XIV DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 10,1-12.
En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino. Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros. Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa. Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”. Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid: “Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”. Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad».

1.- En el mismo momento en que el hombre se rebela contra Dios, Dios establece el plan para salvarle. Lo quiere tanto, que no puede ni abandonarlo ni dejarle que se destruya a sí mismo. Elige a un pueblo; del pueblo nace el enviado que proclama definitivamente el amor salvador del Señor. Israel anuncia la salvación, y Jesús la inicia haciéndose uno de nosotros, iniciación que debe proseguir en la historia por medio de su Espíritu. Y el Espíritu hace que la comunidad que prosigue el anuncio de la salvación hasta el fin del mundo deba estar convencida de que es enviada, como Jesús, por Dios; que el impulso y la capacidad para llevar a cabo la salvación la da el Señor. En definitiva, la vida nueva que ofrecemos de parte del Señor se ha introducido en la violencia y muerte que origina el poder humano. Es la buena noticia que debemos proclamar.

2.- La vida nueva, el hombre nuevo, nacido de Dios y mostrado en la historia de Jesús hay que transmitirlo sin exhibiciones de triunfalismo o poder alguno. Jesús lo dice muy claro: ni pan, ni alforja, ni dinero, etc. La comunidad cristiana tiene que enmendar enseguida el plan de Jesús, como Pablo el suyo, pues los dos creían que el fin del mundo era inminente (Lc 22,35-36: «Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo?». Dijeron: «Nada». «Pero ahora, el que tenga bolsa, que la lleve consigo, y lo mismo la alforja; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una»; Pablo: 1 y 2 Tesalonicenses). Pero ello no significa que se substituya la forma sencilla y humilde de vivir y anunciar la salvación; se cambiará cuando venga su presencia plena a la creación.

3.- La comunidad es la responsable de la evangelización. Cada uno de nosotros lo es cuando somos conscientes de nuestra filiación divina y nuestra dimensión fraterna, es decir, que pertenecemos a la comunidad de salvados. Cada uno en sí mismo no puede ser responsable de la misión. Somos todos y, a la vez, cada uno cuando somos un hermano de la fraternidad local o universal cristiana. Y con las formas que Jesús indica a los Doce o Pablo le dice a la comunidad de Corinto: «Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu» (1Cor 2,1-4)

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