La filosofía debe ser la santidad de la razón


Copio tal cual el bello, y audaz, título con que encabeza Miguel García-Baró su Introducción a la reciente espléndida edición de los Cuadernos íntimos (1883-1894) de Maurice Blondel en la hospitalaria casa de Sígueme. Ocasión estupenda ésta, me parece, para llamar la atención sobre la vigencia hodierna del gran filósofo francés que ha iluminado, sigue iluminando, con luz propia, las complicadas y hasta atribuladas relaciones entre la filosofía y el cristianismo desde antes de la llamada “crisis modernista” hasta más acá del Vaticano II, y desde luego obviamente no sólo en Francia. Pero que surgiera en Francia un pensamiento tan novedosamente filosófico y lúcidamente cristiano tiene su importancia. Me refiero a que Blondel levantó, cabe decirlo así, la novedad filosófica y teológica de su tesis doctoral, La acción. Ensayo de una crítica de la vida y de una ciencia de la práctica (1893), en medio del siempre aguerrido laicismo universitario francés. De hecho, los poderes fácticos del universo académico en el paso del siglo XIX y XX, mayormente neokantianos y positivistas, hicieron todo lo posible por ningunear una obra, como la Acción, cuya potencia intelectual ya o sobre todo en su primera edición se imponía a cualquier lector honrado desprevenido. Lo cierto es que en el ámbito de la filosofía católica, y con la ayuda de los siempre poderosos jesuitas, Blondel fue leído, comentado, discutido. Blondel, gracias a Dios, no predicó en el desierto, ciertamente salieron sus palabras del “valladar de sus dientes” por decirlo con Homero. De hecho, hace más de dos decenios hay disponible una traducción española de la Acción (BAC, 1996), y también es accesible en español el libro póstumo de comprometido título, Las exigencias filosóficas del cristianismo (Herder, 1966), al que el Merleau-Ponty de los últimos cincuenta del pasado siglo dedicara unas páginas notables (in Signos). En sede de conclusión, las Exiigencias… exponen: “Cómo, por una conveniencia que es la prueba suprema del catolicismo, corresponde una completa inteligibilidad a la solución integral de los problemas de orden moral y religioso, que va al fondo del hombre, lo asume por entero y, siendo suficientemente clara y justificada para comprometer su responsabilidad, mantiene bajo el velo tutelar de la vida presente una forma misteriosa que deja a la rectitud y a la generosidad el mérito de optar”.
Pero mayormente deseaba ahora llamar la atención sobre estos Cuadernos íntimos que podrían querer compararse con el inmenso Diario de Kierkegaard, o más cerca, con el Diario metafísico de Gabriel Marcel. La publicación original de estos Cuadernos íntimos en 1961 suscitó un revival de los estudios blondelianos. Fue, más específicamente, una ocasión espléndida para profundizar en la relación comme telle entre la vida espiritual y el ejercicio de la filosofía. Leemos en un comentario sobre la edición francesa (J. Rimaud, Christus, n. 34, 1962): “¿Por qué, al desear llevar a los filósofos no creyentes a que se planteen, en tanto que filósofos, el problema religioso, Blondel ha elegido el estudio de la acción? Se han dado para esto, y ya él mismo, múltiples razones, unas filosóficas, otras apologéticas. Ahora bien, a medida que avanzábamos en la lectura de los cuadernos se nos imponía la convicción de que era otra razón, anterior y más profunda, la que había conducido a esta elección. El problema de la acción ha sido para Blondel el problema central de su vida espiritual”. Otro estudioso (P. Henrici, Gregorianum, 43, 1962) expresa la peculiaridad de estos carnets intimes: es que en ellos se asiste al mismo tiempo a la evolución de una vida espiritual y a la elaboración de una tesis doctoral. Encontramos ahí, en efecto, motivos piadosos, como la Eucaristía, el tiempo y la muerte o el sufrimiento, y la génesis de una obra específicamente filosófica. ¿No puede uno recordar que Sócrates, el fundador de la tradición de los hombres sin tradición, por usar una expresión de García-Baró, por cierto condenado por impiedad precisamente en un monstruoso error judicial, había sido, y en el más alto grado, sí, piadoso, y más clarificadamente si desplazamos la sólita lectura interesadamente “ilustrada” del Eutifrón? Puede ser piadoso tomarle cordialmente el pelo a un sacerdote frívolo.
No lejos de Maurice Blondel, y casi contemporáneo, aunque de forma independiente, cabe recordar el paralelo con el pragmatismo filosófico de un Henry Bergson y del mismo William James. Por cierto, también el filósofo de la duración que se atrevió a echarle un pulso a Einstein a propósito de la naturaleza del “verdadero” tiempo, fue fustigado desde los inicios de su itinerario por el neokantismo, la filosofía universitaria más facilmente habitable por el scholar medio de nuestros pecados, desde los lejanos tiempos de Cohen o Natorp hasta más acá de la engañosa “neutralidad” habermasiana. Si se me permite la larga cambiada, neokantianos fueron en su momento los más eficaces resistentes al novum de Sein und Zeit en 1927, no quita que un Rosenzweig desde su lecho de paralizado filósofo genial osara señalar que el “nuevo pensamiento” encontraría afinidades en el libro non–sancto de Heidegger. Y si volvemos a Blondel, ¿no enseña éste a su modo un camino nuevo para pensar la relación entre la filosofía y la vida cristiana, un camino paralelo si es que no estoy sacando ahora de quicio la comparación entre el filósofo piadoso de Aix-en-Provence y el autor de la Estrella de la redención? Así como el filósofo judío alemán que nos trasmitió a muchos Lévinas apeló a la necesidad de que el filósófo “nuevo” se deje enseñar por Schopenhauer, por Kierkegaard, por Nietzsche, mutatis mutandis una filosofía de la acción debe dejarse nutrir de las fuentes del cristianismo vivo: una filosofía, por reiterar el motivo de Miguel García-Baró, debe atreverse a ser santa. De hecho los Cuadernos íntimos muestran las raíces en una alta piedad de la “tesis doctoral” presentada, y no sin dificultad finalmente aceptada, en 1893. A favor de Kierkegaard, y en contra del tiránico Hegel, la filosofía debe ser edificante, un núcleo secreto kerigmático debe poder captarse en la tranquila prosa del filósofo socrático-cristiano.
Valga esta llamada de atención a los amigos franciscanos, tan aficionados a tejer y destejer el telar de las relaciones entre filosofía y cristianismo, sobre la publicación en español de estos carnets intimes de Blondel bajo el cuidado de Mercedes Huarte.