LOS  PEQUEÑOS  CIRENEOS

              Elena Conde Guerri

 

Libia es ese territorio del norte de África limítrofe en sus zonas más significativas con Egipto y parte de Túnez y de Argelia. El país se ha reactualizado de forma abrupta e inesperada. Las terribles inundaciones que ha padecido hace muy poco han sumergido  para siempre a miles de vidas humanas y han devastado parajes y  pueblos  lesionados previamente por  la debilidad de sus estructuras. También Marruecos  se ha hermanado con ella en la desgracia, con el tributo desmesurado a los seísmos del  9 de septiembre. Algo ocurre en las entrañas de la tierra que, volteada por la distorsión del cambio climático, parece vengarse y casi siempre en los más vulnerables.

Este preámbulo, que me parece obligado, me empuja a hablar de Cirene. Esa ciudad maravillosa, cargada de historia y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, que todavía hoy da nombre a la región de Cirenaica y cuyos orígenes no todos conocen. El historiador griego Heródoto  cuenta que,  en el siglo VII a.C.,  un valiente griego  llamado Bato, animado por la voz de un oráculo, salió de su lugar de origen, la isla de Tera (hoy la superturística Santorini) para ir a fundar  en la zona nororiental de Africa.  Nació Cirene.  La tierra era agradecida  y el clima bonancible y los descendientes de Bato se lanzaron a fundar cuatro ciudades más  que  dieron lugar a la llamada Pentápolis. Siempre próspera y estratégica, en su devenir  y tras varias vicisitudes históricas, toda la zona cayó bajo las conquistas de Alejandro Magno y luego fue anexionada al Egipto Ptolemaico para ser finalmente conquistada por Roma, en su expansión imperialista, con el estatus de provincia romana. En tiempos de Augusto  ya estaba muy romanizada y aunque, andando los siglos, los musulmanes la absorbieron en el  VII, siempre nos preguntaremos hasta qué punto sus genes grecorromanos no fueron en su herencia más fuertes que los posteriores a pesar de las mezclas y aventuras. Todo ello hace de la actual Libia un país extraordinariamente  sugestivo, para reflexionar mientras se contempla el legado de su arqueología  y arte. Otra cosa es su historia moderna y contemporánea, atrapada esencialmente por su valor estratégico en episodios bélicos de toda índole, como es bien conocido.

Creo yo, no obstante, que  al pueblo creyente que practica un cristianismo sencillo, muchas veces nutrido en las más puras tradiciones y piedad familiares que no se adentran en complejidades y que, a la larga, siempre cala en los descendientes, Cirene no les suena  por toda su historia pasada, sino por un nombre. Un solo nombre de pila unido indisolublemente al topónimo, que ha sobrevivido a las peripecias seculares  y a las revoluciones geopolíticas, filosóficas, doctrinales y conceptuales: Simón de Cirene, llamado el Cireneo  (me gusta más escrito así  ya que la RAE acepta por igual cireneo que cirineo).  Ese hombre que casualmente venía del campo, padre de Alejandro y Rufo, y a quien los soldados romanos mandaron que  cargase  con la cruz del Señor pues sin duda  Él ya no podía más. Los Sinópticos (Mt 27, 32. Mc  15, 21.  Lc 23, 26) son unánimes en afirmar que el Cireneo cargó con la cruz de Jesús, mientras Juan (19, 17) se inclina por la versión de que “Jesus, cargando con su cruz , salió hacia el lugar llamado Calvario”. La información de los tres primeros se impuso y divulgó en seguida en la piedad popular. Nos toca el corazón y  los desgarros interiores, graves o leves, en que parece que la boca se nos llena de sangre y se coagula dentro impidiéndonos tragar y respirar, como sin duda  le pasó al Señor, saben que tienen alguien que está puesto para ayudarnos, el Cireneo. En esa desolación itinerante, que poco a poco acabará en el Gólgota, la razón, las reflexiones y las preguntas se diluyen entre las gotas de sudor que  Jesús y  Simón vertían juntos al paso. La quinta estación de nuestro Vía Crucis siempre nos dice algo, nos  despierta en caso de sopor repentino, es una de nuestras preferidas. Es hermoso, alimenta nuestra esperanza el saber que no todas las cruces deben llevarse en solitario. Su peso nos aplastaría y, probablemente, en un intento de proeza contraria a la humildad, la desesperación podría atacarnos. El propio Cristo, el Hijo de Dios, se dejó ayudar. Por un hombre sencillo, oriundo de Cirene,  que a la sazón viviría en Jerusalén  y cuyo nombre, aunque también del acervo hebreo, al igual que el de sus hijos  (Alejandro es genuinamente griego),  desvela la simbiosis poblacional y cultural de la Libia migratoria y policultural.

Simón de Cirene se hizo famoso sin pretenderlo y tuvo un exitazo en la iconografía.  Su misión nos sigue recordando  el deber de todo cristiano de participar en las cruces de los otros, obviando razas, privilegios, procedencias, profesiones y creencias porque la cruz, nuestra Cruz es universal. Libia pasa ahora  por un epílogo dramático y urgente. La distancia geográfica no es obstáculo para nuestra ayuda, cada uno en lo que pueda y deba. Pero si nuestra generosidad  y sensibilidad son capaces de disecar las millas territoriales y comprimirlas en un rincón pequeñito de nuestro corazón, que escondido en nuestro tórax  no nos puede ser más cercano, descubrirá que hay personas mucho más cercanas a él, casi tangenciales, precisadas de nuestra mirada. La misericordia de la mirada nos apremia, todos podemos ser pequeños cireneos: una sonrisa a tiempo o un retirarse a tiempo para preservar la intimidad del otro, un abrazo fuerte, un donativo silente, un café compartido o, quizá, una plegaria, una buena lectura a los pies de un enfermo o un alfabeto desgranado con humor ante quien escribe en otro, tantas cosas que a veces se nos escapan porque a nadie le gusta la visión ni la familiaridad con la miseria o con el dolor. Libia también se cristianizó, obviamente.  Es curioso que uno de su hijos más notables fuera Sinesio de Cirene,  cultísimo y noble, mitad neoplatónico, mitad cristiano, pero que acabó siendo Obispo  a principios del siglo V y tuvo el arrojo de recriminar al emperador Arcadio las injusticias cometidas contra los pobres, la tremenda carga tributaria y el gasto de los placeres cortesanos ante una sociedad ya muy lesionada por las profundas desigualdades sociales. En la Cirenaica y también en la actualidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

                     

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