Ensayo de vida y de espiritualidad

M. García Hernández 

Dra. Pilar Sánchez Álvarez

Este pequeño libro intenta  presentar la espiritualidad del hombre apoyándose en el discurrir de la vida utilizando algunas teorías psicológicas y conocimientos teológicos, aunque él remite a experiencias propias o de los otros  confiados a él. En los ejemplos expuestos para aclarar algunos puntos obscuros utiliza cuentos infantiles, sueños, e incluso pasajes del Nuevo Testamento, que en ocasiones parecen no tener relación con lo que intenta explicar, pero una vez leídos, se ve perfectamente la conexión.

Lo divide en cuatro partes y termina con un epílogo donde partiendo de autoconocimiento  invita a retornar a esa espiritualidad interna perdida en el adulto y  en los últimos siglos, donde el hombre encuentra al Misterio.

 La primera parte lo titula “El Misterio que somos”, donde partiendo del alma y de su autoconocimiento,  forma  una personalidad equilibrada mediante un proceso integrador, y a través del Vacío y la Unión caminar hacia la espiritualidad.

Comienza explicando que el alma es nuestra identidad esencial donde habita Dios, dócil al Espíritu y con cualidades que elevan nuestra condición humana. Esa alma o conciencia nos conecta con el cuerpo y es testigo de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros. Esta experiencia de encuentro con el alma puede suceder de forma espontánea, puntual, y puede ser transformadora. Dentro de este mismo bloque habla de la Caída, afirmando que todas las tradiciones cultuales la señalan y los cristianos la llaman pecado original. Se podría explicar, según el autor, con la evolución filogenética hasta llegar a la razón, donde el problema se plantea cuando  se identifica el ser con el pensar. En la evolución, el hombre debe alcanzar un estado superior, estado espiritual que trasciende lo meramente racional. Desde el punto de vista psicológico, hace un estudio evolutivo de cómo el hombre adquiere su personalidad, con sus miedos y deseos. Y  afirma que el hombre puede retornar al  alma. El siguiente capítulo lo dedica a la Personalidad, identificada en psicología como  “yo”, “ego”, y aludiendo esta última a la insatisfacción o egocentrismo, cuyas características serian la fijación y el superego, y frente a ese superego es donde el hombre  debe empezar a enfrentarse para no vivir encarcelado. Ve la necesidad de un proceso transformador para ver la vida con otros ojos. Posteriormente describe Lo masculino y lo femenino. Porque somos seres sexuados, habla de arquetipos como cualidades esenciales del alma humana aunque en el hombre hay presencia femenina y en la mujer masculina. Lo femenino es el movimiento interior y pone como  ejemplo la meditación Zen; y lo masculino es hacia fuera, no dándose la una sin la otra, porque son complementarios y aparece ejemplos en el Antiguo Testamento y en el propio Jesús, Estas dos dimensiones pueden en su lado obscuro dar lugar al rechazo y a la violencia, como  se dio en el relato de la degollación de Juan Bautista o en el cuento de Blancanieves. Hoy más que nunca es urgente la integración de ambas dimensiones. El cuarto capítulo lo dedica a Psicología y Espiritualidad. En el amplio horizonte de la espiritualidad, la persona debe en su proceso de transformación autoconocerse con intención de lograr una personalidad integrada. Todo camino espiritual que no haya sido acompañado de un proceso psicológico está condenado al fracaso y viceversa.  Forma parte de la espiritualidad la experiencia de Unión y de Vacío y como ejemplos pone la de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

La segunda parte la titula “El principio”. En esta parte presenta la socialización del hombre a través de los padres, y cuando falla el amor en esta relación se producen traumas difícilmente superables, poniendo en esa primera etapa todas las cualidades positivas al que debe retornar en un nuevo nacimiento, cuyo anhelo fundamental es el de apertura y plenitud, condición necesaria para la espiritualidad.

