IV PASCUA (C)

Del Evangelio según San Juan 10,27-30.

En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, lo que me ha dado, es mayor que todo, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

1.- Durante la fiesta de los Tabernáculos, Jesús se ofrece como el agua viva, la luz del mundo, el Hijo y Enviado del Padre, y después de enseñar cuál es el itinerario de la fe al ciego de nacimiento, se propone como el buen Pastor. En los capítulos del ciego y de Lázaro (cf Jn 9.11), Juan presenta las tensiones que hay entre los responsables de la fe hebrea y Jesús. Tal es así, que desvela dos mundos irreconciliables.  La tensión entre los judíos y Jesús se prolonga cuando acuerdan darle muerte —«porque hace muchos signos», entre ellos la resurrección de Lázaro—, tensión que continúa entre los malos pastores —las autoridades religiosas—  y él. Jesús es el buen Pastor, como Dios es el Pastor de Israel desde que los sacó de Egipto y los condujo a la Tierra prometida. Y será su Pastor cuando los conduzca de nuevo desde el destierro a Sión (cf Jer 31,10). También será un buen pastor un descendiente de la casa de David, como personaje único, como único será el rebaño. Y este pastor se diferenciará claramente de los  demás porque conoce a las ovejas y las amará hasta dar la vida por ellas; una vida que será para sus ovejas eterna, porque procede del Padre.

2.- Conocimiento y amor hacia el rebaño es lo que diferencia a los buenos pastores de los malos. Es una alusión a los que cuidan la religión de Israel y religión que Jesús, el nuevo tabernáculo, sustituye definitivamente cuando el Señor lo resucita de entre los muertos. Él es el nuevo templo del Señor (cf Jn 2,19-22), porque ha establecido la auténtica relación de amor fraterno, que es la que revela la religación de amor con el Señor. Pero la vida de Jesús, en la que en el tiempo de Juan ya se contempla con la pasión y muerte, va más allá de la imagen que entraña el Señor como Pastor en la historia de Israel. Jesús, buen Pastor, da la vida, entrega su vida, no duda en llevar hasta la muerte su entrega por sus hermanos. Es la imagen cabal del Pastor opuesta a los asalariados que abandonan el rebaño ante cualquier peligro; y peor: los que usan el rebaño para beneficio propio, que es lo contrario al amor. Jesús ha sido puesto por el Señor como el centro y el medio de las relaciones entre los hermanos, y las relaciones de los hermanos con Dios.

  1. Jesús es el único pastor de la Iglesia, además de su cabeza. Los otros que han sido constituidos pastores no lo sustituyen, sino que son signos de su presencia. Jesús, aunque esté sentado a la derecha del Padre, no abandona a su rebaño, porque le ha dado su Espíritu. Pero los que él ha hecho pastores, representantes suyos, deben vivir la experiencia de amor divino, que les lleva a dar la vida por el rebaño, si es necesario. Es la única manera que hay para que el «rebaño tenga vida eterna». Por eso, no se puede concebir en la Iglesia un pastor egoísta, que viva del amor de sus ovejas y que se aproveche de ellas para su interés personal.- Por otra parte, vivimos en un mundo donde se dan toda clase de ideologías, sentidos de vidas, propuestas de felicidad humana fundadas en creencias muy diferentes. Y lo peor es que tales ofertas de felicidad o de fe son expresiones de nuestra mente, de nuestra imaginación, de nuestra inteligencia, de nuestra buena o mala voluntad. Jesús es el único Mediador y Centro de las relaciones con Dios y con los hermanos. Él nos da la seguridad de que andamos en el camino recto y de que su revelación del Señor es la que en verdad es y existe: Dios es amor y nos lo ha dado para nuestra salvación (cf Juan 3,16).

 

 

 

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