La paciencia

El sorprendente fermento del cristianismo

en el Imperio romano.

Alan Kreider

El texto responde a la pregunta ¿por qué el cristianismo se desarrolla en el Imperio romano, sustituyendo a la religión oficial?  Numerosos estudios han señalado causas muy diferentes: capacidad de objetivar la fe y dialogarla con otras creencias;  celo y entrega en la defensa de la fe; creencia en el más allá; organización, fenómenos paranormales y milagrosos; ética acorde con el contenido de la fe; o también por la gran capacidad de convencimiento o fuerza social coactiva ayudada por el poder del Estado.

El libro parte de la virtud de la  paciencia;  de la conducta; de la catequesis y el culto y el fermento de la fe que supone la presencia de Dios en la historia; comprende el período de los primeros cuatro siglos del cristianismo, tratando los temas indicados de una forma interdisciplinar:  relación con la historia, teología, liturgia, ética, etc., citando a los escritores de este amplio período para probar sus tesis.

El desarrollo del cristianismo es evidente. Aunque no lleva un plan prefijado, es cierto que crece mucho en los tres primeros siglos. No es un crecimiento por igual en todas las regiones donde se expande. Cuando Constantino hace oficial la fe cristiana, ya hay en el Imperio zonas mayoritarias de seguidores de Jesús, y, sobre todo, tienen una seria y poderosa organización: obispos —sucesores de los Apóstoles y protectores de las verdades de la fe—, colegio de presbíteros, diáconos, subdiáconos, exorcistas, lectores y ostiarios. Si bien hay que afirmar que no existe un plan misionero en la gran Iglesia. La comprensión de la paciencia se extrae de  Padres tan distintos como Justino, Clemente de Alejandría, Orígenes, Tertuliano, Cipriano y Lactancio. La paciencia tiene su origen en Dios mismo: Él es paciente a lo largo de la Historia de la salvación y se ha manifestado en la Encarnación de su Hijo. La paciencia se escapa al control humano; no tiene prisa ni es convencional; no es violenta y defiende la libertad; en definitiva, posee la esperanza cristiana.

La conducta de los cristianos en el Imperio es muy significativa. El Imperio acoge toda clase de creencias, no obstante tenga su religión oficial mantenida por el poder. La libertad habida en esta dimensión humana y social favorece la expansión del cristianismo. Aunque la mayoría de los pueblos del Imperio son fieles a sus costumbres familiares, sociales y religiosas, la conducta cristiana poco a poco  se va imponiendo. Sobre todo porque parte de una relación coherente entre fe, dignidad personal, familia y sociedad, vividos y defendidos de forma clara y sin tapujos: se continúa con el monoteísmo judío; el bautismo incardina a una comunidad  que otorga identidad; se cae el muro que separa a los hombres entre esclavos y libres; pueden sentirse miembros de una comunidad universal; y se ofrece una ética que forma una conciencia individual y colectiva.  Todo ello se fundamenta en el poder de la gracia de Dios que es receptiva en el corazón creyente y fermenta en las gentes paganas, no sólo de las clases más pobres, sino de las pertenecientes a las clases acomodadas, cuya influencia es mucho más fuerte en la dimensión doctrinal y creyente si se comprometen con seriedad a la misión cristiana. Con ello, adquieren más valor dentro de la comunidad, aunque se desprestigien en la sociedad pagana. Orígenes nos da esta nueva situación, como otra más preocupante: la cantidad de creyentes que desmerecen de la vida evangélica.

Especial importancia se le da en esta época a las catequesis prebautismales. Las catequesis se centran en la enseñanza de la vida y doctrina de Jesucristo y en la adquisición de una serie de hábitos que configuren la vida del aspirante a «otro Cristo» (cf Gál 2,20). Para ello se le asigna un tutor; se cambian las relaciones familiares y sociales y se le construye en su rededor una vida en la que sea factible la experiencia y realidad de la fe. La Didascalia de los Apóstoles enseña cómo se inicia la catequesis y las primeras muestras de la incipiente vida cristiana, en las que en muchas ocasiones los aspirantes acompañan a los cristianos en las celebraciones del culto, sobre todo en la Eucaristía. La Tradición apostólica indica este iter: 1º Evangelización: hay que encontrar cristianos o un padrino; suele durar años; 2º catecumenado: escucha de la Palabra y formación personal; 3º preparación bautismal: escucha del Evangelio; dura varios meses; 4º bautismo; dura toda la vida. Una vez que se recibe el bautismo se introduce en la comunidad y se le permite participar en la oración común y en la Eucaristía. He aquí una de las claves de la expansión cristiana: catequesis y culto, en un proceso coherente para alcanzar cierta madurez religiosa y humana para ser testigo de la resurrección de Jesús y vivir una vida nueva y percibirse como una persona nueva.

Por último, se expone el papel de Constantino en la expansión del cristianismo, dándole el poder y los instrumentos suficientes para constituirse en el cuarto poder imperial, junto a la  moneda, el ejército y la lengua. Constantino construye iglesias y basílicas, da libertad a la catequesis y al culto y extirpa la herejía —Concilio de Nicea— Es, en lenguaje del Autor, la impaciencia constantiniana al «controlar el cambio y forzar el ritmo» (11) . Naturalmente la Iglesia se ve favorecida frente a las persecuciones paganas y las herejías que la dividen. Constantino aporta el control y la seguridad de la vida de la Iglesia; pone a su servicio el poder del Estado de una forma responsable, y persigue de los grupos disidentes cristianos. Otra cosa es San Agustín en su doctrina sobre la paciencia como elemento estructurante de la fe cristiana. La eleva a un plano metafísico, la fundamenta en la gracia, en la relación de amor de Dios, en la caridad cristiana. Y no entra en la conducta anterior del poder Imperial, pues la paciencia para él forma parte de las actitudes interiores del cristiano, no de la conducta externa. Y, por otro lado, la paciencia entendida como experiencia fe en Dios, no forma parte de la vida amplia de la Iglesia, ya degradada en su tensión escatológica y conducta creyente, sino que forma parte de la fe y ascesis de la vida  de los monjes y de los responsables —clérigos— de las comunidades. Con todo, defiende que los gobernantes deben favorecer el culto cristiano por todas partes, perseguir las religiones paganas y fomentar la unidad y la ortodoxa cristiana (348).

 

Ediciones Sígueme, Salamanca 2017, 382 pp., 15 x 23 cm.

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