La corrupción no se perdona.
El pecado estructura en la Iglesia y en el mundo.

Bernardo Pérez Andreo
por José Luis Parada Navas
Instituto Teológico Murcia OFM
Universidad Pontificia Antonianum. Roma
El profesor Pérez Andreo, con una ya dilatada experiencia docente y académica, acaba de publicar lo que bien podría denominarse como una summa contra corruptionem. La obra no es amplia en investigación, pero sí profunda en la propuesta de crítica y análisis de la corrupción desde la perspectiva teológica y eclesial. Deja claro que no es un problema ceñido a la Iglesia, sino que se extiende a todas las realidades humanas desde que surgen los imperios hace más de cinco mil años. La corrupción es la pérdida de la rectitud de la acción personal y social; la ruptura de un bien originario. Para que exista corrupción, primero debe haber un bien que se da por asentado y contra el que actúa el corrupto. Por eso se plantea el autor la cuestión de si la corrupción es una realidad antropológica o más bien es, además, una perversión sistémica. Dicho en términos teológicos, si se trata de un pecado personal o de un pecado estructural, o ambas cosas a la vez.
No parece que la corrupción pueda atribuirse a simples prácticas individuales, por mucho que la calidad humana de las personas influya en los episodios de corrupción. Cuando una persona corrompe o se corrompe pueden influir muchos elementos en su decisión, entre los que no son menos importantes un cierto asentimiento social al hecho en sí, la educación recibida o la falta de controles legales o administrativos. En todos estos casos estamos hablando de una estructura que permite, avala, consiente o, hasta instiga, la corrupción. Es evidente que si una persona es íntegra, nada de eso le llevará a cometer la corrupción, pero cuando se ponen todos los medios para que la corrupción sea producida hablamos de un mal sistémico y estructural.
Para llevar a término el propósito del libro, el autor divide la obra en cuatro capítulos. En el primero pretende ver qué piensa la Biblia sobre la corrupción, diferenciando entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Se centra en los textos legislativos del Éxodo y Levítico, que pretenden legislar para evitar la injusticia, para pasar a profetas como Amós, Miqueas o Ezequiel que realizan una crítica a los gobernantes que conculcan el derecho y la justicia como elemento de corrupción, y terminar con la visión serena de Qohelet, quien asume la injusticia del mundo en que vive y constata la corrupción existente.
En el Nuevo Testamento analiza tres casos únicamente. En primer lugar la crítica de Jesús, en línea con los profetas, del culto y la injusticia, especialmente en el Templo. Jesús identifica el Templo como el lugar de máxima corrupción pues se utiliza la casa de Dios para el mercadeo y el lucro, por eso su crítica va directamente contra los ricos y poderosos que no usan de misericordia y justicia. La corrupción está en la perversión del sistema social que no había sido querido así por Dios. En el Reino escatológico se solucionará. Así lo entiende también la Carta de Santiago, que avisa a los ricos de lo que se les viene encima por sus actos de corrupción. Sin embargo, la Carta a los Romanos de Pablo es distinta. Pablo identifica el problema de la corrupción como un problema universal. El Imperio romano es la corrupción institucionalizada. Si el mal, la corrupción como pecado estructural y sistémico ha llegado a todos, la salvación como estructura de gracia, también llega a todos por el evangelio de Jesucristo. La corrupción es una lógica que se impone, por tanto hace falta oponerle otra lógica: a la lógica del lucro, la avaricia y el egoísmo, la lógica de la gracia, de la entrega y la misericordia.
En el segundo capítulo pasa a analizar brevemente la corrupción como problema social en el mundo de hoy, como una realidad que tiene que ver con el modelo neoliberal del capitalismo globalizado. Como en la antigüedad, el problema de la injusticia va unido al problema del culto, de la idolatría. La idolatría de los mercados y del dinero lleva a cometer las injusticias que podemos entender como corrupción. No se trata de un problema individual sino estructural y sistémico. El orden social global está corrompido desde el momento en que construye una realidad que es capaz de ofuscar el bien común en vistas del lucro privado, que es justo la definición de corrupción de Transparencyinternational.
Un tercer capítulo aborda el problema de la corrupción en España como un caso peculiar. En los últimos veinticinco años, España se ha convertido en el mejor alumno del modelo neoliberal globalizado. Tras la corrupción institucional que supone el franquismo, entramos en una etapa que nos lleva a adoptar las políticas internacionales de organización social. Desde los noventa, España se convierte en el lugar por excelencia de la especulación inmobiliaria. La sensación de riqueza lleva a la idolatría del dinero y al surgimiento de las injusticias lacerantes. En los últimos tiempos hemos visto cómo la corrupción no solo ha estructurado la economía y la política del país, sino que también ha sido la propuesta de solución a la crisis: salvar a los culpables y castigar a las víctimas ha sido el modelo de salida de la crisis, un claro ejemplo de lo que Miqueas criticaba en Israel hace veintiocho siglos.
El último capítulo está reservado a la corrupción en la Iglesia y a la Iglesia contra la corrupción. Se analiza la causa de la corrupción en la Iglesia como mundanidad espiritual que genera los peligros del gnosticismo y el neopelagianismo que identificó Francisco en EvangeliiGaudium. Estos peligros llevaron a la Iglesia al clericalismo, que es la corrupción de la estructura eclesial. El clericalismo es la adopción del modelo mundano, nacido de la realidad del Imperio romano, que se ofrece como la mediación entre Dios y la humanidad, pervirtiendo así la propuesta de Jesús de que es la comunidad y los ministerios, servicios, los que pueden vehicular esta relación. Como dice el propio Papa Francisco, la corrupción no puede ser perdonada, hace falta una conversión previa del corrupto, sea persona o institución, para que se reconozca como pecador y pueda acceder al perdón. Lo primero es la conversión, de ahí que su trabajo en la Iglesia sea la conversión de la Iglesia para que abandone la corrupción.
Estamos ante una obra que merece ser leída con atención, no solo porque trate un problema de actualidad, sino porque afecta a lo que entendemos como lo humano en su raíz antropológica y social. El resultado de esta investigación puede ayudar a no caer en los mismos errores que la Iglesia y el mundo han cometido en el pasado.
PPC, Madrid 2017, 158 pp., 12 x 19 cm.