LAS ODISEAS DE NAVIDAD TRAS LA LUZ DE LA EPIFANíA

 
Elena Conde Guerri
Universidad de Murcia

 

                         El tiempo litúrgico avanza demasiado a prisa y el Niño cuya Natividad hemos celebrado pocas semanas atrás, es ya un hombre en toda su plenitud. Soy consciente de ello ya que escribo estas líneas en la festividad del Bautismo del Señor. No obstante, la LUZ, con mayúscula, que es la segunda protagonista de todos estos acontecimientos, me impulsa a alumbrar el escenario de estas pasadas Navidades para reflexionar si hemos sido capaces de identificarla o nos hemos aturdido con destellos menores de falsas luciérnagas.

                 Nadie negará lo hermosa que estaba nuestra ciudad adornada para la ocasión y cómo la mayoría de la gente, inmersa en las consignas colectivas, obstruía casi las calles para disfrutar de puntos topográficos muy concretos donde belenes, trineos nórdicos y sobre todo una bola gigante iridiscente y asentada en el suelo, parecía obligar con su gancho cromático a que todo transeúnte la tocase  aun a costa de ser arrastrado por sus congéneres. Chiquillería, padres jóvenes y también abuelitos disfrutaban de lo lindo, con rostros embobados mientras pasteles de carne, copos de algodón  o empanadillas rezumaban entre sus dedos. Y es que la Navidad es esencialmente alegre pues se festeja el nacimiento de un niño y, en cualquier familia, tal hecho es motivo de inmensa alegría. O debería serlo siempre porque la vida es un don de Dios y el nuevo ser lleva implícita la esperanza de hacer un mundo mejor.

                   Pero el conjunto de todo este ambiente placentero, no tiene ni la capacidad ni las artes del ilusionismo para librarnos de nuestras odiseas particulares en Navidad. Me atrevería a decir que es el periodo del año más odiséico para quienes queremos vivirlo en cristiano e intentamos sortear las pequeñas peripecias cotidianas que intentan desviarnos de la travesía correcta, con riesgo de olvidar el punto cardinal de partida. Aparece así en mi horizonte la figura de Ulises, Odiseo en lengua griega, uno de los héroes de la Guerra de Troya, y cuyas turbadoras aventuras en un nóstos o regreso de diez años hasta su Itaca, fue magistralmente  versado por Homero en los veinticuatro cantos de La Odisea. Maravilloso Homero, fuera quien fuere, pues sólo rapsoda o quizá también literato-escritor, posibilitó la difusión de esta epopeya antropológica desde una década aún indefinida del siglo VIII antes de nuestra era. Y es que la esencia humana cambia poco y en esto, los antiguos griegos fueron maestros. Ulises, aunque dotado de astucia y sagacidad, sus cualidades más sobresalientes, también bebió el sufrimiento de las tentaciones que demoraban la vuelta definitiva a su isla y a su reino donde la esposa siempre le esperó y el hijo creció hasta hacerse hombre.  Ansioso por regresar tras la caída de Troya, su nave y su tripulación fueron puestos a prueba en diversos puntos del Mediterráneo por las añagazas de aquellos dioses celosos entre ellos que, así, descargaban sus rivalidades en las marionetas humanas. No es éste el lugar para pormenorizar situaciones. Toda persona interesada puede releer sus  fragmentos preferidos del Poema. Quisiera, no obstante, evocar algunos episodios. Desembarcando en el país de los Lotófagos, presuntamente algún punto de la costa de la actual Libia, para abastecerse de agua potable, parte de la tripulación cayó en la sutil trampa de la ingesta de la flor del loto, que hacía olvidar todas las vivencias previas de la existencia.  Un horizonte placentero, en la inercia y letargo que rehúye cualquier reto, les invadió y Ulises tuvo que esforzarse mucho para no caer y empujó a la mayoría a levar anclas cuanto antes. Había que seguir hasta su hogar, hasta su tierra. Y, luego, tras vencer con la astucia al Cíclope  Polifemo, arribaron a la pequeña isla de Eea, dominada por la sugestiva maga Circe. Con su hechicería, transformó temporalmente en cerdos a un puñado de sus hombres, con la intención manifiesta de retener a Ulises a su lado. Parece que aquí él sí sucumbió a los placeres de la sensualidad femenina, pero no desertó de su misión y no se quedó. Volvió a zarpar con renovada voluntad. Y ni siquiera los melodiosos pero capciosos cantos de las Sirenas, que posteriormente surgieron, lograron que la nave encallase saltando por los aires, pues el héroe se hizo encadenar al mástil para domesticar su voluntad: podía escuchar pero no actuar. Así fue el regreso de Ulises hasta su isla y su familia, sorteando tentaciones y placeres hasta retomar lo esencial. Modelo de hombre de carne proclive a cualquier debilidad pero siempre firme en su propósito, sin deslumbrarse por falsas constelaciones.  Ha sido, por ello, un personaje extraordinariamente fecundo en la literatura posterior, en el arte y en la música e, incluso, mencionado en algunos Padres de la Iglesia como prototipo de firmeza y voluntad.

               En estas Navidades, todos hemos sido un poco odiséicos, seamos valientes en reconocerlo. Nos han acechado sin piedad las tentaciones del consumismo, de las chucherías innecesarias que nos trasforman en rebaños, de la ingesta excesiva (en algunos círculos, cercana a la gula), de las prisas erráticas, de la caridad eventual y sensiblera que poco soluciona, de los saludos y felicitaciones vacuos muchas veces sin conocer en profundidad a quién se saluda, de los cantos de sirenas que van taponando poco a poco nuestra nítida audición hasta que lo superfluo e inverosímil podría convertirse en imprescindible. Y, a todo esto, ¿quién es el Niño cuyo nacimiento se conmemora?. Muchos creyentes se han olvidado de su identidad. Entre los ornamentos de todo el conjunto, su Persona se oscurece y se minimiza pues este bebé no es uno de tantos. Es el Hijo de Dios que llega para enorme alegría de toda la humanidad. “Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador, que es el Cristo Señor”. (Lc 2, 11). Si no se hubiera encarnado y hecho hombre, no habría habido Redención. Es preciso reinstruirse en estos hechos y  recrear estas verdades sin prisa. Metamorfosearnos en Ulises, dejando las aventuras y reposando en nuestra isla particular. En todos los pasajes evangélicos de  este ciclo, y también en los posteriores que inauguran la vida pública del Señor, aparece la luz, protagonista o silente. Resplandece sin ocaso en la Festividad de la Epifanía, donde la estrella “iba delante de ellos/los Magos / hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”. (Mt 2, 9). Ella señala e identifica. El punto de partida y de retorno, la Itaca genuina, es este Niño.  Esta estrella, que no puede sujetarse a las especulaciones de la ciencia astronómica a mi entender, es nuestro mástil particular. La imagen de la Luz verdadera y sin ocaso a la que sujetarse existencialmente, sin fisuras, para seguir adelante después de la Navidad, todo el año litúrgico y todo nuestro calendario personal, en la certeza de que esta Estrella nunca se apagará.

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