Empieza con el capítulo dedicado a Padres e Hijos, afirmando que el ser humano es un eslabón que se prolonga en los descendientes pero viene de los antepasados, siendo los más directos los padres. La psicología sistemática familiar ha puesto de manifiesto el profundo vínculo, basado en el amor, que existe en el sistema familiar y el trabajo largo y difícil necesario para superar los traumas familiares.  En el Engaño –Miedo, partiendo de la creación de Orewermann, cuya tesis del pecado fue el miedo de Eva, todos los humanos lo han heredado, así como el engaño. Habla de la veracidad, la vanidad, la necesidad de seguridad y confianza, de las personas sumisa, de los grupos sectarios…  Ante todas estas distorsiones es necesario un trabajo interior para descubrir la verdad del alma, la confianza, el valor… En el capitulo titulado El niño interior parte de la tesis de que lo mejor de cada uno  queda aparcado en la infancia y todos deben de recuperarlo. Es una imagen arquetípica representativa de la experiencia colectiva de la infancia, donde están las cualidades esenciales del alma. En todas las religiones se conoce como el nuevo nacimiento y en el cristianismo Jesús lo explicita en Nicodemo, donde debe morir el “ego”. El tercero de esta parte habla de La Sombra.  Todos llevamos dentro tendencias reprimidas, más de muerte que de vida, y a esto les llama sombras que están en nuestro subconsciente aflorando en ocasiones. No se pueden negar porque no podremos descubrir lo que de positivo traen a nuestra vida, por tanto hay que recuperarlas para ser más comprensivos y humildes y mejorar las relaciones interpersonales. Es necesario mantenerlas concientemente porque posibilita una mayor integración psicológica y espiritual. En Eros y deseo comienza explicando que deseo y sexualidad no tienen por qué permanecer siempre unidos, porque la noción de deseo es mucho más amplia que la de sexualidad. El hombre por naturaleza es un ser que desea, pero por experiencia no hay nada que pueda colmar los deseos más profundos, porque en toda presencia hay ausencia. Hay deseos del ego que por represión permanecen ocultos intentando ser satisfechos inconcientemente. También hay deseos del alma que incluyen a los anteriores, como  erotismo y sexualidad, pero de forma integrada y enriquecedora. Deseos y anhelo constituye distintos estratos de la búsqueda profunda de la plenitud y apertura hacia Dios.

La tercera parte la titula “El camino”. Un camino  interior que es de ida y vuelta, con sufrimiento, con distanciamiento del “ego”, a veces con dolor, potenciando el perdón  hacía  uno mismo y a los demás, experimentando como  don el encuentro entre lo trascendente y lo inmanente, en el marco de la historia donde el hombre se sitúa y se entiende como  persona.

Empieza con El retorno. Parte de la parábola del hijo prodigo y del episodio de los discípulos de Emaus para indicar el camino interior de ida y vuelta para vivir en plenitud. Estos encuentros narrados son difíciles en la sociedad moderna por el individualismo existente, por la incomunicación, por no saber escuchar a los demás.  Este retorno  está transido de sufrimiento. Una ayuda fundamental es la meditación para distanciarnos del “ego” Aconseja realizar este camino ayudado por un guía espiritual. El siguiente capítulo lo dedica al Dolor, presentado la diferencia entre dolor (expresión sensorial y emocional) y el sufrimiento, de una duración mayor y que en muchas ocasiones se manifiesta como  victimismo. Los dos nacen juntos aunque hay diferencias. Y pone como ejemplo para entenderlo al Corazón de Jesús. A veces estos grandes sufrimientos pueden llevar a la persona a la espiritualidad porque saben gestionarlos acertadamente; otros caen en el pesimismo creyéndose incomprendidos y solitarios. En el capítulo de Culpa y Poder, habla que el verdadero perdón solo procede del alma y consiste en la posibilidad de recordar el hecho doloroso sin odio. Tiene que ver con la capacidad de perdonarse a sí mismo. La psicología ha descubierto la eficacia curativa de las palabras cuando son sentidas y pronunciadas desde el alma. El sentimiento de culpabilidad lleva a la necesidad de restaurar el daño ocasionado poniendo el autor el origen en las etapas iniciales de la vida humana. Pone en evidencia la inmolación de la vida por los demás como mecanismo de expiación de una culpabilidad insaciable. Esta imagen se introdujo en el Cristianismo, sobre todo la del Dios justiciero. El siguiente capítulo lo dedica a La religión donde se da el encuentro de la realidad trascendente y la realidad humana, experimentándolo como  un don. A esta realidad divina se le llama Misterio y designa la trascendencia y la fuerza transformadora. Esto desencadena una búsqueda que le hace a abrirse a las mediaciones para hacer presente el Absoluto en expresiones finita llegando en ocasiones el “ego” a la idolatría. Esto hace necesario un institucionalización para conservar el mensaje religioso. Habla del clero previniendo del clericalismo y del falso discernimiento confundiendo la llamada divina con las represiones personales .Por último presenta La historia. Solo en el marco de la historia el hombre se sitúa y se entiende como  persona. Toda realidad histórica esta circunscrita al espacio y al tiempo. Respecto al tiempo se le ha considerado cíclico o rectilíneo, siendo este último el que abre a un horizonte de acción y esperanza de futuro como  porvenir. Esta es la interpretación cristiana porque Dios se ha introducido en la historia entremezclando la historia de la salvación con la historia del hombre. El hombre ha causado daño histórico y sus huellas permanecen: la injusticia social. Al hablar de la evolución de la conciencia afirma que han existido tres paradigmas, el pre-relacional, el racional y el trans-racional, situando este último en las últimas décadas del siglo XX, donde se da un mayor acceso a la espiritualidad, aunque también surgen los sucedáneos de esa espiritualidad.

