TUYO ES EL REINO, EL PODER Y LA GLORIA

Elena Conde Guerri
Los reinos son aprehensibles sobre todo si son territoriales. Los otros dos conceptos no lo son, aunque generalmente se generan y se apoyan en el primero. Los tres han formado a lo largo de la historia como una criatura única y tricéfala a la que todos adoraban hasta la idolatría y por ella traicionaban, exterminaban y hasta pisoteaban sus principios con la cínica justificación de la legalidad implícita a la acción del vencedor. La antigua Roma fue la gran maestra en crear e imponer esto. El imperium o poder omnímodo de índole militar que, en su momento, llegó a monopolizar el emperador se hermanaba con la potestas o poder que le garantizaba la capacidad para legislar y supervisar o retocar las ya vigentes. La gloria estaba garantizada, esa pervivencia que ellos apetecían inmortal y no efímera, y que icónicamente brillaba en la corona de hojas de laurel de oro, el cetro y el manto de púrpura.
Para alcanzar tal gloria nunca dudaron en actuar con voracidad en todo tipo de campañas de expansión territorial o de manejos propios de la política interna. Las fuentes historiográficas son generosas en descripciones minuciosas de las que sólo mencionaré algunas. En las guerras del siglo III del Imperio, las cabezas cercenadas de emperadores y candidatos eran enviadas en cestillos de aquí para allá como el mejor regalo didáctico para los disidentes. O bien, una vez asesinados, sus cuerpos mutilados eran arrojados a las cloacas. En los asedios de las ciudades, los legionarios tenían la orden de entrar a saco sin piedad, depredando y matando incluso a población anciana. Ante la hipótesis de una victoria dudosa, hasta niños muy pequeños fueron sacrificados previamente y diseccionados para escrutar la voluntad de Marte y otros dioses a través de su corazón. Los asediados, en su caso, tampoco eran mancos y cuando el cerco se sufría insoportable, sabían utilizar perversos ingenios sumados a las armas. Sólo un ejemplo, descrito por el historiador Herodiano. En una ciudad amurallada de la alta Siria, no lejos de la actual Turquía, los habitantes lanzaron contra los romanos insectos de aguijón venenoso encerrados en recipientes de cerámica. Al romperse y caer sobre las cabezas, les picaban sobre todo en los ojos y el veneno unido al efecto del calor húmedo y sofocante, les atormentaba con síntomas insufribles hasta la posterior letalidad. Crueldad sin límites en unos y en otros que, como muchos ya habrán intuido, sigue presente en nuestros días sobre todo en dos frentes armados donde el poder, la venganza y el belicismo siguen arrasando sin piedad dilatoria, que ójala llegue.
Qué paradójica y extraña, y hasta ridícula para los que prefieren seguir ciegos y sordos ante el grito desgarrador de PAZ, la imagen que el Señor nos propone sobre la realeza. Jesús, como hombre de su tiempo y con una inteligencia de finísima perspicacia a mi modo de ver, no era ignorante de la situación política de su época. Herodes, Rey, y Pilato, Procurador, dominaban su entorno. Cada uno, según su mentalidad y formación heredada, sin limitaciones. Con razón, el Señor advirtió a sus discípulos sobre la opresión ligada al poder de los poderosos del mundo y de quienes son tenidos como jefes de las naciones, que dominan como señores absolutos. (Mc 10, 43. Mt 20, 26. Lc 22, 26). El concepto dominium implica una fuerte semántica porque sólo Dios es el Señor absoluto de todo, como expresa, por ejemplo, el Salmo 18. Esta prevención y rechazo de los poderes temporales flota en el mensaje de los Sinópticos de los que he elegido unos versículos al respecto, aceptando el riesgo. Cuando el Ángel anuncia a María que va a ser madre le dice: “Darás a luz un hijo que será grande, Hijo del Altísimo, reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin”. ( Lc 1, 33). Pero no habla ni vaticina sobre ningún reino concreto geopolítico y temporal. Tras el Nacimiento, que gozosamente conmemoraremos muy pronto, los coros angélicos no anuncian a los pastores un Rey sino un Salvador (Lc 2, 8-12) y no puede haber alegría más grande. Algunos de los que conocían y seguían a Jesús, tampoco le identificaron como rey. Ni Juan el Bautista, que lo presentaba a sus discípulos como “el Cordero” y “el que bautizará con Espíritu Santo”. (Mc 1, 7-8), ni Pedro, quien en la barca le proclama como “Hijo de Dios vivo” (Mc 8, 30. Mt 16, 17) trascendiendo así todo el devenir temporal. El foco alumbra, así pues, a un Reino de paz, amor y justicia universal que absorbe todos los poderes de este mundo para abrazar en la esperanza de salvación a todos, a todos los hombres de esta tierra prioritariamente a los más arrastrados. Jesucristo, que enérgicamente había rechazado el poder de los reinos temporales en la segunda tentación del desierto (Mt 4, 8 ) instaurará un Reino que, de modo enigmático, presentó a la compresión pragmática de Pilato: él era Rey , “si tú lo dices”, pero su Reino no era de este mundo. (Jn 18, 33-38).
Termina el año litúrgico y la figura de Cristo como Rey del Universo articula perfectamente con los acontecimientos Natalicios que vendrán. Es el Rey paradójico para los miopes, descreídos y soberbios, porque abrirá las puertas de su Reino universal de Paz y Gloria perpetuas a los que han empatizado y ayudado a los andrajosos, a los hambrientos, a los apestados, a los malolientes y vagabundos, hasta a los malhechores y presuntos delincuentes. Tremendo, escandaloso para la sociedad de aquel siglo en que tal consigna se pronunció a modo de parábola, y más escandaloso ahora para nosotros, si cabe. Porque no se trata de una mera filantropía ocasional o incentivadora de nuestro ego. No una limosna pasajera que acalle nuestras mezquindades, sino un reconocimiento rotundo y humilde de que sólo viendo en este prójimo invisible y despreciado al propio Jesucristo podremos gozar cuando Él lo disponga de su Reino. No olvidemos que Pilato permitió escribir en la cartela de la cruz que aquel condenado era “Rey de los Judíos” pero que este rey nunca llevó una corona de oro sino una de espinas. Los andrajosos, los rechazados, los malolientes, los hambrientos, los encarcelados, los analfabetos, hasta los delincuentes si realmente lo fueren. Todos. Curioso y desconcertante elenco que nos asombra y, hay que decirlo, todavía hiere la base de nuestros valores heredados, sus antagonistas y presuntamente garantes de orden y estabilidad. Y todo esto lo dijo Jesús, el Hijo de Dios.