LA IMPRESIÓN DE LOS ESTIGMAS EN SAN FRANCISCO

Tomás de Celano

Vida primera

94. Durante su permanencia en el eremitorio que, por el lugar en que está, toma el nombre de Alverna, dos años antes de partir para el cielo tuvo Francisco una visión de Dios : vio a un hombre que estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies juntos, y aparecía clavado en una cruz. Dos alas se alzaban sobre su cabeza, otras dos se desplegaban para volar, y con las otras dos cubría todo su cuerpo. Ante esta contemplación, el bienaventurado siervo del Altísimo permanecía absorto en admiración, pero sin llegar a descifrar el significado de la visión. Se sentía envuelto en la mirada benigna y benévola de aquel serafín de inestimable belleza; esto le producía un gozo inmenso y una alegría fogosa; pero al mismo tiempo le aterraba sobremanera el verlo clavado en la cruz y la acerbidad de su pasión. Se levantó, por así decirlo, triste y alegre a un tiempo, alternándose en él sentimientos de fruición y pesadumbre. Cavilaba con interés sobre el alcance de la visión, y su espíritu estaba muy acongojado, queriendo averiguar su sentido. Mas, no sacando nada en claro y cuando su corazón se sentía más preocupado por la novedad de la visión, comenzaron a aparecer en sus manos y en sus pies las señales de los clavos, al modo que poco antes los había visto en el hombre crucificado que estaba sobre sí.

95. Las manos y los pies se veían atravesados en su mismo centro por clavos, cuyas cabezas sobresalían en la palma de las manos y en el empeine de los pies y cuyas puntas aparecían a la parte opuesta. Estas señales eran redondas en la palma de la mano y alargadas en el torso; se veía una carnosidad, como si fuera la punta de los clavos retorcida y remachada, que sobresalía del resto de la carne. De igual modo estaban grabadas estas señales de los clavos en los pies, de forma que destacaban del resto de la carne. Y en el costado derecho, que parecía atravesado por una lanza, tenía una cicatriz que muchas veces manaba, de suerte que túnica y calzones quedaban enrojecidos con aquella sangre bendita.

¡Cuán pocos fueron los que, en vida del siervo crucificado del Señor crucificado, merecieron contemplar la sagrada herida del costado! Pero afortunado Elías, que de alguna manera pudo verla mientras vivía el Santo; y no menos feliz Rufino, que la tocó con sus manos: en cierta ocasión metió éste la mano en el seno del santísimo varón para darle friegas; se le deslizó la mano, como muchas veces acaece, hacia el lado derecho, y llegó a tocarle la preciosa cicatriz. Este contacto produjo al santo de Dios tan agudo dolor, que, apartando la mano, pidió que el Señor se lo perdonara.

Con tal industria ocultaba esto a las miradas de los extraños y tan recatadamente lo velaba a los más allegados, que los hermanos que estaban a su lado y sus más fervientes seguidores, lo ignoraron por mucho tiempo. Y, aunque este siervo y amigo del Altísimo se veía engalanado de tantas y tales margaritas cual preciosas gemas, y más adornado de gloria y honor que todos los hombres, no obstante, su corazón no se envaneció ni buscó complacer a nadie para satisfacer deseos de vanagloria; antes bien, para evitar que el favor humano le robara la gracia donada (Adm 28), se esforzaba en ocultarlo por cuantos modos podía (2 Cel 135).

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