EL  LAICADO DORMIDO

 

 Elena Conde Guerri
Universidad de Murcia

La palabra laicado procede del griego laikós, de la misma raíz que laós, el pueblo, e indicaba al pueblo o a  la muchedumbre por antonomasia. En su adaptación a una nueva semántica propia del cristianismo y del desarrollo institucional de la Iglesia,  designaba y designa  “al pueblo de Dios cuyos miembros son extrínsecos al estado eclesiástico”, es decir que no son ni presbíteros dentro del clero secular o del perteneciente a las Órdenes religiosas ni son miembros de los Institutos para la Vida Consagrada. Haciendo una estadística rápida, la gran mayoría de los que integramos la Iglesia católica universal, somos laicos. Y tenemos una responsabilidad pues el don y la hermosura de la filiación debe impulsarnos a la acción en justa correspondencia.

En los últimos años, a nadie medianamente instruido e interesado se le escapa la progresiva disminución de las vocaciones sacerdotales. Esencialmente, en la vieja Europa. El diagnóstico, que me parece certero y evidente, responde a varias causas que han germinado entre las complejas estructuras temporales de un mundo contemporáneo, cambiante casi hasta rozar el vértigo, y presuntamente instalado en la provisionalidad. Tales factores van siendo analizados en profundidad en diversos documentos pontificios y se han replanteado en el  recién clausurado Sínodo de los Obispos sobre la Juventud y el Discernimiento para la vocación al sacerdocio. Me gustaría, no obstante, detenerme en un punto vinculado estrechamente al ministerio sacerdotal para iluminar el doloroso vacío que la creciente carencia de sacerdotes podría arrastrar. El Papa San Juan Pablo II,  en su Encíclica  Ecclesia de Eucharistia, expuso su magisterio en torno a la afirmación nuclear de que “la Iglesia vive de la Eucaristía”.Si el Sacrificio eucarístico es “fuente y cima de toda la vida cristiana” (Const.dogm. Lumen gentium, 11), si “de por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la comunión” (EE, 16), resulta obvia la vinculación esencial entre dicho Sacramento y la celebración de la Santa Misa con el Orden Sacerdotal. Dicho de otro modo, sin sacerdotes no puede haber una celebración de la Eucaristía plena, in persona Christi.  Ya en 2003, así pues, y recogiendo todo el magisterio precedente al respecto emanado del Vaticano II, se alertaba de la tristeza  que se instalaba en las comunidades de bautizados configurados en una parroquia pero, eventualmente, carente de presbíteros.

Parece claro que toda  la doctrina de la Iglesia, con perspicacia providente, ha ido lanzando balizas para reorientar a los laicos  ante metas ilusionantes que ya había sugerido el mencionado Concilio en el Decreto ApostolicamActuositatem.  No nos engañemos. Los tiempos son difíciles  pero sacerdotes siempre habrá, pues la Palabra de Jesucristo supera todo cálculo humano. No obstante, no podemos pronosticar a ciencia cierta a qué ritmo. Por otra parte, es tan impresionante la esencia del carisma que el actual Pontífice, Francisco, lo ha querido destacar y diseccionar de modo riguroso en su El don de la vocación presbiteral,  publicado en la festividad de la Inmaculada del año 2016. Insiste reiteradamente en el discernimiento que todo aquél que se siente llamado, está obligado a practicar. No en vano, ya los Padres de la Iglesia elaboraron la terapia del hombre de fe llamado al servicio apostólico, convencidos de la profunda necesidad de maduración que hay en cada hombre. (cit., 93). Importa mucho más el convencimiento, la donación plena y la calidad que la cantidad. A mi entender, el mismo lema puede aplicarse a nosotros, los laicos. Desde nuestra condición de bautizados y el ámbito propio de cada cual en  la  Iglesia universal, urge una dinamización de nuestro compromiso conforme a los nuevos escenarios desconcertantes de las sociedades coetáneas,  en cuyo discurrir  histórico-temporal prefiero rehuir el adjetivo postmoderno.

Tal proyecto exige dos premisas básicas: la instrucción en la fe, que implica el conocimiento personalmente digerido de la persona de Jesucristo y de su Iglesia, y la coherencia entre esta fe y la vida práctica. No puede haber disociación, a la que se ha tendido en núcleos de nuestro  pasado reciente etiquetados como tradicionales. No puede rezarse el Padrenuestro y negar el perdón a quienes nos han dañado conscientemente. No puede invocarse en plural, como decía San Cipriano de Cartago, a nuestro Padre y dejar al hermano en la indigencia mientras el resto banqueteamos y holgamos a la ligera. A los laicos se nos ha concedido un paisaje social casi ilimitado que, en parte, no concierne a los presbíteros. Desde el núcleo familiar y sus quehaceres domésticos y formativos, hasta los campos laborales más variados pasando por las actividades lúdicas donde también la clave evangélica puede estar presente. El laico puede llegar, incluso, lleno de la solidaridad cristiana, hasta células polisemánticas en sus creencias y costumbres,  propias de este mundo globalizado, donde probablemente haya más sed de Cristo que la imaginable. Todo el laicado, “los que estamos en el siglo”, tan de a pie y en ocasiones invisible, puede y debe evangelizar. Pero esto jamás será posible sin la formación debida.No somos sacerdotes pero podemos ayudarles y suplirles en misiones específicas y, desde la educación en familia, podemos propiciar que la ansiada semilla rebrote.Habría, entonces, más Eucaristías. Da la sensación que los laicos o están dormidos o son durmientes. No es idéntico pero en ambos casos embota el sopor del sueño. Si no somos capaces de despertarnos, alguien o algo suplantará la Verdad de la esencia. Ya está ocurriendo. Se aproxima la Navidad. Las nuevas consignas de la icónica, han implantado poco a poco las prótesis de unas fiestas  completamente desacralizadas en un cuerpo todavía tradicional, sea por biología y tradición. Es un buen momento para que los laicos, aquí y allá, recuerden no tanto el acontecimiento histórico que fue sino a su protagonista, a Quién se conmemora.

 

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