XXIV DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 15,1-10.
Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. O ¿qué mujer que tiene diez monedas, si se le pierde una, no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

1.- Dios es amor misericordioso que perdona, ama con ternura, y tiene la inclinación natural a situarse en el lugar de quien sufre y padece. «Pero tú, Señor, Dios clemente y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad y leal» (Sal 86,15). La misericordia divina es perdón, ternura y piedad, que rehace la vida humana en los aspectos que afectan a su dignidad. Dios recrea la obra salida de sus manos, y se identifica con ella muchas veces por su atributo misericordioso. Y tan es así que, paulatinamente, se pasa del atributo a su identidad y actitud misericordiosa, porque su Creación y sus criaturas han sido infectadas por el mal nacido de su libertad y son incapaces de salir de su estado de postración, sin la ayuda del mismo Dios.

2.- La gran misión de la Iglesia es infundir esperanza a los que están marginados de la justicia y de la dignidad humana. Como le ha enseñado el Señor, la Iglesia tiene que salir y buscar a los abandonados de este mundo, como hacen los Hermanos de San Juan de Dios, sacar la cartera para buscar el billete que falta para que Cáritas funcione, y abrir los brazos a los hermanos o hijos que regresan arrepentidos, como tantos pecadores públicos. La labor de la Iglesia, además de cuidar el rebaño y el dinero que remedia las necesidades de la comunidad cristiana y aporta el trabajo de sus hijos, es recuperar a los que por mil causas han abandonado el hogar del amor y la libertad. Ellos también son hijos y hermanos. Y este convencimiento lo revela el Señor, que nos ve a todos como hijos suyos y hace salir el sol para todos (cf Mt 5,45).

3.- Todo lo que hemos afirmado vale para las estructuras eclesiales y sociales. Y ya se encargará la cultura de fijar y transmitir los progresos en justicia y libertad que logramos los hombres por las instituciones que fundan y mueven la sociedad. Pero el origen de todo está en la experiencia personal del Señor, cuidada por la familia y la comunidad cristiana, y se evidencia en las relaciones personales que se dan en el trabajo, en la familia y en los amigos. De aquí parte la salvación de los hombres; en la persona creyente es donde se pone en movimiento el Señor para encontrar al descarriado, recoger la moneda perdida y abrazar al hijo alejado. Nunca nos olvidemos de esto.

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