XX DOMINGO (C)

 

            Del  Evangelio según San Lucas 12,49-53.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

1.- El pasaje evangélico se  refiere la misión de Jesús como signo de división. El fuego, simbólico, puede significar la palabra de Dios (cf Jer 5,14), o el juicio de Dios (cf Sal 66,12), o el Espíritu (cf Hech 2,3). La misión de Jesús, el hacer que la tierra arda, termina con la entrega del Espíritu a los discípulos. Mas, previamente, él ha de recibir el bautismo de muerte por su implicación en la venida del Reino, ante el cual no vale irenismo alguno. El mensaje de Jesús establece unos criterios de valor que provocan una crisis en los oyentes, y les conduce a decidir el sentido final de sus vidas como salvación o perdición. Esto se hace más urgente en la medida en que Jesús presiente su muerte.

2.- Jesús es muy claro: no vale pactar o unir la presencia de Dios con los intereses humanos y religiosos. No existe paz como no sea desde la aceptación de las claves del reino, donde la prioridad de su recepción está por encima de las mismas relaciones familiares. Y este sino lo ha anunciado Lucas, nada más nacer Jesús, con la profecía de Simeón: «Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y como signo de contradicción  —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (Lc 2,33-35). Lo que en nada contradice la esperanza de paz que supone su venida y su actuación como defensa de la justicia, del perdón de los pecados, del amor compartido, etc. (cf Lc 2,14).

3.- No es tan fácil mantener la vida cristiana, porque la incomprensión y la persecución de los valores evangélicos se inicia en la misma vida de Jesús: «Bienaventurados sois cuando os insulten y os persigan de cualquier modo por mi causa…» (Mt 5,11). Y todo es malo: las persecuciones que terminan en el martirio, como sucede a los cristianos de tantos países de Asia y África; o la seducción  para que muchos se corrompan, traicionen, roben, abjuren de sus principios de justicia y libertad; o l situación de aquellos a quienes se les ha impedido respirar aires de libertad y justicia y han crecido en ambientes podridos; o la mentalidad de los que se dejan arrastrar, sin saberlo, por los usos y costumbres de una sociedad de consumo.

 

 

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