Los Maestros Franciscanos de París. Siglo XIII

Los maestros franciscanos de la segunda mitad del siglo XIII mantienen las orientaciones básicas del pensamiento de los Padres y de los Maestros que han determinado los Estudios de París y Oxford, siguiendo en el aspecto científico a Roberto Groseteste y en el aspecto teológico a Buenaventura. Esto les conduce a negar la autonomía de la filosofía y el uso pleno del aristotelismo en el pensamiento teológico y, siguiendo a Agustín, a desarrollar la dimensión religiosa del hombre desde su aspecto criatural como creyente. Pero todo esto lo llevan a cabo con la libertad que caracteriza a los Menores para asumir o superar las tradiciones teológicas según las propuestas habidas en este tiempo y que hemos resaltado más arriba.

Como discípulos de San Buenaventura, tenemos a Gilberto de Tournai (†1284), que acentúa la unión del alma con Dios según las cuatro etapas clásicas de la literatura mística: lectura, meditación, oración y contemplación. El proceso de unión con Dios se determina por la experiencia afectiva que interioriza una dinámica divina eminentemente cristológica. A Dios se accede por Jesucristo, que es «el Verbo hecho carne» (Jn 1,14) y cuya muerte en cruz es la fuente de la auténtica sabiduría cristiana. Eustaquio de Arras (†1291) sigue a Buenaventura y defiende que el hombre sólo puede acceder a la verdad increada por medio de las similitudines expressae de la verdad divina. Estas semejanzas son unas reglas eternas por las que el entendimiento juzga las cosas, y provienen de las irradiaciones de la luz eterna. Sin embargo, Gualtero de Brujas (†1307) incorpora más el aristotelismo en la teoría del conocimiento con la abstracción, pero utiliza, a la vez, la teoría de la iluminación para el conocimiento de las realidades espirituales. Mantiene la concepción de la teología especulativa y práctica, siguiendo a Buenaventura, y la teoría de la dependencia como condición previa para el desarrollo científico de la teología. No obstante encuadrar la teología dentro de la concepción sapiencial, incorpora la visión aristotélica de la ciencia y orilla la dimensión práctica que entraña según la visión franciscana.

Al margen de las disputas acerca de la perfección evangélica, o la preeminencia de los consejos evangélicos sobre los preceptos eclesiásticos, o del seguimiento y testimonio de Cristo sobre la predicación, Juan Peckam (†1292) prosigue la orientación franciscana de esta época, en la que el conocimiento debe someterse al amor y la inteligencia a la voluntad. Ésta mantiene la primacía en la comprensión del hombre. La filosofía está al servicio de la teología y hay que ladear la autonomía radical de las ciencias naturales a fin de evitar un naturalismo que reduce y parcializa la realidad. Es cierto que la teología ampara un proceso especulativo autosuficiente, pero conduce a un desvelamiento de la realidad en la que el hombre es imagen de Dios y tiende a Él por la compenetración que se da a partir del principio del Pseudo Dionisio del «bonum diffusivum sui», que se aplica a las relaciones inmanentes de la Trinidad y a las relaciones ad extra. La teología no se valora por el rigor de su método, sino por su labor para conseguir el bien y disfrutarlo. Hay, pues, en la teología una dependencia entre la forma de conocer, los objetivos y los efectos en el sujeto, que se traducen en la elevación del conocimiento. Es la sabiduría, que incluye el amor por la iluminación de la inteligencia y la inflamación del afecto. Guillermo de la Mare (†1289), sin embargo, subraya la orientación exclusiva de la teología hacia la moral, entendida como ley de Dios, al que tiene como autor, y está expresada en la Escritura. Lo importante es saber lo que hay que hacer para alcanzar la felicidad eterna.

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