XXVII DOMINGO (C)

Del Evangelio según San Lucas 17,5-10.
En aquel tiempo, los Apóstoles le dijeron al Señor: «Auméntanos la fe». El Señor dijo: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería. ¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

1.- La costumbre de entonces de que el esclavo no tiene derecho a una recompensa después de realizar su trabajo, la aplica Jesús al discípulo que le ayuda a implantar el Reino. Pero el discípulo ya ha sido advertido que debe ser como Jesús, el cual «no ha venido para ser servido,sino para servir y dar la vida en rescate por muchos» (Mc 10,45), servicio que escenifica cuando lava los pies a los Doce (cf Jn 13,4) y lo ratifica cuando afirma que el mayor amor es el que da la vida por los amigos (cf Jn 15,13). Pablo concluye: «Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles» (1Cor 4,1-2).

2.- La misión de la Iglesia se funda en la gratuidad de la entrega, gratuidad que se evidencia en las misiones, en las instituciones de caridad, etc., donde el voluntariado es la mejor muestra de una entrega sin límites a la gente más necesitada. Incluso se observa en tanto sacerdote y religiosa/o que trabajan sin descanso para servir la Palabra y los Sacramentos, para mantener muchos centros de asistencia social. Hay ejemplos que desdicen estas afirmaciones, pero todos somos conscientes de que son los menos ante un ejército de gracia que hace presente a Dios por doquier.

3.- Cada uno de nosotros, individualmente, debemos aprender de las comunidades cristianas cómo servir en gratuidad una vez que hemos sentido la experiencia divina que nos llama y nos salva por su gracia, al margen de los méritos y deméritos de nuestros actos, actitudes y aptitudes. Y nuestra entrega servicial es la que acrecienta y hace creíble el servicio a los pobres y enfermos porque hemos sido antes curados y perdonados por el Señor. Señor que se nos ha acercado con bondad, con amistad, con confianza; un Señor muy lejos de los tiranos que se sirven de las vidas de los demás para acrecentar la suya o la de sus negocios. Dios no es un jefe que recompensa los trabajos y espera a ver qué hemos hecho para pagarnos.

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