TIEMPOS FINALES

 F. Martínez Fresneda OFM

Cuando nos preguntamos si hay vida después de la muerte; o qué hay después de la muerte, la fe cristiana se relaciona con tres tradiciones. La que nos da la cultura griega, la judía y la propia cristiana.

1º La cultura griega, poco a poco, descubre la eternidad porque no acepta que la vida termine con la muerte, pues el tiempo hace que las cosas y el cuerpo se gasten y se destruyan. Es la evidencia que ofrece la realidad de la vida. Nos reducimos a cenizas. Pero el hombre está compuesto de cuerpo y alma, y ésta es de naturaleza espiritual. Y el tiempo no la puede destruir, porque es reflejo de los dioses. Por eso alcanzamos, después de morir, la eternidad, ya que el alma es de naturaleza espiritual. Al principio ubicaban las almas en las estrellas: cada una era un alma, una persona. Después en la gloria divina. Es la respuesta humana al deseo natural que tenemos de eternidad

2º La cultura judía parte de otras bases diferentes. Piensa que Dios es vida; aún más: es una persona viva y que da la vida. Por eso es inimaginable que destruya la vida cuando vemos morir a una hombre o una mujer. A esto se une la idea de justicia que defiende Israel hasta la médula. Dios, si es justo, no puede permitir que los ricos vivan aquí como reyes y los pobres sufran y padezcan toda clase de padecimiento. Y que el final de la existencia humana sea igual para todos: la muerte. De ahí llegan al convencimiento de que Dios resucitará al final de los tiempos a todos: los fieles al Señor para ser felices por toda una eternidad; los infieles para morir para siempre. Esto lo defienden los fariseos y Jesús participa de esta idea.  Es lo que describe la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.

En uno y otro caso es lo que rezamos al final del Credo: «Creo en la resurrección de la carne (judíos) y en la vida eterna (griegos). Amén». Pero esto son dos afirmaciones culturales que defienden que la muerte no nos destruye. Hay un más allá sostenido por Dios.

3º  Explicación cristiana. Parte del convencimiento judío y, naturalmente, de Jesús: Dios es vida, y la vida en Él es una relación de amor. Y se hace presente en cada uno de nosotros desde el momento de nacer. Él va conformando nuestra existencia con una identidad amorosa que se practica, se ejercita, no con Él, sino con los demás, que los vamos transformando en hermanos. Es a lo largo de nuestra vida donde nos vamos ganando la eternidad. El párrafo de la Escritura que revela la experiencia cristiana del más allá es éste: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo para perdonarnos nuestros pecados. Y si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 carta de san Juan 4,7ss). No dice que devolvamos el amor que recibimos de Dios a Dios, sino que la presencia amorosa de Dios en nuestra vida la orientemos hacia los demás. De ahí la afirmación clave de Mateo: «Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me distéis de comer…… (Mt 35,25sss)».

Continuar viviendo, con el alma (los griego) o todo entero, cuerpo y alma, o resurrección (los judíos) depende en parte de ese inmenso amor de Dios que nos hace en nuestra vida hacer el bien y vivir del bien y la bondad.

Otra cosa es describir el más allá. Nadie nos  ha dicho cómo es la felicidad perpetua en el cielo, porque, encima, cada etapa de la vida percibe la felicidad de forma diferente. San Pablo dice: «Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman» (1Cor 2,9). Supera la felicidad perpetua nuestra capacidad mental y experiencial.

 

 

¿Te gusta el Blog?

Comparte con tus amigos para dar a conocer Familia Franciscana.