Contagios y contagios

Miguel García-Baró
Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

Hay una carta perturbadora de Séneca a su amigo Lucilio en la que previene a éste sobre dónde está el mayor peligro para quien acaba de iniciarse en el camino de la vida buena tras haber dado tumbos por la vida no tan buena: lo que ante todo hay que evitar es la muchedumbre. Pero ¿por qué? ¿No hay más sufrimiento y hasta más posibilidades de maldad en la soledad y cuando nos aislamos?

La clave está en que la compañía tiende a contagiarnos con el modo de pensar y, sobre todo, de ser y actuar de quien nos acompaña; y si el contagio es para mal, el recurso que nos queda es la repulsa, incluso el odio, a no ser que caigamos en la tentación de imitar y de fundirnos con la gente. Las dos posibilidades son desastrosas.

Para convencer a Lucilio, Séneca le confiesa su propia debilidad, que muy pocos diríamos que no es también la nuestra: dice que nunca consigue volver a casa mejor que cuando salió de ella, ni siquiera regresa con los mismos pensamientos y las mismas intenciones, sino inferior y perturbado. Sus palabras son: Como he ido a estar entre los seres humanos, regreso menos humano.

Un moralista francés del XVIII, La Rochefoucauld, señala una clave de este extraño fenómeno: Las pasiones son los únicos oradores que siempre convencen. Pero es que el grupo, la “manada”, tiende a jactarse precisamente de las pasiones, o sea, de aquello que se reprime por vergüenza cuando se está solo y a la vista de otros, pero que se desata cuando no hay críticos posibles que nos miren y sí, en cambio, compañeros que nos rían la presunta audacia de quebrar las convenciones sociales y dar rienda suelta a lo que se diría que es nuestra naturaleza reprimida. (Por cierto que La Rochefoucauld, que es uno de los más temibles autores satíricos, señala que hay una excepción: la envidia, siendo una pasión poderosísima, es tímida y pudorosa y nunca la confesamos… ¡Vale la pena pararse a pensar un momento en por qué es así!)

San Agustín cuenta un caso en que se concreta todo esto: participó con los otros chicos de su pequeña banda del barrio en robar las peras de un vecino, que eran peores que las que él tenía en su huerto. No lo hizo más que por el placer de que los demás le rieran la hazaña y pudiera él así sentirse formando cuerpo con ellos.

Recuerdo un mitin en mi ciudad de provincias (me apresuro a decir que solo vi en el telediario la información, que conste): el orador gritaba: ¿Dónde tenemos el corazón? Y la gente, madres y padres de familia, estudiantes, obreros, gritaba a coro: ¡En la izquierdaaaa! -¿Y dónde va la cartera? La respuesta no era evidente, pero la circunstancia casi forzaba al grito inmediato: ¡En la derechaaa! Y cuando se ve uno obligado a participar en una manifestación, porque ha habido un golpe de Estado o porque han asesinado a un rehén los terroristas o porque se interviene en lejanas guerras (no vayamos a poner los ejemplos solo de un lado político), ¿es posible cantar las consignas sin avergonzarse? ¿O se puede ir a un campo de fútbol a insultar a coro al árbitro y, ya puestos, a un jugador del equipo contrario, por ejemplo porque es negro? (El problema está en que no hay modo de asistir a un partido, a un mitin o a un concierto de rock sin compenetrarse con los salvajes rugidos de lo que Séneca, en su lengua que es la nuestra aún, llamaba la turba.)

Este extraño horror le hacía llorar al filósofo cínico: ¡Gusto a todo el mundo! ¿Qué habré hecho de imperdonable, Señor? Pero la enfermedad tiene, sin embargo, gracias a Dios, su cara opuesta: claro que podemos evadirnos de la turba y ser nosotros mismos sin preocuparnos de aborrecerla (que es también mala pasión). Un ser humano que se empeña en vivir de acuerdo con sus principios y sin compararse, o sea, sin dejarse afectar por lo que de él se diga, encontrará a otros que intenten vivir como él; y en su compañía surgirá inmediatamente amistad, que es justo lo contrario de la fusión en la manada.

La amistad es un contagio de bien gracias al cual se aprende enseñando. Cuando estamos en ella comprendemos otro misterio (esta vez no horrible sino maravilloso) de la vida humana: que no podemos estar gozando de nada realmente bueno sin ansiar comunicarlo con otro para fundar con él la gran alternativa a la turba, o sea, la sociedad siempre en progreso de quienes disfrutan del bien, de lo hermoso, del conocimiento y esperan que por el mero hecho de vivir así vaya cambiando el tantas veces ni bueno, ni bello, ni sabio mundo humano en torno.

 

 

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