LA FAMILIA, LABORATORIO DE CONVIVENCIA

 

    Pedro Ortega Ruiz

Los medios de comunicación nos informan, casi a diario, de las algaradas callejeras protagonizadas por bandas juveniles, acompañadas de robos, desperfectos en la vía pública, y a veces de violaciones y muertes. Estas faltas de civismo no surgen por generación espontánea, están causadas. Nos equivocaríamos si solo vemos un problema de orden público que demanda una mayor protección frente a los violentos. Es un síntoma de un problema más grave y preocupante que afecta a la base misma de nuestra convivencia: Es la familia la que está puesta en cuestión, la que se  tambalea.

La familia es el hábitat natural del aprendizaje de los valores éticos, equipaje imprescindible para una vida humana. Los humanos somos seres culturales, la cultura impregna toda nuestra vida. Pensamos, hablamos y vivimos desde y en una cultura determinada. Y la primera experiencia de una forma de vivir (cultura) la recibimos en la familia. Es la primera socialización en la que se aprenden o apropian los valores éticos, normas,  costumbres, tradiciones… que hacen posible la integración en la sociedad. Después, en la adultez, vamos repitiendo de distintas formas, los valores éticos que aprendimos en nuestra niñez, adolescencia y juventud. Solo varían en intensidad y jerarquía en función del contexto. En la adultez no nacemos de nuevo al mundo de los valores, van con nosotros desde hace tiempo, si tuvimos la oportunidad de aprenderlos en nuestro entorno familiar.

 

La familia es la pieza fundamental en la educación de los hijos. Sin esta, todo el andamiaje del aprendizaje de los valores éticos, el modo de relacionarse con los demás, de verse a sí mismo y de situarse en el mundo se resiente. El entorno familiar constituye para el niño la primera experiencia moral, la primera instancia para el niño en su juicio sobre lo que es bueno o malo. Saber si una conducta es buena o mala moralmente, no le viene al niño por ciencia infusa, es, más bien, un conocimiento que le viene de “fuera”, de la palabra y el testimonio de su entorno más inmediato, de la aprobación o reprobación de una conducta… La familia es sobre todo la primera referencia ético-moral. La continua presencia de los padres, las relaciones estrechas de amor y cariño, la protección y seguridad que los padres dan a sus hijos, la confianza y complicidad que se establece entre ellos propicia que la experiencia del valor ético sea como una gota de agua que va moldeando, lentamente, la vida del niño. No se necesitan más estrategias: la palabra oportuna y el testimonio de los padres actúan siempre, no se vuelven de vacío. Otros métodos, como acudir al abuso de la palabra o al castigo, delegar en otras instituciones esta responsabilidad educadora, están desacreditadas por la experiencia. Los valores éticos solo encuentran el cauce adecuado para su aprendizaje si se hacen visibles en formas cercanas, normales de conducta, alejadas de los ejemplos que representan los “héroes” encumbrados por los medios de comunicación, que más que mover a la imitación producen frustración y alejamiento. Y para el niño, este cauce adecuado o referente ético es la familia.

 

La familia es un gigantesco laboratorio para el aprendizaje de los valores, actitudes, hábitos… En los primeros años de su vida, todo lo que aprenden los niños es filtrado por la experiencia vivida en su familia. La experiencia de cada día, la rutina de una conducta, la disciplina exigida en el cumplimiento de los deberes de casa va equipando al niño para integrarse en la sociedad. Lo que se aprende después está siempre condicionado por las experiencias vividas en la familia. Sorprende, por tanto, la voluntad manifiesta de algunas organizaciones políticas de deslegitimar a la familia en su tarea educadora, abocando a la sociedad a un abismo del que es muy difícil salir, a  no ser que sea ese su propósito, generando una “nueva sociedad” de acuerdo con sus objetivos ideológicos, y aplicando otras estrategias que pasan por neutralizar la influencia de los padres en la educación de sus hijos.

