XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Oración sobre las ofrendas
Mira, Señor, los dones que ofrecemos a tu majestad, para que redunde en tu mayor gloria cuanto se cumple con nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

P. Ruiz Verdú OFM

Centrémonos en lo que hace el celebrante después de las peticiones universales: presenta pan y vino, bendiciendo al Señor por estos dones que nos da. Y nosotros se los ofrecemos reconociendo en ellos su grandeza y su majestad. Y le pedimos que los mire, que los aprecie, que les dé valor, a fin de que le sean agradables y los acepte. ¿Qué deseamos que se realice por este ministerio para gloria de Dios? Que los que estamos presentes en la celebración nos ofrezcamos a Dios como hostia viva y santa. Cuando Cristo Jesús está presente en el altar es el momento propicio de ofrecer nuestra vida, junto con la de Jesús, a Dios Padre. En el pan y el vino hemos ofrecido lo material nuestro; ahora le ofrecemos lo que de más valor tenemos: nuestra vida, nosotros. Y unimos nuestro ofrecimiento al de Jesús: “Acéptanos, Padre, no por nuestros méritos, sino conforme a tu bondad” (Plegaria eucarística Iª).
Cristo nos ama y se entrega por nosotros
como oblación y víctima de suave olor (Efesios 5,2)
Somos salvados por la fe que actúa por la caridad (cf Gál 5,6).

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