XXX DOMINGO (C)

 

Del Evangelio según San Lucas 18,9-14.

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”. El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”. Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

            1.- Jesús presenta en la parábola al fariseo y al publicano, dos tipos sociorreligiosos contrapuestos. El fariseo, mirándose a sí mismo, hace una oración de acción de gracias con una orientación horizontal: comparándose con el publicano. Es la beraká judía con la que se bendice a Dios por los dones que se reciben de Él. Y comienza su oración negativamente y fundada en el propio orgullo: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres….». El fariseo observa las leyes del decálogo (cf Éx 20; Dt 5). A continuación expone su obras: «Ayuno dos veces por semana…», un ayuno que se cumple el lunes y el jueves, y pago los diezmos debidos al Señor como dueño legítimo de la tierra de Israel, según prescribe el Deuteronomio (cf 14,22-23).

2.- El publicano es el que recauda los impuestos para sí y para el Imperio, que no para Dios. Sin embargo su oración es vertical, su término es Dios. Por tanto tiene una actitud diferente a la del fariseo. Jesús lo describe externamente con signos que reflejan a una actitud interior humilde y arrepentida. Distante de la presencia del Señor, en la puerta del atrio de Israel en el templo, no se atreve a levantar los ojos al cielo y se da golpes de pecho (cf Lc 23,48). Y esta compostura externa responde a la oración que hace, que no es de acción de gracias, sino de súplica: «Oh Dios, ten piedad de este pecador!», y según la pauta que marca el Salmo (51,3): «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa». Su oficio le hace ser una persona impura en contraste con la pureza que rígidamente cumplen los fariseos.

3.– Los cristianos debemos seguir la enseñanza de Jesús: situarnos ante Dios y relacionar su amor con el nuestro, y entonces se iluminará nuestra vida frágil y pecadora. Así nos sentiremos ayudados y perdonados por su bondad ilimitada. Pero también nos sucede muchas veces que rezamos como el fariseo: exhibimos ante el Señor nuestros méritos para que nos compense, para que nos conceda cosas a cambio de nuestras fidelidades y buen comportamiento. Y no nos damos cuenta de que, en esos casos, nos deja solos porque no nos dirigimos a Él, sino a nosotros mismos.

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