Los orígenes de la fe y de la comunidad cristiana.
«Y seréis mis testigos» (Hch 1,8).

Juan José Bartolomé

 El texto se divide en dos partes. La primera trata de las primeras comunidades formadas después de la resurrección de Jesús. La segunda se centra en la misión de Pablo y las comunidades fundadas en sus viajes apostólicos.

Después que Dios Padre resucitara a Jesús, los testigos de dicho acontecimiento rehacen la comunidad que se formó en la predicación del Reino, fundamentalmente en Galilea. Al grupo de Jesús se fueron uniendo otros creyentes que, al recibir el bautismo, se integraban a la fraternidad cristiana. Liderados por Pedro, el primer convencido que el Señor había resucitado a Jesús,  continúan la acción divina que se contrapuso a la humana de crucificar al enviado para salvar a la creación y a la humanidad. «Los primeros testigos hablaron de la resurrección como de un encuentro personal, que consideraban real, por más que superara su capacidad de contarlo con propiedad. Persistieron en narrarlo, aun cuando tuvieron que confesar sus reticencias, oposición incluso, a aceptarlo al principio» (16). Y el encuentro con el resucitado les implica en la misión de anunciarlo a todo el mundo; y sucede un cambio trascendental en su vida: ser salvo y salvar. Esta experiencia es afirmada en las confesiones de fe neotestamentarias y narradas en la tumba vacía, lugar de su anuncio, y en las apariciones donde se explica el hecho de la resurrección, la identidad del resucitado, las misiones a los discípulos y la continuidad de la fe que Jesús vive en la dimensión de Dios para los que no han tenido dicha experiencia. La resurrección, además, hace que la identidad de Jesús se reformule. Del hijo de María y José, pasa a confesarse Jesús con los títulos de Mesías, Señor e Hijo de Dios.

La fe en la resurrección como testimonio personal ante los creyentes se proclama con fórmulas diferentes. Podemos distinguir en el NT varias versiones distintas del cristianismo: la comunidad formada por Jesús en su vida histórica: la comunidad de los Doce; y después de la Resurrección,  la comunidad de Jerusalén, en la que Pablo distingue a Pedro, Juan y Santiago, hermano del Señor; se  consideran las columnas de dicha comunidad. Además se da cuenta de otros discípulos que llevan la vida de Jesús, siendo itinerantes en las pueblos de Palestina; proclaman la inminente venida de Jesús y la aplicación de la resurrección a todos los que se unan a él por el bautismo. Estamos en la década de los años treinta. En la década siguiente se observan cambios muy importantes en las comunidades cristianas al expandirse la fe por el Imperio. Entonces comenzaron a formarse dichas comunidades por hombres  de toda raza y condición. Se rompen las fronteras que había establecido el judeocristianismo. El cristianismo comienza a ser urbano y universal.

En la tercera generación cristiana, a finales del siglo primero, las comunidades comienzan a sufrir la incomprensión y la persecución judía. Como testimonio de la época está la comunidad juánica, aunque las cartas, posteriores al Evangelio, muestran que han desaparecido las persecuciones y no evidencian las polémicas con la fe yawista.

La segunda parte se dedica por entero a la misión de Pablo. La experiencia en el viaje a Damasco, cambia su vida y supone, al menos para él, la investidura apostólica. Descubre el encuentro con el Señor a los Gálatas (1,13-17), donde afirma su elección divina y su Evangelio, cuyo único contenido es Jesucristo. En la carta a los Filipenses  (3,12-14) afirma que es seducido por Cristo, le ha llenado por completo su vida; es una especie de «víctima» del Resucitado. En las narraciones de Lucas en los Hechos  sobre el encuentro de Pablo con el Señor camino de Damasco describen su conversión, conversión que se afianza en la comunidad de Damasco, que lo acoge, además del papel del Ananías que lo cura y lo bautiza. Más tarde, con Bernabé y una vez consultadas a las columnas de la Iglesia en Jerusalén, comienza su predicación a los gentiles y la formación de comunidades que hacen presente la fe cristiana en el Imperio, las cuales, después, serían centros fundamentales de la expansión de la fe en el Mediterráneo. Al separarse Bernabé de Pablo por causa de Marcos, elige sucesivamente a Silvano, Timoteo, Tito, Epafrodito, Épafras , Tíquico, Lucas, etc. Pablo no va solo; siempre le acompaña alguien a quien forma y colabora en la constitución de las nuevas comunidades: aunque «la fraternidad no es meta de la misión, sino su método» (126s). Pablo pasa la responsabilidad de la fe a elegidos cuando desaparecen los primeros discípulos testigos de la resurrección. Ello entraña dar testimonio de ella para mantener la fe y doctrina apostólica y sus consecuencias religiosas y éticas, alejando a los falsos apóstoles que desvían el contenido esencial de la muerte y resurrección de Jesús, que Pablo sustituye al papel salvador de la Ley. Quien recibe la herencia de la misión está obligado a preparar a otros para que la continúen con el plan salvador del Señor para toda su creación.

Editorial CCS 2017, 145 pp., 12,5 x 19,5 cm.

 

 

 

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