Escuela de Oxford

Rogerio Marston (†1303) no se desvía del camino que recorren los Menores de Oxford. Cita a los Maestros franciscanos para defender el pensamiento agustiniano avalado por Buenaventura y Juan Peckam, pensamiento que es el punto más firme en el que se puede apoyar para combatir la filosofía pagana. Las relaciones del hombre con Dios se concretan según los grados ontológicos que recorre el sujeto a través de su vida. De esta suerte en la historia aprehende a Dios por medio de las especies inteligibles que Él mismo imprime al sujeto. Por el contrario, contemplará a Dios en el cielo más como Luz que ilumina a la inteligencia. En todo caso, nunca como contenido y dominio de su inteligencia. Con esto el hombre pende y depende de Dios en el plano ontológico, y esto en el plano existencial implica vivir bajo su atenta y permanente mirada y acción amorosa, ya que Dios es el único guía seguro para alcanzar la plenitud personal. En este sentido, hace hincapié el Maestro de Oxford en la importancia de la voluntad y la libertad como fuerzas fundamentales del desarrollo sobrenatural del creyente a fin de que el amor mantenga la primacía en la existencia. Por eso la teología entraña un aspecto afectivo, propio de la sabiduría cristiana. Este amor de la criatura hacia Dios puede alcanzar su grado máximo cuando es gratuito y libre. Entonces se llama caridad, ya que tiene a Dios como objeto primario. Él es un bien en sí mismo, afirma Nicolás de Ockham (†1320) siguiendo la corriente de Agustín y de los Victorinos, y no necesita de contraprestaciones para motivar dicha relación de amor. Es más: si la caridad comporta una triple relación de amor: hacia sí mismo, hacia el propio cuerpo y hacia el prójimo, dichas relaciones caen bajo el amor de Dios. De lo contrario, todo amor humano siempre se busca a sí mismo(.

El amor de caridad alcanza su plenitud cuando la existencia termina en la felicidad eterna, en la que puede disfrutar del Sumo Bien. A esto se orienta la teología, cuya andadura sapiencial, que implica todas las fuerzas intelectivas, acaba en la experiencia del amor de Dios, según Ricardo de Mediavilla (†entre 1302-1308). Es la finalidad práctica de la teología, que supera toda la índole especulativa que lleva consigo, si bien no existe contradicción entra ambas finalidades. Esta dimensión práctica de la ciencia teológica actúa en la voluntad, pues ella es la raíz de toda actuación externa. Y se comprende cuando es Dios mismo y su verdad, la Revelación, los que establecen la posibilidad de su relación con la teología y suscitan, a la vez, el amor en el hombre por medio de los bienes que percibe en su corazón a lo largo de su existencia histórica. Esto no significa que se niegue o minusvalore la teología como ciencia especulativa, pero la teología práctica, por su naturaleza y fin, es superior. Tal grado de superioridad lo ofrece la luz de la Revelación, que hace que lo percibido bajo el oscuro velo de los conceptos se convierta en radiante claridad. El camino para ello lo trazan las etapas de la Revelación: Antiguo Testamento, Nuevo Testamento y el Símbolo Apostólico. Esta comparación no corresponde exactamente a la comprensión de la teología especulativa como ciencia subalterna, ya que los axiomas y postulados no implican de por sí unas demostraciones que conduzcan a la certeza de la fe. Son los propios símbolos los que entrañan el conocimiento y la consiguiente evidencia de la fe cristiana.

Guillermo de Ware (†después de 1305) distingue una teología como ciencia de Dios, en la que Él es el sujeto, objeto y fin, de cuyo conocimiento Él hace partícipes a los ángeles y bienaventurados, y otra teología pensada y escrita por los hombres en la historia según los principios de la ciencia. Esta teología no puede ser perfecta, debido a los límites propios de la contingencia humana, pues el entendimiento no toca directamente los contenidos evidentes de los artículos del Credo, ni siquiera con los principios con los que se elabora toda ciencia. Tales artículos pertenecen a la teología divina y se ofrecen como mediación a una acción intelectiva ciertamente parcial y defectuosa. Por eso la metafísica y la teología natural no alcanzan por sí mismas a Dios, como si fuera una realidad creada a la que se pudiera acceder por los conceptos universales o positivos de la inteligencia humana. Dios se da a los hombres, y la ciencia que confeccionan los teólogos parte de un supuesto que es una verdad evidente en la medida en que poseen la influencia de la luz sobrenatural mediante la cual tratan como objeto a Dios, e incluso a todos los demás seres en cuanto mantienen una relación con Él. De ahí que la criatura necesite una disposición especial dada por Dios o una potencia obediencial para recibir o adquirir tal luz sobrenatural para conocer a Dios. Él no es un objeto creado como resultado de la creación y sobre el que se pueda investigar desde las fuerzas estrictamente racionales. La teología es una ciencia especial, porque su objeto es especial, orientado al bien y al fin del hombre. Por consiguiente, la teología propiamente es una ciencia contemplativa; el bien al que se encamina sólo se puede adquirir por la voluntad, su objeto natural.

 


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