V PASCUA (C)

 Del Evangelio según San Juan 13,31-33a. 34-35.

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

1.-  Judas se va de la cena para concertar la entrega de Jesús a los sumos sacerdotes. Llega la hora en que Jesús glorifica al Padre por una obediencia filial sin límites. La obediencia al Padre es la respuesta de amor a un amor que le ha enviado al mundo para salvar a sus criaturas: «Tanto amó Dios al mundo que le ha entregado a su Hijo» (cf Jn 3,16). La entrega de Jesús al Padre, a sus discípulos, a todo el mundo —morir por amor en la cruz—, la fija él en dos frases y dos gestos en la última Cena: Esto es mi cuerpo; esta es mi sangre; partir y repartir el pan, dar beber su sangre. Es su testamento; es lo que les deja. Y la medida de su amor es la que tendrán que practicar los discípulos: «como yo os he amado», o como dijo poco después en la misma cena de despedida: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13).

 2.-  Jesús establece el amor mutuo entre los que se comprenden como hermanos al ser hijos de un mismo Padre, y esto supone interiorizar por medio de la plegaria el amor a todos; en este contexto se contesta al mal con el bien y se desacelera la potencia de la violencia, se abre sin límites el servicio del amor, no reduciéndolo al ámbito sectario de la raza, la amistad y la familia; y Jesús invita, si es necesario, a ofrecer la vida por los demás (cf Jn 15,13). Se pasa de amar al prójimo como a sí mismo al don de sí mismo a todos, en el que se contempla el sacrificio extremo que envuelve el amor: «Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí y por el Evangelio la encontrará» (Mc 8,35par). Es la única manera de adquirir el estatuto de ser hijos de Dios, porque con esta actitud se alcanza la auténtica dimensión divina que entraña el amor universal: «… y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los desagradecidos y los perversos» (Lc 6,35).

3.- Amar a los demás como Jesús nos ha amado lleva consigo la cruz. Y la cruz concreta nuestra forma de seguimiento a Jesús. Es cuando el grano de trigo muere. «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismos, cargue con su cruz y sígame» (Mc 8,34). Negarnos a nosotros mismos, morir a nosotros mismo, es prescindir de nuestro yo. Y prescindimos del yo para tomar la cruz. La cruz  indica las cruces personales que simboliza el sufrimiento diario que entraña la convivencia familiar y social, y la aceptación de nuestra propia persona con sus defectos y virtudes. Está en la línea que escribe Lucas: «Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y venga conmigo» (Lc 9,23). La renuncia a nosotros mismos, a nuestro yo, significa demoler los cimientos sobre los que se alza nuestra vida cuando busca sus propios intereses al margen o en contra de los demás. Prescindir  del yo egoísta tiene la finalidad de que aflore nuestra debilidad, y sobre esta debilidad Dios coloca la roca (Lc 6,47-49; Mt 7,24-25), que es la historia de Jesús, para construir la vida nueva. Renunciar a nosotros mismos supone dejarnos invadir por el Dios de la bondad para que la existencia respire dicha bondad. Bondad que para el discípulo se sacramentaliza en el servicio.

 

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.