundos que sirvieron de bebida fuerte y dulce contra la embriaguez renacentista. Entre el “Ven hermana muerte” y las coplas de Manrique no hay más que un paso. Las mismas ideas fundamentales, el mismo sonido, tan extraño como hermoso. Aquel villancico
La Nochebuena se viene
La Nochebuena se va
más que una triste despedida de la Navidad divina es un anuncio serio de conformidad humana con la vida ¿Qué extraño morir si el Salvador ha nacido precisamente para morir?
Francisco de Asís no se preocupa de su vida ni de su muerte. Canta lo uno y lo otro. Él se olvida de todo lo suyo para acordarse del hombre, del hombre completo integral. Contra el embotamiento orgulloso del yo personal, lo mejor es la humildad preciosa y agradecida del olvido de todo por amor a todo. ¿Por qué dejar al hombre en soledad y en plena camaradería del Olimpo? Compárese a Francisco con Rousseau y veremos en disputa sustancial, lo auténtico con lo falso, junto a la lágrima compasiva, la mueca cobarde y egoísta.
El exceso pagano habría de convertirse en un alejamiento de las criaturas. El paganismo es un deber de ingenuidad racional. El hombre metido en razón es como un pez encerrado en la pecera que se cree ilusamente nadando en el mar. ¿Por qué el hombre al descubrir perfecciones ha de dejar de ser generoso? Frente a lo decorativo, lo místico. Lejos la embriaguez de la gloria mitológica, la forma, si hay emoción para lo puro o devoto, para la candidez original de las sonrisas.
La vida es digna de ser vivida. Porque es muerte. ¿Es tan duro y cruel sacrificar la libertad, el juicio, el deseo, la vida? ¿No es más inhumano dedicarse a glosar placeres inexistentes? Francisco no es un misántropo o un suicida “teórico” como pudiera serlo el mismo Nietzsche. Francisco es misericordioso. Francisco se “suicida” lentamente, y por amor, con quietud, y con obediencia. No hay desesperación en su llamada a la muerte. Él ha “renacido” con nuevos ojos y con nuevo corazón en el “renacimiento cristiano”. Frente a los ricos palacios, Francisco sembrará alegría en pesebres y en enfermos. Frente a los secos pergaminos y a las dudas de escuela, siempre habrá alegría si uno sabe entablar diálogo con las avecillas y si es capaz de amansar a los lobos fieros. La muerte es sencilla, pacífica, divina. Nace en cualquier portalillo y triunfa en cualquier descampado. La vida entera es adoración ante el vientre sacrificado de las mujeres, porque ellas son las únicas que pueden traer gracia para el pecado que engendraron.
¿Qué diríamos ahora de esas Cunas del Niño Jesús que rematan en Cruz? ¿Y esos diálogos entre Adán y Eva a la puerta de la Cueva? ¿Y esas fatales advertencias que la Muerte dicta a los labios de la Virgen? ¿Y esos franciscanos que la Nochebuena la pasaban sobre la nieve y notaban que la nieve hervía de puro caliente y fogueada?
El Renacimiento necesitaba a Francisco de Asís para que el hombre descubriera en la Navidad del Niño-Dios el renacimiento del hombre a un apasionamiento incomprensible: el apasionamiento de la muerte por anhelo de vida inmortal. Esta era la locura genial, paciente y bondadosa del loco y santo Francisco de Asís.
José Luis Castillo-Puche
Castillo-Puche (Dibujo de Hernández Carpe
