El cristianismo como forma de vida. 

Los primeros seguidores de Jesús en Ponto y Bitinia. 

Santiago Guijarro

El profesor salmantino S. Guijarro divide las primeras generaciones cristianas desde la perspectiva de su función o misión. La primera dura hasta la destrucción de Jerusalén y se puede llamar la generación apostólica. La siguiente, nominada subapostólica, llega hasta el año 110 y consolida la vigorosa expansión del cristianismo de la primera época; durante esta generación se compone la mayoría de los libros neotestamentarios, una vez pasada la expectativa de la segunda venida de Jesús y la aplicación de la resurrección a todos los bautizados. Sus consecuencias para la fe se evidencian en la tercera generación, regida no por misioneros, sino por pastores y maestros. Es una época nueva que también puede llamarse posapostólica. A lo largo de estas generaciones se manifiesta el arraigo del cristianismo en la sociedad de entonces, arraigo que se debe fundamentalmente a tres factores: el contacto como relación con cualquier manifestación de la vida personal y social; la permanencia de dicha relación y la consecuente transformación de la persona y de su entorno social y familiar. El autor utiliza la categoría hábito para explicar el proceso de transformación del cristianismo. Y se entiende como «un determinado sistema de disposiciones que se configura socialmente a través de la socialización, se refuerza con los relato, ejemplos o modelos y se reafirma con la repetición» (17). Desde aquí se pasa del estilo de vida inserto en la cultura a otro muy diferente fundado en la vida de Jesús.
Esto lo aplica el profesor Guijarro a las comunidades sitas en la Provincia Romana de Ponto y Bitinia y por medio de dos escritos: la Primera Carta de Pedro y la Carta de Plinio al Emperador; las dos reflejan la situación de las comunidades cristianas de la segunda generación cristiana, aunque la carta del Gobernador se redacte después. Son importantes, además, porque hay un enfoque de la vida cristiana desde dentro —Carta de Pedro— y desde fuera de la fe y de la vida cristiana —Carta de Plinio. Las dos misivas nos enseñan cómo arraiga el cristianismo en esta Provincia en la generación subapostólica y los procesos que usan para que esta realidad se diera.
La Carta de Plinio al Emperador prueba una expansión del cristianismo muy considerable, hasta el punto que hace notar el vacío de fieles en los templos paganos. Aunque sea una afirmación exagerada, resalta la expansión del cristianismo en la Provincia. Indica, además, el carácter grupal de los cristianos, las deserciones y martirios que provoca, pero, sobre todo, trasluce su dimensión comunitaria, enraizada en la vida cultual: dos reuniones a la semana, una por la mañana, más breve, y otra por la tarde en la que se escucha la Palabra, se participa de la comida en común, se animan mutuamente reforzándose en el testimonio de vida que deben dar ante las persecuciones.
La Carta de Pedro, escrita seguramente por un grupo de discípulos suyos, o un grupo de cristianos que toma como propios elementos comunes de la tradición cristiana, como sucede con Pablo con las cartas a Efesios, Colosenses, Hebreos, 1-2 Timoteo y Tito. La situación que atraviesan los cristianos de esta Provincia es muy delicada, debido a los insultos, difamaciones, agresiones verbales y físicas, además de las amenazas de ser denunciados ante los tribunales. La respuesta cristiana a estas adversidades, explicitadas por la Carta de Plinio, es asumir un estilo de vida totalmente diferente al que imprime la cultura del Imperio. Los cristianos deben ser santos, como el Señor, en todos su comportamientos (1Pe 1,15). Deben alejarse de la malicia, la hipocresía, la envidia, la maledicencia, en definitiva, de toda actitud egoísta, que pueda interferir la relación con Dios y la relación bondadosa con los demás. Por consiguiente, la Carta no trata cuestiones doctrinales, sino de los comportamientos cristianos ante las incomprensiones y persecuciones sociales, una vez que han profesado la fe cuando son bautizados. Es así como la fe cristiana, fijada en sus principios en los escritos apostólicos, se va asentado en las dos generaciones siguientes por el compromiso de vida que lleva consigo el nuevo sentido que la fe graba en la existencia personal, familiar y social. La relación con Dios y la relación con los demás fija los parámetros de este nuevo estilo de vida.

Ediciones Sígueme, Salamanca 2018, 189 pp., 13,5 x 21 cm.

 

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