DOMESTICAR EL MIEDO

CON LA PALABRA VIVÍFICA DE JESÚS

        Elena Conde Guerri

El miedo: esa emoción o, según otros, sentimiento perturbador que todos hemos experimentado en algunas circunstancias de nuestra vida y que nos sacude, nos desasosiega y nos atrapa con riesgo de paralizar nuestro raciocinio si nos dejamos llevar.

Va implícito a nuestra naturaleza y es tan antiguo como el hombre. Adán, tras su caída, al oír la voz de Dios que le llamaba, le dice a su Creador “he tenido miedo porque estoy desnudo” (Gn. 3,10), revelando así su autoconsciencia de su identidad y de una fragilidad que se perpetuaría en todo el género humano. Tan presente ha estado el miedo en cualquier etapa de la historia que no extraña la atención dispensada por pensadores, literatos y filósofos. Los detonantes de tal sentimiento no son siempre idénticos pero sí pueden agruparse en casillas muy similares. No soy médico ni psicóloga y, movida por mi campo de estudio y la necesidad de acotar el tema, he elegido la figura de Cornelio Tácito como el más perspicaz de los historiadores en lengua latina que hizo del miedo el gran protagonista embozado de su soberbia obra literaria. Tácito redactó sus Historias y sus Anales en unos años comprendidos entre la muerte del último emperador Flavio y el gobierno de los posteriores, Nerva y Trajano, ya en las primeras décadas del siglo II de nuestra era, en que la presunta liberalidad de estos césares propiciaba expresar abiertamente la crítica de la opresión política anterior sin miedo a represalias. Admira comprobar cómo las causas provocadoras del miedo en la sociedad regida por Tiberio y sucesores siguen vigentes en la nuestra actual. Tácito está de moda entre los politólogos, probablemente por eso. En un escenario donde “las leyes carecían de eficacia al verse entorpecidas por la violencia, la ambición y el dinero” (Ann.1, 2), el emperador sentaba su autocracia despótica eliminando a otros posibles herederos, en su caso, de la sangre de Augusto. Y así, “por miedo, aceleró la muerte de Agripa Póstumo”, al igual que aborreció progresivamente a Germánico, con un montón de fans entre el pueblo romano debido a su valía militar y personal, “ya que la clase alta temía que aquél se adueñase del poder”. (1, 6 y 7). La avaricia por aferrar el poder engendraba ese miedo homicida con todas sus consecuencias y que, en su caso, llevó al emperador Nerón a eliminar violentamente a su esposa Octavia y a su propia madre, Agripina. (13,20).

El dinero, o mejor el miedo a perderlo, era otro de los factores imperantes. En aquella sociedad reinaba la usura y, ante los intereses lesivos para los pobres endeudados, el pretor llevó sus quejas al senado. Los senadores, que eran en su mayoría prestamistas, se rebajaron y por miedo pidieron perdón al emperador prometiendo moderar la percepción de sus intereses. Todo esto generaba el miedo. Pienso que también se ha instalado en la época actual hasta poder palparse. Antes, podía ser más disimulado. Ahora es ostensible y provocado por infinidad de causas, algunas más sofisticadas que las de antaño. Los tiempos no son halagüeños en sus coordenadas socioeconómicas ni en las consignas que proclama la postmodernidad. Se tiene miedo a la hipoteca, a la enfermedad prolongada, al dolor en grado superlativo, sobre todo al dolor, al paro o a la precariedad ante una enfermedad sobrevenida. Humano, lógico. Pero también se tiene miedo a perder el halo social dentro de los estatus larvados mayormente por la hipocresía, a los fantasmas de lo desconocido y hasta miedo a hacer el ridículo por la inaceptación de una silueta descatalogada de los volubles cánones imperantes. Casi todo el mundo tiene miedo a algo. Y el miedo causa inseguridad y ésta nos va haciendo zozobrar poco a poco en un mundo progresivamente descristianizado donde lo versátil intenta ser categoría. ¿A qué asirnos para intentar, al menos, la serenidad?

