VIII DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 6,39-45.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.
Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. ¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?»

1.- Jesús llama la atención a sus discípulos para que sus relaciones sean las más serviciales y francas posibles. No nos podemos imaginar un grupo humano que quiera constituirse en la «familia de Dios», es decir, un grupo que escuche la Palabra del Señor y la ponga en práctica (cf Mt 7,24), sin una cohesión interna ensamblada por el respeto y la corrección mutua. Y la finalidad es que el discipulado sea imagen y semejanza de Dios en la historia humana. No es un actitud individual exclusivamente, sino colectiva. Es como se pasa de un grupo que sigue a Jesús, a una comunidad cohesionada por él transida por el amor filial a Dios.

2.- Hay una actitud que debe evitar la Iglesia en sus comportamientos: es desechar por todos los medios creerse superior a la sociedad y, por ende, juzgarlo todo como inferior por corrompido desde una supuesta perfección ética. La actitud de superioridad de muchos evangelizadores la borró Jesús del mapa de su comunidad cuando arremete sobre el juicio de escribas y fariseos contra los pecadores, los publicanos, las prostitutas, etc. (cf Mt 23,2-36). Y San Pablo refrenda: «Tú que te eriges en juez, sea quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas. Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad. ¿Piensas acaso, tú que juzgas a los que hacen estas cosas pero actúas del mismo modo, que vas a escapar del juicio divino?» (Rom 2,1-3). De ahí la necesidad de la autocrítica en los responsables de las misiones eclesiales. Para servir a los pueblos deben partir del reconocimiento de su necesidad del Señor, para poder servirlo con autenticidad a los todos los hombres.

3.- Debemos ser conscientes todos los bautizados de la tensión interna constante que experimentamos de hacer el bien y el mal, que es fiel reflejo de su presencia en la cultura y en la familia, y que respiramos desde el mismo seno materno. Esta situación la describe San Pablo de una forma muy plástica: «En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena. Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí. Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal» (Rom 7,15-21)

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