XXXIV DOMINGO (C)

CRISTO REY

            Del Evangelio según San Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, el pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso

1.-  La Resurrección de los muertos entraña una nueva creación, que ya Pablo la describe en su tiempo (cf 1Cor 15,35-53). Es la respuesta lógica a la pregunta de cómo será la vida futura que nace de la resurrección de Cristo y ahora en esperanza para los cristianos (cf Rom 8,20). Hay un deslizamiento de la afirmación de vivir la vida eterna, presente en el Credo, de prolongar por toda una eternidad lo que es el mayor don que nos ofrece el Señor desde el principio, hacia la visión de Dios como una comunión con la divinidad que consiste en «ser con Cristo». De ahí que la comunión con Cristo entrañe la experiencia de Dios mismo (cf Jn 14,9): «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también, que se entregó a sí mismo como rescate por todos» (1Tim 2,5-6).

                2.- La convivencia con Cristo comulgando con Dios entraña una vida sin fin; una vida en la que la plenitud está constantemente plenificándose de manera distinta a como en la historia progresamos en las virtudes, en los valores, en el conocimiento, etc. Se da, pues, en la eternidad el movimiento que lleva consigo la vida, que no el éxtasis y la fijación del objeto como dominio de él, en este caso, de Dios mismo. Él es una fuente inagotable de amor, que hace del bienaventurado un transitar en la felicidad continuamente. Junto a ello, no se debe olvidar, que la vida eterna comienza en la historia. El más allá no es totalmente novedad en la experiencia de la felicidad, ni la felicidad y salvación que vivimos en la historia es el término conclusivo de nuestra existencia personal y colectiva.

3.- Pertenecemos al Reino de Dios por el bautismo y por los dones de gracia que el Señor nos ha regalado en nuestra educación familiar, social y cristiana. Cuando somos conscientes de nuestra pertenencia a un mundo nuevo, debemos orientar las responsabilidades familiares y sociales según nos ha enseñado Jesús: compartir la bondad de Dios, recuperar por su bondad misericordiosa a los niños y marginados, crear instituciones y ámbitos donde se construya un buen ambiente de convivencia, de aceptación del otro, de paz. Cuidar con esmero, al estilo de los Hermanos de San Juan de Dios, a los enfermos mentales. Defender nuestra creación como hermana nuestra, a la cual debemos servir, como dice San Francisco. Tener a Dios como fuente de la vida, que cuida y desarrolla. De todo esto, y de mucho más, sí que es rey Jesús, que no quiso ser rey político después de la multiplicación de los panes (cf Jn 6,15). Nuestra vida debe hacer real en el mundo el Reino de Dios que nos ha revelado Jesús.

 

 

 

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