PENSADORES FRANCISCANOS

GONZALO DE ESPAÑA

  1. Vida

El estudio de los Franciscanos de París reunía en los primeros tiempos de la Orden estudiosos de toda Europa, además de marcar la línea de pensamiento que objetivaba la vida de San Francisco. No siempre se acertó con ello. Todos sabemos que la corriente de los espirituales tenía a bien decir que París mataba a Asís, en el sentido que la inteligencia, cuando no está al servicio del amor, sino del poder, o como muestra de superioridad, no cumplía con la Regla de San Francisco. Por otra parte, como ocurre en muchos casos, la propia dinámica de los estudios, con sus exigencias, lleva consigo una serie de gastos y de posesión de bienes, que no respondía a la pobreza radical, tanto personal como institucional, proveniente de la Regla Franciscana. Sin embargo, la atracción incontenible del carisma del Poverello aunaba cantidad de aspirantes, que necesitaban de una formación, para no vagar por el mundo diciendo sandeces o practicando funda-mentalismos no acordes con el Evangelio y la Iglesia, además de saber traducir el Evangelio, con la doctrina y la vida, a las exigencias de los pueblos.

Una bella muestra del equilibrio de ánimo y compromiso doctrinal y exis tencial franciscano lo tenemos en el gallego Gonzalo de Balboa, o Hispano, o de España, nacido hacia 1255. Pronto fue destinado a París para cursar sus estudios, quedando más tarde allí como profesor y Maestro Regente del núcleo intelectual más importante de la Orden. Tuvo como alumno a Juan Duns Escoto. Y fue, además, el que le destinó a Colonia, cuando el Maestro escocés defendió al Papa Bonifacio VIII contra el rey Felipe IV, que le expulsó de Francia. Fue elegido Provincial de Castilla y General de la Orden en 1304, pero nunca abandonó su vida universitaria, sobre todo por el peligro que veía en las invectivas de los espirituales sobre el Estudio de París, y el subsiguiente desorden en el que podía entrar una Orden, ya en este tiempo, demasiado numerosa y responsable de bastantes tareas eclesiales.

  1. Doctrina

Gonzalo de España no se separa de la línea doctrinal de la Orden iniciada por Alejandro de Hales y San Buenaventura. Pero en los inIcios del s. XIV ya había prendido en la Universidad de París el aristotelismo y la doctrina de Santo Tomás. Esta doctrina se presentaba como la gran alternativa a la tradición agustiniana y franciscana, siendo la auténtica novedad en la Universidad de París. Por esto, Gonzalo, desde su sede seráfica, defendió con denuedo, aunque sonase a tradicional, la tesis clásicas sobre Dios, el hombre y el mundo, que por más de medio siglo se venían enseñando] entre los franciscanos parisinos.

E1 hombre posee lo voluntad como sede de la libertad. Hay que restituir al pobre lo libertad y dignidad que los demás le han quitado. Así concebía al hombre como imagen y seme janza de Dios, en cuya afirmación escriturística se deducía la ausencia de la autonomía de la inteligencia, que para comprender las verdades creyentes necesitaba de la iluminación divina. Además la certeza del conocimiento no podía provenir solo de la experimentación, o del proceso del conocimiento que nace de la realidad sensible. Y más importan te que esto, es la concepción que ya vimos en Pedro Juan Olivi: que el hombre posee la voluntad como sede de la libertad, a cuyo servicio también debe estar la inteligencia, que nunca podrá sustituir o reducir al ser. O que dicho entendimiento pudiera determinar las acciones humanas desde el dominio de la voluntad, como defendían Godofredo de Fontaines, o el Maestro Eckhart. Antes al contrario, es la voluntad la que rige los actos humanos, la que dona la autodeterminación del hombre, posibilitándose ser dueño de su destino e historia, excluyendo todo determinismo, bien espiritualista o materialista.

Más tarde, su alumno Duns Escoto dará a estas intuiciones y razones franciscanas una fundamentación metafísica, que quedarán como la enseñanza franciscana dentro de la vida cristiana y humana. Sobre todo, porque dicha libertad o autodeterminación será concebida como amor. De manera que, en la medida que el hombre ame, será libre, y la libertad restará la expresión máxima del amor y de su dignidad personal. Como dice la Escritura el amor es la identidad de Dios (cf 1Jn 4,8.16)—, quien se concede al hombre  la fe, a través de una relación personal. De ahí que la Encamación  sea la máxima posibilidad que tenemos los humanos de comprender dicho amor de Dios, invisible, por la visibilidad que entraña la historia de Jesús, en cuyo seguimiento e imitación vamos conquistando la libertad, en la medida que nos entregamos a Él y nos ofrecemos al prójimo.

Este prójimo es un ser concreto: el pobre, el marginado, al que hay que entregarse con todas nuestras fuerzas para restituirle la libertad y dignidad que los demás hombres le han quitado, o la misma vida no le ha ofrecido la oportunidad de desarrollar. La caridad, pues, cristiana tiene su “lugar” en los más desfavorecidos.

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