XXIX DOMINGO (C)

 

Del Evangelio según San Lucas 18,1-8.

En aquel tiempo, Jesús dijo una parábola a sus discípulos para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

1. La fe es confianza ilimitada y permanente en Dios cuando se enuncia en la oración, en este caso la oración de súplica o petición: «Por tanto os digo que, cuando oréis pidiendo algo, creed que se os concederá, y os sucederá» (Mc 11,24), puesto que la dependencia absoluta de Dios se sostiene por la relación permanente con Él. A cambio Jesús afirma que Dios escucha al discípulo para que se asegure la relación mutua y la posibilidad misma de vivir y trabajar bajo su mirada o soberanía. La fe acredita que Dios es soberano para llevar a cabo lo que parece imposible; la oración puede conseguir lo que se pida en este ámbito, siempre y cuando discurra dentro de los cauces de la voluntad divina.

2.-Jesús es un maestro que enseña las claves fundamentales del Reino con una instrucción programática. Igual que Moisés en el Sinaí. La oración descansa sobre dos bases fundamentales: el Reino de Dios con sus exigencias (las bienaventuranzas, cf Mt 5,3-10) y el amor sin límites al prójimo (cf Mt 5,43-48). La Iglesia, que concentra toda oración en el Padrenuestro, continúa la enseñanza de Jesús para asegurar el nuevo estilo de vida que resulta de la revelación del Reino y sus consecuencias en la vida del discípulo.

3.- Los cristianos debemos orar en cualquier ocasión. Y la comunidad cristiana ha practicado mil formas de oración a largo de los siglos. De hecho, cada generación elabora devociones nuevas para relacionarse con Dios: la lectura de la Palabra, la práctica de los sacramentos, la relación con la naturaleza, actos de piedad, las cofradías; y relaciona con Dios los acontecimientos fundamentales de nuestra vida colectiva y personal. Debemos tener nuestros ojos y nuestro corazón orientados hacia la gloria del Padre. No podemos sobrevivir a la maldad de este mundo sin que Él nos mire  y nos sintamos protegidos y potenciados en nuestra vida por su bondad.

 

 

 

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