 

Apartar a los niños de la experiencia de vida de sus padres constituye un grave error, significa situarlos en tierra de nadie, en una realidad engañosa, que solo produce frustración y fracaso, expuestos a caer en las redes de grupos en las que las normas están dictadas por quien ejerce el poder. Cuestionar la obligación y el derecho de la familia a educar a sus hijos en aquellos principios ético-morales y religiosos de acuerdo con sus propias creencias o convicciones, además de estar amparado en nuestra Constitución, es un derecho natural. Y cuando se transgreden los derechos nace todo tipo de arbitrariedades, autoritarismo, violencia, desafección hacia las instituciones… Arrancar de la vida de los niños aquellas creencias (valores) en las que han crecido sus padres, prescindir, o más aún ridiculizar aquellos principios éticos que han constituido y constituyen la arquitectura básica de la vida es intentar construir un edificio sobre arenas movedizas que a la primera tempestad se derrumba. Basta mirar a las familias desestructuradas, rotas en las que todo lazo de unión ha desaparecido, dejando a los hijos sin un asidero al que puedan sujetarse. En tal situación deben improvisar,  lanzarse a la aventura y arriesgar el futuro.

 

 

Es evidente que se ha producido una quiebra o fractura entre las generaciones  jóvenes y las instituciones, que hay una crisis profunda en las estructuras de acogida, empezando por la familia. Si antes ésta era un reducto protegido de las influencias extrañas para los hijos, hoy las redes sociales se han convertido en competidores a la hora de establecer y sancionar conductas morales. Hay una crisis de transmisión, los padres no saben cómo transmitir a sus hijos aquellos valores éticos que conforman hoy su vida, y ante esta dificultad fácilmente delegan esta función en otras instituciones, como es la escuela. Y la familia, como institución educadora, no tiene repuesto o sustitución posible. Cuando no se tiene, nada la suple. Tan solo cabe esperar que los niños que carecen de ella encuentren hogares de adopción que suplan, en lo posible, el calor, el amor y la protección de la familia que no han tenido. Otros experimentos ofrecen resultados muy pobres y, a veces, contradictorios. Es muy difícil suplir el hábitat natural de la educación del niño, aquello que reclama la naturaleza. Ignorarlo, trae graves consecuencias. Nos lo demuestra la experiencia.

 

La experiencia en la cárcel como voluntario fue para mí una excelente escuela de aprendizaje para escuchar, atender, respetar y, sobre todo, ponerme en el lugar del otro, hacer de buen samaritano y nunca condenar. En la cárcel encontré de todo: personas que habían perdido todo contacto familiar y de amigos, que habían destrozado a sus familias y estaban absolutamente solos. Habían tenido familia y la habían perdido. En ellos permanecía el recuerdo de una familia unida, cohesionada; ahora la ven como una ilusión, como un sueño que ya no volverá. Usaron mal su libertad. Nadie les obligó a escoger el camino equivocado. Otros internos nunca tuvieron la oportunidad de tener una familia. Vivieron en la calle expuestos al mejor postor, crecieron sin normas, sin referentes éticos en los que pudieran ver contrastadas sus conductas. Sus modelos de conducta los encontraban en los grupos callejeros en los que se habían integrado. En los paseos con los internos muchas veces me preguntaba, en el silencio de la escucha: ¿Por qué yo no era uno de ellos?, ¿Que han hecho para estar aquí, apartados y condenados socialmente? Los que usaron mal de su libertad responden de sus actos de los que son responsables, pero los que en su infancia, adolescencia y juventud no tuvieron referentes éticos que imitar en su entorno familiar, ¿qué posibilidades tuvieron para escoger el camino recto? El devenir de sus vidas ya estaba marcado desde el principio. ¿por qué se acude a la represión policial como única medida para afrontar el problema  callejero? La raíz de este problema protagonizado por las bandas callejeras no está en los jóvenes, sino en la ausencia de una familia que les hubiera dado, desde el principio de su vida, un hogar, un refugio de amor, protección y cuidado; que les hubiera dado una familia en la que encontrar referentes éticos para  imitar. Culpar, entonces, ¿a quién?

