XVIII DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 12,13-21.
En aquel tiempo, dijo uno de la gente a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia». Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”. Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”. Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios».

1.- Jesús contempla los bienes en la perspectiva de la disponibilidad, que lleva a fundamentar la vida en Dios orientándola hacia su verdadera dimensión que es la gratuidad, y, a partir de aquí, disponerla y donarla por entero a los hombres, incluidos los bienes: «… al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la tú» (Lc 6,29); por eso, « no andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia» (Mt 6,31-34).

2.- Cuando observamos la Ciudad del Vaticano, la espléndidas catedrales e iglesias de la cristiandad, sobre todo occidental, concluimos: la Iglesia es rica; los obispos, los curas, los religiosos y religiosas son ricos. Son ellos, pues, lo que tienen que compartir sus riquezas. Y, efectivamente, la Iglesia es rica en su patrimonio. Un patrimonio, acumulado a través de los siglos, de cuadros, imágenes, de enseres sagrados de oro y plata; de vestidos litúrgicos lujosos, etc. Pero con esto ni se vive ni se come. Porque la mayoría de ellos están inventariados por los Estados que prohíben cualquier transacción de los bienes preciosos de las iglesias, que consideran que son patrimonio de sus pueblos. Por otro lado, ni la Jerarquía eclesiástica tiene dinero suficiente para conservarlos y menos para crear otros nuevos. Sí debe tener, cada vez más, la riqueza de su servicio, de su entrega a los desfavorecidos y de la potencia para generar instituciones que cuiden de las necesidades de los pobres. Este es el único patrimonio de la Iglesia.

3.- ¿Qué hacemos cada uno por los pobres? ¿Soy como la viuda que entrega lo que tiene a Dios, o se entrega a Él en el servicio a los demás? Nuestra sociedad occidental ha avanzado mucho en cuestión de seguridades: el sueldo, la seguridad social, las jubilaciones, la vivienda, etc. Pero queda mucho por hacer: hay muchos indigentes, hay muchos parados, hay familias muy desestructuradas, hay mucho sufrimiento físico, psíquico, espiritual, etc. Y además, originamos con nuestras macro estructuras económicas mucha pobreza y hambre en otros ámbitos de la sociedad. Después de 2000 años de cristianismo hemos avanzado mucho, pero todavía queda mucho más. Porque limpiar el corazón de la codicia de los bienes, quizás sea más difícil.

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