La cuarta parte la titula la “Plenitud”. El símbolo es fundamental en la vida del hombre y hay unos símbolos universales, que cuando se tocan llevan a la trascendencia. La muerte es un hecho universal que el hombre se resiste a aceptar y asimilar, pero para el cristianismo la muerte de todo un Dios, nos remite a la esperanza de la resurrección. Nos sabemos hijo del Hijo, y por eso cuando el Padre nos mira ve a su Hijo, y cuando mira al Hijo nos ve a nosotros. Un Dios kenótico revelado en Jesucristo que pide al hombre  el vaciamiento de sí mismo  para que Dios actúe en él.

Comienza explicando el símbolo como  realidad sensible con un significado diferente. El hombre es un animal simbólico  y el símbolo hace presente la realidad que simboliza, existiendo en la humanidad unas formas simbólicas universales, casi idénticas, aunque moduladas por las diferentes culturas, llamadas inconsciente colectivo o arquetipos. Cuando algo en la vida toca esas imágenes arquetípicas despiertan algo profundo y  permite la trascendencia. En la Biblia hay muchos símbolos y el silencio engendra palabras valiosas que brotan de nuestra identidad. Este silencio no es lo contrario de ruido exterior, “es la ausencia del ego” y requiere práctica para abrirse a un espacio que permite percibir toda la realidad de manera diferente. Es acoger, entregar, y conocer cambiando el pensar por atender y observar. Otro capitulo lo dedica a La muerte, El hombre es conciente de su propia muerte, y resulta patético cuando olvida su condición mortal y aparece el miedo a ella, porque el hombre se ha apropiado de la existencia. Aceptar la condición mortal a pesar que desea perdurar es pensar que solo lo alcanzará por el Otro. El trabajo de integrar la propia muerte viene de aceptar la muerte de las personas queridas después de un proceso de asimilación e integración. Ese dolor de la pérdida se transforma en consuelo cuando se piensa que la persona amada trasciende de la existencia terrenal. El cristianismo nos anuncia que Dios ha compartido la muerte con los hombres para poner nuestra meta en la resurrección, es entrega a Dios.

El tercer capítulo lo titula Tu eres mi hijo. El himno de los Filipenses hace hincapié en el anonadamiento de Cristo, el vaciarse de Sí, de desprenderse de todo lo que no sea Dios. Somos seres relacionales que nos reconocemos en la mirada de los otros y en la espiritualidad cristiana existe una afianzada experiencia de que el Padre al contemplar el rostro de su Hijo nos está contemplando a cada uno de nosotros, porque somos hijo del Hijo  y cuando somos vistos por Dios, su mirada contempla al Hijo Amado. Esto lleva a un gozo inmenso, y a la propia Kenosis para que Dios nos llene. Por tanto hay que purificar las imágenes falsas de Dios, y reconocerlo en el Dios kenótico revelado en Jesucristo. Esta última parte termina con el capitulo titulado Pobres de Espíritu. Las bienaventuranzas requieren la conversión para vivir la realidad de otra manera y salir del “ego”. El Reino no viene de nosotros ni se puede construir con nuestro esfuerzo, es don que exige apertura, para dejarse amar por Dios. Un Dios que es neutral, pero que apuesta por los pobres por lo que no quieren nada, no saben nada y no poseen nada “es el vaciamiento de sí para que Dios actúe en él”.

Termina con un epílogo que resume el ensayo en tres puntos: tarea fundamental: conocerse a sí mismo; desvelamiento para ver que todo es regalo y don; e  introducirnos en las realidades más profundas para obtener la oportunidad de creer.

Es un libro de fácil lectura, escrito en primera persona del plural, con un lenguaje en ocasiones coloquial, pero con contenidos certeros en cuanto a la espiritualidad. En este recorrido la cuarta parte alcanza la mayor intensidad en cuanto a la identificación cristiana. Puede servir para entender la intima relación entre la vida y la espiritualidad.

 

 

Editorial Descleé de Brouwer. Bilbao 2015

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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