1 de enero
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
P. Ruiz Verdú OFM

Oración colecta
El día primero del año civil la Iglesia dirige su mirada a la Madre de Jesús, la que de modo virginal lo dio a luz. Con esto nos manifiesta su deseo de que todos los cristianos pongamos bajo la mirada de María, nuestra Madre, el año que comenzamos.
En la oración colecta recordamos, y así se lo manifestamos a Dios, que los bienes de la salvación que Él nos ha otorgado nos han venido por la maternidad virginal de María.
Puesto el motivo de nuestra oración, le pedimos a nuestro Dios y Señor que experimentemos la intercesión de María. Se trata de sentir profundamente en nuestro interior la experiencia de la presencia de la Madre de Jesús en nosotros y con nosotros, de sentirnos conducidos por ella y protegidos de los atractivos del mal.
Otra razón más que motiva nuestro atrevimiento ante Dios: María nos ha dado al Hijo de Dios hecho hombre y por este misterio está ella tan unida a Dios que todo lo que le pedimos pasa por ella y es presentado por Jesús al Padre. Dios Padre nos lo concede.
María,
Queremos caminos blancos
de paz y felicidad,
donde las armas no suenen.
¡El Señor nos bendiga y nos guarde!
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que con tu bondad comienzas y perfeccionas toda obra buena, concede que, así como nos alegramos en la fiesta de Santa María, Madre de Dios, al celebrar la aurora de la salvación, podamos también gozar de la plenitud de tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
“Todo es gracia” que generosamente Dios nos regala. Para nosotros, hijos de Dios, debe ser motivo de alegría saber y creer que todo bien en nosotros viene de Dios y que llevamos a plenitud porque Él lo lleva en nosotros y con nosotros a su cumplimiento. En Santa María Madre de Dios, Dios comenzó en ella la salvación, gloria para nosotros, y nos alegramos, porque, así como en María llevó a plenitud la salvación, también esperamos alcanzarla nosotros para gloria de Dios.
Pero además la memoria de María de Nazaret, como Madre del Señor, nos conduce al inicio de la creación y al inicio de nuestra vida. Y, en su recorrido, debemos hacer memoria de todas las gracias y ayudas que el Señor nos ha dado, y solicitarlo que no nos abandone, como no abandona a su Hijo cuando muere, resucitándole de entre los muertos, y no abandona a María cuando la asume como la criatura de más valor que ha pisado la tierra.
Madre
Eres la buena semilla
el calor en la nevada, sombra en la tarde estío,
el agua de la segada
(P. Ruiz Verdú OFM)
Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro, hemos recibido con alegría los sacramentos celestiales; te pedimos que nos ayuden a alcanzar la vida eterna a cuantos nos gloriamos de proclamar a María, siempre Virgen, Madre de tu Hijo y Madre de la Iglesia. Por Jesucristo, nuestro Señor.
La Iglesia alaba y canta al Señor por el nacimiento de Jesús y por la Madre que lo trajo. Es un día de fiesta y alegría, y del gozo que se experimenta en lo más profundo de nuestro ser, por ser el Señor tan bondadoso con sus criaturas que no quiere abandonar. La estructura de la Iglesia está transida de este gozo de saberse protegida, defendida, cuidada y potenciada porque el Señor es así, que no duda de nacer de María, para que todos lo comprendamos y tengamos un acceso seguro a Dios. Y ese camino la Iglesia lo debe recorrer como lo ha hecho María: dando hijos para Dios y para los hermanos con el bautismo; dándoles la fuerza del Espíritu para testimoniar quién es Jesús; celebrando el amor del Señor en la Eucaristía; etc., etc., y descubriendo a Jesús entre los pobres y marginados de este mundo.
También nosotros somos también los pastores. La Palabra tanto tiempo escuchada en la Iglesia y leída en nuestro cuarto es la que nos anuncia una y otra vez el hermoso acontecimiento de que Dios se ha puesto al alcance de nuestra mano, de nuestros ojos. Ha entrado en nuestro horizonte vital. No hay que huir de esta vida para encontrar al Señor, sino mirar en nuestro rededor, ver a los que necesitan de nuestro tiempo y de nuestros bienes para descubrir su presencia en la historia. Y tener fe, el don preciado que el Señor inició en nuestro bautismo, para celebrar nuestras relaciones de amor, darle gracias, pedir por el remedio de nuestras carencias y hablar bien de Él, en las celebraciones eucarísticas, o en el silencio de la oración personal.
¡María!
¡Tú esperabas!
El sol que da luz al sol,
el que el pecado hace la gracia,
el que fruto a la tierra
y belleza a la rosada.
(P. Ruiz Verdú OFM)