La infancia secularmente vejada

y la valentía del Papa Francisco

 

 Elena Conde Guerri
Universidad de Murcia

Escribo estas líneas exactamente una semana después de que el Papa Francisco pronunciase su Discurso de clausura tras el  Encuentro sobre La protección de los menores en la Iglesia. En efecto, el domingo 24 de febrero me acomodé con puntualidad en mi sillón para sintonizar en directo la Eucaristía celebrada por el Santo Padre ante la asistencia de todos los prelados participantes en dicho Encuentro. Creo que todo católico insertado de verdad en la vida de la Iglesia, y por extensión toda persona de recta conciencia y sensible a este tema, debería de sentir la necesidad de una información de primera mano, visualizar el acontecimiento como quien se empapa de una película en directo, para optar al menos al derecho a opinar. Los medios, tan ambiguos y  tan denostados para determinados fines, cumplen también una misión maravillosa cuando te permiten saltar por el espacio y ubicarte en la Sala Regia con los cinco sentidos pero sin ser visto.

En la certeza de que la mayoría se ha documentado oportunamente conforme a circuitos y circunstancias, quisiera, no obstante, ofrecer algunas ideas propias sobre el contenido del discurso pontificio. (Así denominado, discurso, aunque opino que podría haberse elegido una palabra de semántica más fuerte para la ocasión). La valentía y la oportuna inteligencia del Pontífice, dotado de una estudiada finezzaen la articulación progresiva de su composición oratoria, me atraparon en seguida. Ni los términos pecado y delito, expresados con rotundidad, encabezaron las primeras líneas. Consciente el Papa de que los abusos a la infancia son multiseculares, y de que “tal fenómeno ha infestado en la historia todo tipo de culturas y sociedades”, mencionó primero de modo pormenorizado a las Organizaciones internacionales, Entidades y Organismos que, por su idiosincrasia y diversas competencias, tienen la capacidad de aminorar y controlar estos hechos vejatorios y hediondos. En efecto, tales actos vienen identificados como abominación, crimen y plaga,  términos hermanados por lo tremendo de su significado. Crimen, en lengua latina, de la misma raíz que el verbo cerno, implica un proceso previo de distinción o discernimiento antes de la acción en sí misma. Si aquél es errado o torcido, se derivará presumiblemente el delito, el crimen. Si el recto juicio está viciado por la hipocresía, la maldad o los terribles atractivos del poder y el dinero, los que delinquen no lo considerarán así y el mal campará a su aire. Francisco se ha detenido en el problema del Mal con mayúscula. Ha tenido el arrojo de reconocer que “estamos ante el  misterio del mal, identificado aquí con Satanás”. Aun reconociéndose “pequeño y pecador”, ha tenido que decir la verdad con la autoridad que, conferida por el Espíritu, le hace Pastor de la Iglesia universal. El sabe que muchas de las ovejas de su rebaño están manchadas y han ensuciado a otras pero también sabe y proclama que no todas las ovejas visten el pelaje eclesiástico sino también el laico. Millones de fieles profesan la fe católica, pero no todos han adecuado su conducta a los preceptos evangélicos, han descarriado y han fracturado el ideal de todo cristiano, que es la mímesis con Jesucristo. En la Iglesia hay diversidad de dones y de estados. La sutil intencionalidad pontificia ha sido, en mi opinión, recordar que también en los ámbitos totalmente extrínsecos a los eclesiásticos, ha existido y existe esta execrable plaga. Plaga, palabra latina, en griego plegé, que identifica a las llagas y heridas infecciosas que, sin curarse, golpean y se extienden más y más hasta provocar una pandemia por contagio. Si éste ha sido  provocado por las personas de vida consagrada, el pecado y el daño son todavía más desoladores y más dura debe ser la reparación de tal oprobio.Se ha afirmado rotundamente que la Iglesia no vacila ni vacilará en aplicar las oportunas medidas punitivas y, muy recientemente, ya tenemos constancia de los nombres de algunos cardenales presuntamente descarriados.