Irrumpe en este panorama la persona y la palabra salvífica de Jesús, como faro que recuerda nuestra trascendencia. Por mi parte, es sólo una propuesta a la reflexión,   no un manual de autoayuda ni una garantía de erradicar nuestros miedos cuando surjan. Los cuatro Evangelios mencionan distintos tipos de miedo, comprensible ya que todos los personajes de sus escenarios eran hombres como nosotros y su protagonista, aun siendo “Hijo único de Dios” (Jn 3,16), vulnerable en su naturaleza humana hasta el suplicio de la cruz. Y quisiera recordar, antes de las citas concretas, que aquéllos fueron escritos por sus respectivos autores (dicho de modo amplio) en la misma franja cronológica en que Tácito lo hizo con su obra. La referida sociedad imperial,   compleja, polisémica y represora. Aunque, como es sabido, los Evangelios no pretendieron trasmitir historia sino el mensaje de la salvación. En el preludio de las concepciones teofánicas, por decirlo así, sus elegidos tienen miedo. Zacarías y la Virgen María, respectivamente, ante ese misterio insondable de los designios de Dios anunciado por el arcángel Gabriel. Y en ambos casos, el ángel les dice interpelándolos “No temas”. ( Lc 1, 13. 30). En el episodio de la teofanía oral y explícita de la filiación divina, o Transfiguración, los tres discípulos elegidos por el Señor “se llenaron de temor” al formarse la nube y cubrirlos con su sombra. (Lc 9,34). Más comprensible es el miedo ante el dolor y la tragedia inverosímiles que vendrán ( los discípulos ante el segundo anuncio de la Pasión. Lc 9, 45) o el terror de José de Arimatea a las represalias de los judíos si se descubría que seguía a Jesús ( Jn 19, 38). La terrible orfandad que debieron de experimentar los discípulos tras la muerte y sepultura de su Maestro se masca en aquel primer día de la semana en que, “al atardecer, estaban reunidos pero con las puertas cerradas por miedo a los judíos” (Jn 20, 19).

En estas situaciones de presunta indefensión anímica, es Jesús en persona quien propone la mejor medicina. El conoce como nadie los pliegues de nuestra anatomía espiritual. Y actualiza y reverdece las palabras de Isaías “No tengas miedo porque yo estoy contigo… Yo soy tu Dios”(41, 10) y la hermosura del Salmo 23, 4 “Aunque  caminase por sombras de muerte, nada temeré porque Tú vas conmigo”, proponiendo la absoluta e incondicional  devotio a su persona y a sus enseñanzas. Con entrega, confianza y amor plenos. Esa es la fe verdadera. Creer en Él, fiarse y reposar en Él. Desde el ancestral miedo de Adán hasta la angustia más inmediata, que puede estar protagonizada por personas ignotas en lugares ignotos, todos los terrores implícitos a nuestras tempestades pueden diluirse ante el “por qué teneís miedo, hombres de poca fe?” (Mt 8, 26. Mc 4, 40) y ante la divina valoración de nuestra pequeñez y fragilidad que ha sido redimida: “No tengaís miedo, vosotros valeís más que los gorriones”. (Mt 10, 28-31). Si algunos animales temibles pueden domesticarse con las prácticas adecuadas, también el miedo puede hacerse doméstico, ser amaestrado dentro de nuestra propia casa, cuando llegue, en el intento de que conviva con nosotros sin esclavizarnos, junto a la presencia de Jesús en nuestras vidas. Será difícil rehuir tal sentimiento pero es posible gestionarlo en la Esperanza. Las palabras con que el Papa Juan Pablo II, hoy santo, quiso inaugurar su pontificado en aquel remoto 16 de octubre de 1978 fueron proféticas: “No tengaís miedo”.

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