 

 

Si se quiere abordar en su raíz el problema de la violencia callejera, protagonizado por las bandas juveniles, se ha de conocer qué está pasando en sus familias. Es ahí, en el entorno familiar, donde se aprende el respeto a los demás y a las normas que rigen la convivencia. Si el niño carece de esta experiencia, no se puede esperar que sea un buen ciudadano. Si no tiene a su alcance los medios para aprender los valores éticos no podrá nunca apropiárselos porque estos se aprenden por imitación, por el ejemplo de aquellos referentes éticos a los que se siente afectivamente ligado. He observado que los medios de comunicación se limitan a informar de los hechos delictivos protagonizados por las bandas callejeras. Se quedan en los hechos y no se preguntan por qué. Es un síntoma de una sociedad que permanece anestesiada, que asiste impotente para abordar, desde la serenidad, un fenómeno que trasciende el ámbito de las calles de una ciudad para convertirse en un problema social generalizado. El problema de las bandas callejeras no se puede abordar mirando hacia otro lado. El problema no les atañe solo a ellos, los jóvenes, nos atañe también a nosotros; el problema no es solo suyo, es también nuestro; el problema no lo han causado solo ellos, está causado por su familia y el entorno social; es un problema social en el que muchos (por no decir todos) tienen parte. Situar la reponsabilidad (la causa) en solo los jóvenes es un grave error, y si se falla en el diagnóstico la terapia está condenada al fracaso. La respuesta a este grave problema para la convivencia no la podemos atribuir en exclusiva a las instituciones públicas, es indispensable la implicación del conjunto de la sociedad, creando un clima social que haga atractivo el respeto a los demás, la tolerancia, la solidaridad, el respeto a las normas de convivencia… es decir, un clima de convivencia democrática. Pero no deberíamos perder de vista que el fin prioritario es integrar a estos jóvenes a la convivencia democrática, y no tanto, ni en primer lugar, librarnos nosotros de sus desmanes.

 

Se percibe en nuestra sociedad una opinión bastante generalizada sobre la prioridad de la formación para el ejercicio de una profesión en las jóvenes generaciones. El aprendizaje de los valores éticos no se cuestiona, pero se relega a un segundo plano. Pero no basta la competencia científico-técnica para ser un buen profesional. La mayoría de las profesiones tiene “detrás” (aunque de inmediato no aparezca) al ser humano en el ejercicio de las mismas, es decir, tiene una dimensión ética que le es irrenunciable. Decir que alguien es un profesional formado implica que no solo posee los conocimientos científico-técnicos necesarios para el ejercicio de esa profesión, sino, además, la práctica ética, es decir, responsable con el ser humano que tiene delante o al final del proceso de actuación. Esto es más evidente en el ejercicio de la medicina y de la educación. Pero también en la arquitectura o la ingeniería de transportes y otras. Al final hay un usuario que reclama ser tenido en cuenta y puede, legítimamente, preguntar “por lo suyo”. La responsabilidad hacia el otro nos sale al encuentro con demasiada frecuencia. Es nuestra “condición” que no nos la podemos quitar de encima si queremos seguir siendo humanos.

 

Se constata, también, una preocupante pérdida de la estima y aprecio de los valores éticos, imprescindibles para la convivencia y la formación ciudadana, también para la formación de la persona educada. Ortega y Gasset escribe en Historia como sistema  unas palabras que dan que pensar, y nos ayudan a situar a los valores éticos (creencias), es decir, a nuestras convicciones éticas más profundas en el núcleo mismo, o raíz profunda de lo que somos y de lo que vivimos: “Las creencias constituyen el estrato básico, el más profundo de la arquitectura de nuestra vida. Vivimos de ellas y, por lo mismo, no solemos pensar en ellas. Pensamos en lo que nos es más o menos cuestión. Por eso decimos que tenemos estas o las otras ideas; pero nuestras creencias, más que tenerlas, las somos”. Estas palabras nos invitan a pararnos, a tomarnos un tiempo de silencio y mirar dentro de nosotros para tratar de encontrar e identificar aquellas creencias (valores) que han jugado y juegan un papel          trascendental en nuestra vida y han permitido que lleguemos hasta aquí. Las creencias son las que, desde el silencio, dan sentido y orientación a nuestra vida, por eso no nos preguntamos por ellas. Somos creencias, valores éticos, el equipaje ético con el que los humanos transitamos por la vida. Y la familia es la fuente natural de la que nacen.

 

 

Murcia, noviembre, 2022

 

 

 

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