XXVI DOMINGO (B)

Del Evangelio según San Marcos 9,38-42.44.46-47
En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Y el que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la gehenna. Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la gehena».

1.- Jesús acepta que el bien pueda venir de más allá de Israel y, por consiguiente, de más allá de la Iglesia que nace de su Ministerio, Resurrección y Pentecostés. La clave está en su experiencia de Dios: « Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. […] Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; […] dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6,27-36). Es el Padre del que tiene experiencia Jesús. Por eso corrige a Juan: el bien puede estar en cualquier corazón e institución del mundo, porque el mundo le pertenece al Señor, nace de Él, vive de Él y terminará en Él. La bondad no es una experiencia exclusiva del cristiano, pero él debe saber leerla, por su fe en Dios, allá donde se dé en la historia humana o en cualquier rincón de la tierra. Es lo que impide que la historia sea ambigua; es decir, que el mal y el bien valgan lo mismo.

2.- A lo largo de los siglos se ha leído mal en la historia cristiana el dicho de los Padres que «fuera de la Iglesia no hay salvación» (Cipriano, Fulgencio de Ruspe, Bonifacio VIII, Concilio de Florencia). Y no es así, como se evidencia en el Evangelio. Dios es Padre de todos y su filiación está en la raíz de todo ser humano y en toda la creación. La Iglesia no puede excluir a nadie que consciente o inconscientemente busque el bien de los demás y defienda la dignidad humana. Y esto conlleva una actitud en la Jerarquía y en los fieles, tan amplia como son los ojos del Señor, capaces de abarcar a todo el mundo. Y el Colegio Apostólico, a la vez, debe ordenar internamente a los cristianos desde el amor y el servicio, porque el dominio y el poder en ellos es fuente de escándalo para los pequeños de la grey.

3.- Cada uno de nosotros, los cristianos, debemos plantearnos qué hechos, palabras y actitudes de nuestra vida pueden ser motivo de escándalo para los pequeños, para los débiles en la fe, a la gente que no cree, pero nos observa con esperanza. Los Medios de Comunicación nos informan cada día de los escándalos de los personajes públicos o de gente demente o soberbia que vive despreciando y sometiendo a los demás. Muchas veces pensamos y estamos convencidos de que el mal viene de «los otros». Y es verdad, pero tan verdad como eso también lo es que nosotros contribuimos a que la bola del mal engorde con nuestros egoísmos y falta de sensibilidad ante los débiles y pequeños. Debemos pensar que el Señor nos preguntará al término de los días cuánto y cómo hemos amado, y no de los hechos y dichos de nuestros vecinos y personajes públicos.

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