XXXII DOMINGO T.O.

 P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
Dios todopoderoso y rico en misericordia, aleja de nosotros todos los males, para que, sin impedimentos en el alma y en el cuerpo, cumplamos tu voluntad con libertad de espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo

.Las oraciones litúrgicas nos recuerdan con frecuencia el poder y la misericordia de Dios. Es el fundamento de nuestra confianza. Y aunque parezca que nuestra petición sea hecha con exigencia, no son nuestros méritos lo que ponemos ante su presencia, ante su vista para que los vea, sino a su Hijo Jesucristo, que intercede siempre por nosotros (“por Jesucristo nuestro Señor”).Ese “mandato” que le dirigimos a Dios (“aparta”), no se apoya en nuestras “buenas obras”, sino en su “poder y misericordia”, porque creemos que Dios siempre está dispuesto a hacer el bien.¿Y qué es lo que le pedimos? Que aparte de nosotros todos los males, “toda adversidad”, todo aquello que es contrario a su voluntad y que nos separaría de conseguir lo que a Él le pertenece. Y como somos “cuerpo y espíritu”, le decimos que ambos estén siempre dispuestos, como dos buenos amigos, a aspirar libremente a los bienes de Dios.

Llegue hasta ti mi súplica, Señor; inclina tu oído a mi clamor;
porque tú eres mi pastor y contigo nada me falta.

 

 

Oración sobre las ofrendas
Mira con bondad este sacrificio, Señor, y concédenos alcanzar los frutos de la pasión de tu Hijo, que ahora celebramos sacramentalmente. Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

<0ramos al Señor con humildad y confianza: Mira con bondad, acepta, Padre, este sacrificio que estamos celebrando, que es el de tu Hijo, que hacemos nuestro. De ahí que debamos celebrarlo con fe y atención. Entonces Dios Padre nos regalará todos los frutos espirituales que la pasión de su Hijo Jesús nos consiguió. Cuando celebramos la Eucaristía démosle vida a la fe que hay en nosotros y hagámosla crecer efectiva y afectivamente, siempre disponibles a actualizarla por la caridad. No estemos en actitud indiferente esperando que pase el tiempo para decir: ¡otro domingo más!

Los discípulos de Jesús le reconocen
en la celebración de la Eucaristía.
Sabemos, Señor, que mantienes tu fidelidad perpetuamente;
abre nuestros ojos
y contemplaremos tus maravillas.

Oración después de la comunión
Te damos gracias, Padre, por la eucaristía que nos ha alimentado; imploramos tu misericordia para que, por el Espíritu Santo, quienes recibimos la fuerza de lo alto perseveremos fielmente. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Como somos olvidadizos, se nos recuerda que el pan recibido es el más grande y excelente regalo que Dios Padre nos hace, porque es su Hijo, y no posee otro mejor. ¿Podemos darle gracias según Dios se merece…? Dada nuestra pobreza, no material, sino espiritual, estamos muy lejos de ello; sin embargo, debemos agradecer el don recibido. Convencidos de esto, invocamos su misericordia: que ella actúe en nosotros mediante la acción del Espíritu. Esta acción del Espíritu tiene una finalidad muy concreta: que la gracia de la verdad esté siempre en nosotros, que nuestra vida no sea una respuesta doble  – sí y no – al querer de Dios. El Espíritu nos facilita el vivir firmes en la fe que actúa por la caridad. ¡Vive la verdad que viene de Dios!

“En el fondo de tu ser coloca, antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios” (P. Teilhard de Chardin)

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