¿ Dé dónde viene esta inclinación al mal, estas pulsiones monstruosas que usufructúan la inocencia de los más pequeños para la egoísta satisfacción de sus presuntos mentores?. Es la pregunta antropológica y moral que afecta a la esencia del hombre desde las sociedades más antiguas de nuestro devenir y, quizá, ni siquiera los especialistas más reputados en estos temas tengan una única respuesta, al enfrentarse al enigma de la complejidad de la persona. En la antigua Grecia, extrínseca a la Verdad revelada, y donde el mito era el paradigma justificante, la lujuria proyectada hacia la inocencia y la belleza normalizaba determinados comportamientos con la infancia, como si la sumisión de sus cuerpos y espíritus a sus opresores incorporase a éstos los paraísos que ellos ya habían perdido o, en algunos casos, les eximiesen de sus culpas y peligros como víctimas expiatorias o propiciatorias. Por deseo, el propio Zeus raptó a un jovencísimo Ganimedes, prototipo de la belleza adolescente, y lo hizo su copero particular. Le servía el vino más selecto en copa de oro, para siempre y sin límite,  a cambio de determinadas prestaciones. En la Guerra de Troya, antes de comenzar la contienda, la flota griega estaba retenida en Aúlide y no podía atravesar hasta el litoral opuesto por ausencia de viento propicio. Para conseguir tal objetivo, la diosa Artemis exigió del jefe supremo Agamenón el sacrificio de su propia hija, la doncella Ifigenia, que fue expuesta entre las rocas. Por fortuna, la diosa empatizó con ella, quizá porque siempre había sido alérgica al contacto con varones, y la sustituyó por una cierva. El Estado Lacedemonio, en su caso, acogía con normalidad las prácticas pederásticasmaquillándolas bajo el supuesto beneficio pedagógico que implicaba la acogida de un niño todavía por moldear bajo la tutela de un ciudadano adulto y con prestigio social. El mito de Andrómeda, princesa de Etiopía y también virgen, resulta significativo. Su madre se había jactado de la belleza de ambas ante las Nereidas y éstas se quejaron a Poseidón. El dios del mar, decretó que tamaña soberbia exigía enviar a un monstruo marino hasta las costas de su país para destruirlo. A no ser que los padres ofrecieran a su propia hija Andrómeda como víctima sacrificial, encadenándola a las rocas totalmente indefensa. La hija inocente debía pagar por los pecados, por los delitos, como se quiera, de su madre y de los otros. Menos mal que llegó Perseo en su Pegaso volador y redimió el destino de la doncella liberándola por medio de la cabeza de Medusa, que él llevaba en la mano, y que a modo de talismán convertía en piedra todo aquello a lo que se enfrentase. En fin, son unos pocos ejemplos peroválidos a los que podrían añadirse muchos más, sacados del mundo romano. Como los matrimonios infantiles sin apenas consentimiento del varón (y no se diga de la mujer) en un ámbito donde la potestas del paterfamilias era casi omnímoda. O la prostitución de los impúberes destinados a los prostíbulos del emperador o entregados a todo tipo de vejaciones o a la crueldad de determinados ritos mágicos, particularmente si eran niñas y esclavas.

El espíritu del Mal actuaba ya en aquellos tiempos.Determinadosactos o tradiciones nunca pueden justificarse aunque deban ser analizados en la estructura y mentalidad de aquellas sociedades. Si se analiza, y ahí quisiera llegar, hay unasoga invisible pero fuerte, real, que es común a todas estas víctimas del pasado y también del presente. A ninguna de ellas se le pidió permiso para asumir su tremendo destino. Los asesinos de su identidad, por decirlo así, se apoyaron en  el poder y estatus que ocupaban para satisfacer sus propios objetivos. “Como cordero fue llevado al matadero y no abrió la boca”, de Isaías 53,7, su sumisión inexorable les convertía en  víctimas mudase indefensas. La valentía del Papa se destaca por ello todavía más, en el momento actual, y su invitación a la OMS, Unicef, Interpol, ICMEC, Europoly demás Organizaciones, no es una simple enumeración protocolaria. Es una requisitoria para la acción inmediata, pues ellas pueden colaborar a la erradicación progresiva de los abusos a menores interactuando con los programas de la Iglesia e, incluso, con su itinerario legislativo y los siete Puntos nucleares inspirados en las Buenas Prácticas patrocinadas por la OMS. El problema es de todos porque en todos está implícita esa silente sacralidad de la persona redimida.  Ya no estamos en los tiempos míticos y no necesitamos a Perseo, aunque sea bella su historia. Sólo me queda un atisbo de duda. Todos sabemos que la inclinación al mal y la perversidad existen y seguirán por desgracia activos en mayor o menor grado. De ahí el pecado consciente. Pero el pecador arrepentido siempre cuenta con ese maravilloso regalo que se llama Misericordia de Dios y jamás le fallará si se conduce por los cauces oportunos. Pero, ¿ son todos conscientes de lo que han hecho o podrían haber hecho, desean de corazón el perdón y la purificación?.De nuevo, el misterio de la libertad humana. Creo que hay que rezar un poquito más por el Santo Padre, aunque lo hagamos a diario. Me conmovió y me inquietó al mismo tiempo que, al final de su discurso, invocase a Sor Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y a San Juan de la Cruz. Dos noches oscuras del alma, en dos épocas históricas muy distintas y alejadas entre sí, pero en las que la verdadera Luz fue capaz de esclarecer finalmente los capítulos más amargos del libro llamando a la Esperanza.

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