Los niños en el ministerio de Jesús de Nazaret.

                                                           Juan José Bartolomé

 

Jesús comienza su predicación del Reino entorno al lago de Galilea, y seguido por mucha de gente. Entre ella, hay niños a los que Jesús atiende de una manera especial, además de invocar su condición de ser para enseñar las características esenciales del Reino. Cuando se dice «niños» —país— en los textos se refieren a un «muchacho pequeño», más que a un «joven» —neanískos—, como se relata en el joven que no le sigue por ser rico, el hijo de la viuda de Naín, etc (cf Mt 19,20.22; Lc 7,14) (nota 2, 7). Como ha ocurrido en la cultura mediterránea hasta hace poco, ser adulto no es una cuestión de edad exclusivamente, sino de tener un trabajo, formalizar una familia y vivir desde las propias posibilidades.

El texto tiene dos partes. En la primera, se exponen los textos en los que Jesús hace milagros en favor de los niños y adolescentes. En la segunda, Jesús inserta el sentido de la infancia para explicar el significado del Reino. Cada perícopa se compone de una primera sección, muy rica, en la que se cita el párrafo evangélico a analizar; se dice su contexto, sentido, aplicaciones, personajes, correlaciones con otros párrafos de los Evangelios, análisis literario, etc. En la segunda sección desarrolla la enseñanza que se deduce del milagro para la vida actual cristiana. No es una exégesis evangélica que se ciñe al descubrimiento de la riqueza o torpeza del relato y el mensaje querido por el redactor, sino trasladar su enseñanza al sentido de vida actual.

La primera parte arranca con los milagros de la reanimación de la hija de Jairo y la curación de la hemorroisa (cf Mc 5,21-43). El redactor trata de acentuar el poder de Jesús sobre la muerte y su compasión con las personas que sufren (22). El Reino quita el miedo a la muerte —es un sueño— y a la exclusión social que entraña la enfermedad. Los dos relatos los une la fe: de Jairo y la hemorroísa, teniendo su hija doce años y la enferma otros doce años de aislamiento. En fin, la enfermedad, el mal conduce a Jesús, como sanador, como salvador. Los autosuficientes ni se ven pecadores ni enfermos, y no necesitan de él, aunque Jesús responde según su tiempo y no según nuestras prisas e inquietudes. Lo importante es que escucha, dialoga y contesta. Por nuestra parte, es necesario que reconozcamos el mal. Jesús cura, devuelve la vida y la salud, y con ellas la  estructura más importante de la persona: la familia.

Con este enfoque tan completo en los doctrinal, en la práctica y en la espiritualidad cristiana, se exponen los textos del Hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11-17); la hija de la mujer siriofenicia (cf Mc 7,24-30); el muchacho con un espíritu inmundo (cf Mc 9,14-29) y el hijo del centurión (cf Mt 8,5-13).

La segunda parte trata de varios relatos en los que el sentido de la infancia aporta elementos valiosos para explicar el Reino. Jesús compara a su generación que no comprende la misión de Juan (aislamiento y penitencia) y la suya propia (convivencia con los marginados) a la de los niños que están en la plaza divirtiéndose o peleando; alegrándose como hacen los invitados a una boda o llorando como actúan las plañideras en los funerales (cf Mt 11,16-19). La inconstancia y versatilidad de los niños no debe ser la actitud de seguimiento a Juan y Jesús, enviados por Dios para salvar a las ovejas descarriadas de Israel (cf Mt 10,6; 15,24). Y ello muestra cuál debe ser la misión entre los jóvenes: que no es seguir sus informalidades y variaciones de sentido, sino aprender que el Señor quiere enseñarnos algo con dichas conductas, como los niños en la plaza; y la conclusión: que la misión no se funda en el éxito y compensación del éxito; la misión también entraña el fracaso, como le sucede al mismo Jesús.

Los niños son modelo y camino para entrar en el Reino (cf Mc 9,33-37). No es el poder que desean los discípulos que siguen a Jesús y los puestos privilegiados en un hipotético reino que se impone y domina a todas las naciones. Lo importante es acoger a Jesús como se acoge a un niño; Jesús, sentado en la plaza y a la altura de la estatura del niño, se introduce en su condición de debilidad que entraña su edad. Y sentencia: recibir a un niño —débil y necesitado de protección, educación y atenciones—es admitirle a él y a su Padre; es darle hospitalidad a Dios (149). Parece mentira que los que Jesús elige para acompañarle en el camino de la revelación del Reino discutan sobre el poder y los puestos sociales más preeminentes. Hay que aprender a ser discípulo de Jesús: recibirle y cobijar a su Padre como lo hacen los niños en sus relaciones con la familia; quien se preocupe de los pequeños, de los que no cuentan, se están dedicando al Señor.

Las siguientes páginas contienen el análisis de los textos de Marcos (10,13-16): medida de acogida del Reino; y no es que el Reino sea cosa de niños, antes al contrario, se necesita mucha fortaleza creyente y humana para ello, sino que, para integrarse en él, hay que vivir como se experimenta la primera etapa de la vida humana.  A continuación viene el texto tan importante de Mateo (11,25-30) y Lucas (10,21-22): «Te doy gracias  Señor porque has escondido estas cosas a los sabios……», para hacerse reconocer en los humildes, ignorantes y sencillos, en definitiva, en los menores de la sociedad; o también los niños son  acertados confesores de la dignidad mesiánica (cf Mt 21,14-16). En definitiva, como escribe el Autor: el niño es un modelo para Jesús y «por su inmadurez personal y su insignificancia social lo convierte en prototipo del discípulo» (222). Una obra bien redactada y fundada exegéticamente, con sugerencias pastorales muy importantes para la misión de la Iglesia actual.

 

Editorial CCS, Madrid 2018, 232 pp., 19,2 x 12,5 cm.      

 

 

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